14.11.08

mala hierba

¿Ves la Luna? Enorme, redonda, perfecta. Un hueco en el cielo, un agujero negro donde echar todas las palabras hechas pedazos. Despojos de mentiras. Tu sueño, tu entelequia, tu ilusión. No, tú no sabes qué es. La ilusión, digo. No puedes saberlo. Lo tuyo son los faroles. O ni siquiera eso. Las farsas, mejor. Aunque, ¿sabes? Jugar a la ruleta rusa sabiendo que no hay una sola bala en la recámara no es hacer trampas. Es ser cruel.
Demasiado tarde, tal vez, o excesivamente pronto, decías. El tiempo ya no importa. Ni los pasados, ni los futuros, ni los gerundios. Te los escupo a la cara, tus condicionales. El millón de subjuntivos conjugados en tu piel. Piel de lagarto. Áspera, dura, escabrosa.
Qué ridículo, soñar tus labios. Perseguir tu sombra a tientas por este laberinto de esquinas. Menudo hostión, con todas sus letras. La boca partida y las manos deshechas. La razón hecha añicos y los sentidos arrinconados en la cuneta. ¿Te das cuenta? Se me han vuelto a obstruir los filtros de la confianza. Que no, no vuelvas a decirme que también me echas de menos.
Pesa la Luna esta noche. Arden todas mis palabras en su interior. Las que te escribí, las que te callé y las que te inventé. Los barcos a la deriva, los atardeceres mal contados, los silencios cosidos al viento, los abrazos de papel de celofán… Se queman. Y pesa, sobre mi espalda, la Luna. Pero esta noche, mi enorme hoguera prende fuego a tu jardín.
Siempre había creído que un campo se empieza a sembrar con verdades. Luego crecen las mentiras, la mala hierba, la que nunca muere. No se puede evitar que aparezca, supongo. Nunca he encontrado la lógica de empezar al revés. A plantar semillas y semillas de mentiras y luego esperar que florezcan verdades al sol. Es… como plantar patatas y esperar que crezcan margaritas.

8.11.08

Babel

Luces caleidoscópicas sobre el escenario. Babel se derrumba. El bosque en llamas. Arden las cerillas del Destino.
Los ecos sordos de la ciudad se arrodillan ante los imperativos de Caín. Ni un megahercio prestado a la duda. Shut up! En negrita.
Los abrazos se mueren de ausencia en el umbral de la espera. No grites, no grites. Que tu voz se cayó a la hoguera y hoy toca merendar café con soledad y un par de cucharadas de invierno. Se desmagnetizan los polos de la brújula. El norte en el sur, el este en Alaska y el oeste en el marrón chocolate de unos ojos con exceso de luz.
Babel en ruinas bajo los faroles de la Luna. ¿A quién se le ocurre guardar auroras boreales en un bote de aguarrás? El mar no se puede meter dentro de una botella.
Estallan las esquinas. Arden las calles. Se quema, se quema el telón. ¿Y entonces? Mánchate los dedos de ceniza y escríbete en el cielo. Los paraguas están rotos y la escarcha que tienes en las mejillas no la va a deshacer el viento.
Escríbete. En las nubes, en la arena, en una estrella, en el mar. Era un sueño, ¿acaso no te acuerdas?

5.11.08

trasquilones

Hoy iba a haber tormenta, lo he sabido desde esta mañana cuando se ha acabado el butano mientras estaba en la ducha. Qué frío. Y yo apretando los párpados y los puños para que vinieses a abrazarme. Fuerte, fuerte, que no pueda respirar. Como si las distancias pudiesen reducirse a polvo y soplarte al oído que tengo ganas de verte.
Me corté el pelo el domingo y tengo un trasquilón en la cabeza. Tiene que colarse por ahí, si no, no lo entiendo. No sé cómo se ha vuelto a meter en mí este estúpido vértigo de metal. Porque es metálico, créeme. El pánico de caer al inmenso bucle de vacíos que se asoma a mis pies. O peor, la angustia de estar ya en el aire y no llegar a ver el final de la caída.
De repente todo tambalea y vuelvo a morderme los labios delante del piano para que no se me escurra ni una sola lágrima entre las teclas. El silencio a todo volumen. Tres mil decibelios de absurdo retumbando en la cabeza y el mundo girando a velocidades descomunales. El vértigo, sí. Un mareo irracional al borde de este vacío de hojas blanco nuclear. No puedo tirarlo todo por la borda.
El hombre del tiempo no deja de anunciar borrascas y frentes de aire polar. Esta noche sacaré el gorrito del armario para taparme el trasquilón. Y mañana iré a la papelería. Voy a hacer un sol de plastilina amarilla y a tapar el gris de las nubes con gomets de colores.

2.11.08

claveles

Esta mañana he acompañado a mi madre a la floristería. Ha comprado dos ramos de claveles rojos. Son de plástico, pero bonitos igual. Parecen de verdad. Me ha contado que a mi abuelo le encantaban, los claveles. Y que era un romántico empedernido. Dice que por eso tenía tantos problemas de tensión. Era boxeador y lo dejó por mi abuela. Me encanta esa historia.
Mañana es día de cementerio y Narf ha vuelto a pintar las paredes de la ciudad. Un gusano que engulle las fachadas con la mandíbula desencajada y la mirada vacía. Helarte conceptual. Yo me parto los dientes de estrellarme contra las esquinas. Las de la calle, las de la cama, las del silencio, las de tu voz... Los labios hendidos y las encías en carne viva. Eso no es ser kamikaze, es ser gilipollas.
Van a aniquilarse y se suben a la avioneta con casco. Los kamikazes, digo. Qué estético y qué absurdo a la vez. Claro que más absurdo es todavía pretender sobrevolar el Infinito con un avión de papel de periódico. ¿Dónde dejarán ellos escondido el vértigo?
Seguro que la sangre de los románticos es igual de roja que los claveles. Mañana le pediré a mi abuela que me vuelva a contar la historia del boxeador del corazón gigante. Ojalá lo hubiese llegado a conocer. Me llena los ojos. Y la ilusión.