30.10.08

caramelos

No iba a dejar que nadie me besase en esa esquina. Nadie, ni siquiera él. Porque allí aún me coges de la mano. Tú y la noche, sentados en el bordillo. Noviembre casi, pero aquella luna de verano no se ha desvanecido con ningún amanecer, todavía. Todavía no ha amanecido en el país de Ojalá. Y cada día ceno contigo. Caramelos de biodramina para calmar el mareo de tenerte en mí y alguna que otra aspirina que sosiegue el vértigo de vivirte a todas horas. Tu ausencia, tu sueño, tu voz… No sé digerir los sorbos de olvido, y es que tampoco ha oscurecido, aún, en la ciudad de Jamás.

27.10.08

cometas

¿Los besos son estrellas? Me preguntaste una vez. Y sí, los besos brillaban y tenían cinco puntas, pero no recuerdo en qué planeta. Nunca fui capaz de ver estrellas fugaces contigo. Nos tumbábamos en la arena y yo contaba aviones y barcos mientras tú descontabas deseos. ¿Sabes? Luego me di cuenta de que todo consiste en creer. De que en todas aquellas noches, las lucecitas hubiesen podido ser cometas, sólo se trataba de mirarlas de otra manera. Con otros ojos, tal vez. Pero es que en la playa de mis cometas no eras tú la que cazaba los besos. Contigo siempre me pesaron demasiado las olas, y las estrellas sólo latían en el fondo del mar.

23.10.08

tuberías

Me despierto con retazos de ti cosidos a las pecas. Miro por la ventana y las nubes se enredan con los pinos. Sonrío por dentro, hoy tenía ganas de día gris. Aunque tal vez por eso, las sonrisas no me salen por fuera. Me meto en la ducha y sigues en mí, retales de sueños desperdigados por todo el cuerpo. Me enjabono, me enjuago. El agua resbalando por la piel y la lluvia salpicando los cristales empañados. El frío congela las burbujas. Cualquier día de estos, se atascan las tuberías con tu olor convertido en espuma.

16.10.08

borrones

Hoy estrenaba lentillas y el mundo tenía que ser nítido y bonito. Me apetecía verlo azul, un poco verdoso, pero todas las ventanas estaban empañadas. He parpadeado un millón de veces, me las he sacado y me las he vuelto a poner, del derecho y del revés, y nada. Todo era agua, como cuando se te viene el mar a los ojos y parece que están por estallar un puñado de olas.
Un borrón. Se me han juntado las letras, las luces y las nubes. Es como si todo girase a una velocidad distinta cuando no veo bien. A otro ritmo. Las juntas de las baldosas se tropiezan con mis zapatos y las farolas destellan en exceso. Me resbala la mirada y me mareo.
Esta mañana lo hubiese dejado todo para ponerme a estudiar. Atarme al pentagrama y no levantarme del taburete hasta conseguir que los claros de luna sonasen casi perfectos. A veces me sale la vena y me dan esos ímpetus. He acabado mordiéndome los labios para no ponerme a llorar. Qué fácil es soltar lágrimas delante de un piano. Se me torcían las teclas y las manos no sabían muy bien donde agarrarse. Otra metáfora para tender al sol.
Ahora escribo con los ojos desnudos y esta es la última hoja que le queda a la libreta. La roja que estrené con Joan y la playa en febrero. Era miércoles, cuántos cambios desde entonces. Pasamos un frío horrible esa tarde en el espigón, cuando nos salpicaba el agua en la cara y yo me empeñaba en no movernos de allí. Un rato más, le decía. Tenía la nariz helada y cumplía diecinueve. Diecinueve y estamos otra vez a mediados de octubre, recortando pedazos de otoño para tapizar nostalgias con hojas secas.
El cor glaçat però mig somriure a la cara. Quizás esta mañana me he equivocado de mirada cuando he abierto los ojos.

13.10.08

estrellas

A veces iba a ver el mar cuando salía de trabajar en verano. A escucharlo, más bien, porque a esas horas las olas sólo se desnudan si hay luna llena. Las calles están adormecidas y no hay arena, ni orilla, ni horizonte. Solamente lucecitas en la oscuridad y los susurros incansables de la marea. Me sacaba el casco y apagaba las luces de la moto. Y me quedaba ahí, mirando al vacío, hasta que me sentía demasiado sola o empezaba a dolerme en los huesos el echarte de menos.
Hoy tenía ganas de haberme parado a escucharlo un ratito. Pero ahora las calles se acuestan más temprano y hace frío para enganchar miradas entre las estrellas. Y llovía. Poco y despacio y flojito; pero llovía porque cuando he vuelto a casa tenía la ropa húmeda y la cara mojada. Tampoco hubiese sido capaz de estar sola más de un par de minutos. Ni de extrañarte más de la cuenta. Últimamente dosifico la añoranza con cuentagotas para que no se consuma tu calor.
Tengo la sensación de que me he vuelto a congelar, que estoy helada para moverme y deshecha para sentir. Esta noche me siento pequeñita. Indefensa, vulnerable y algo triste. Pero me he pasado la tarde riendo en el restaurante. Son las tres y treinta y tres. No sé qué tiene el mar. Ni la lluvia. Ni el otoño. Ni tú. Pero me desmonto. Y mañana tendré que tomarme un montón de cafés.

12.10.08

lluvia

Me he tumbado en el sofá después de cenar. Con la mantita naranja y un vaso de leche caliente. Tenía las manos heladas. Esta mañana me he despertado llena de escarcha. Me he metido en la ducha y he empezado a llorar. He dejado caer agua, segundos y lágrimas hasta que he conseguido quitarme el frío de los huesos.
El fantasma me soplaba en la cabeza cuando me veía los ojos llenos de tormenta. Decía que tenía que dejar caer el chaparrón, y que luego, las nubes negras, se deshacían con un par de soplidos. Me soplaba en la nuca, desde la fila de atrás, en las clases de filo. Bufa, bufa...
Ahora me mareo de tanto soplar. Abro los ojos cada mañana y la niebla sigue ahí, clavada en las retinas. No sé qué hacer y me da miedo que me empapen otra vez las tristezas. Ahora, que todos mis chubasqueros se han reducido a papel y que los paraguas se rompen con tanto viento.
Ojalá vendiesen pieles impermeables. Ojalá, los abrazos se pudiesen traducir con palabras y las tormentas se desvaneciesen al parpadear. La peor lluvia es la que te moja por dentro, la que apenas se ve.

9.10.08

Plutón

Me voy a Plutón. Porque aquí ya no les queda espuma a los cafés, ni estrellas a la noche, ni otoño en las aceras.
Me largo, porque no puedo soportar que la soledad siga persiguiendo tus vacíos. Sin aliento y a ciegas, como aquel que cierra los ojos con todas sus fuerzas esperando encontrar algún resquicio de luz. Que cuando todo está oscuro, los destellos de cualquier luciérnaga son un salvavidas, un faro que abre y cierra sus párpados al ritmo desacompasado de las olas.
Quizás, en Plutón, la lluvia no llega hasta el suelo. Quizás el mar es dulce, y la nieve algodón. Tal vez, allí, las agujas del reloj giran en espiral, y cada segundo es microscópicamente un instante más largo que el anterior. ¿Te imaginas? El planeta del tiempo creciente. Enano, helado y eterno.
Aquí no respiro. Se me pierden los pasos y me atraganto con abrazos de cristal. Es enfermizo despertarme cada mañana con estas ganas incondicionales de quererte. Esta especie de tranquilidad inquietante. El sentirme tan a salvo dentro de tu voz mientras se me mueren los latidos en tus ojos.
Me marcho al planeta donde las tristezas estén condenadas a ser efímeras. Donde la nostalgia sea impermeable y pueda apedazarme la ilusión con tiritas de colores. No me busques, que la esperanza de que vuelvas a por mí la he dejado en un rincón, fuera de la maleta. Porque me voy a un lugar donde las canciones no lleven tu nombre y los silencios estén afinados en sol mayor.
Adiós. Porque me dueles y no puedo anestesiarme con más sueños. Porque tengo los brazos amoratados de inyectarme tus pronombres sin conjugar, me escuecen los contigos, el un día, los tal vez... Mi sombra es más tuya que mía. Tú… que no has llegado nunca a ser ni tú –ni yo, ni él, ni nadie-. Me iré porque aquí no han existido jamás las hadas. Los ángeles no han sido más que fantasmas y ni siquiera hay cometas en el cielo, si no los quieres ver.
A Plutón, sí. Porque puede que allí sepa olvidarte tan bien como te invento. Y puede, también, que la luna no sea más que una simple farola.

3.10.08

lo raro es vivir


Lo raro es vivir, ya lo decía la profesora de las gafitas. Tan raro como meter en un sobre retazos de otoño y escribir tu dirección con letras verdes en la solapa. Como leer poesía en clase de construcción o esconder a Chinaski detrás del telón de Madame Butterfly.
Como andar a tientas. Las manos palpando el aire y los pies escribiendo huellas de tiza sobre el asfalto. Cierra los ojos, me dijiste una vez. Ciérralos, que yo te llevo. Se me cayeron los párpados detrás de tu voz y se apagaron de repente los faros.
Es caótica, tanta oscuridad. Se me clavan esquinas por todas partes. Nunca había estado tan perdida. Dna'm la ma, q m'ofego. Si es que no me queda orden ni en las entrañas del desorden. Que me aterra, a mí, nadar a ciegas. Me tropiezo con palabras, con cometas, con mentiras, con miradas. Hasta con las comas y los puntos –que pongo sin querer en cada una de tus pausas-.
Te busco. En braile, en morse, en silencio, a susurros. Y te callo a gritos, porque me aterra levantar la voz y que las motas de polvo se desintegren al oír tu nombre. On sn, ara, ls llums?
Hay un montón de setas en el jardín y yo me ahogo solo con mirar por la ventana. No quiero más metáforas. Prto dies nvian-t snyals d fum, xro s’apaga l foc i m qdo sns aire. Te hablo en idiomas que apenas entiendes y acabo por no entenderme ni yo. Me cuesta tanto traducirme últimamente...