28.7.08

espejos


Me prometí no ponerte ningún disfraz. Ni el de hada, ni el de luna, ni el de faro, ni el de nada. Ibas a ser tú y punto. Tú, sin más. Y esa era la mejor parte, que no necesitabas antifaces. Y ahora, de repente, me encuentro sacando la cabeza por la ventana pretendiendo que me despeinen ráfagas de sentido. Más que encontrarme, me pierdo, mejor. Que en este asfalto ya no quedan rastros de razón.
Otra vez he vuelto a caer. A caer en la trampa, que no es lo mismo que caer al vacío. Y yo.. yo.. yo siempre quise ser de vacíos. De coger carrerilla y saltar a por esos sueños que penden de un hilo. Qué imbécil, me dirás. Y me esconderé para que no veas que los únicos hilos a los que me agarro son los que me convierten en marioneta del miedo. He vuelto a atarme las muñecas, a amordazarme la ilusión.
Hace días que perdí de vista el punto final de los puntos suspensivos. Debe de estar cosiendo finales en el cajón de los recuerdos. O hilvanando futuros con los despojos de la nostalgia. Todo tambalea. Si es que no quiero centrifugar más pensamientos. Que no, que no quiero dejar más huellas en ningún laberinto de lógicas difusas. Quiero arrancarme esta piel de hojalata y volver a ser esa niña de los sueños absurdos y los silbatos de huesos de albaricoque.
Que mi espejo siempre ha sido el mar, por eso se me da tan mal repasarme el perfil de los ojos.

26.7.08

astillas

Que sería incapaz de dormir lo supe antes de meterme en la cama. El calor, los mosquitos y tú. Otra vez tú. Cuarenta y nueve vueltas y ni media hora seguida de sueño. Cuarenta como quien dice cien. Tengo las fotos que nos hicimos encima de la mesilla de noche. Al lado del libro que me regalaste antes de irte, el de las letras rojas en la primera hoja.
Me siento imbécil. Tu imagen ahí y tu sonrisa traspapelada entre las sábanas y el colchón. Creía que iba a salir bien. Porque se nos enredaron las miradas a penas sin conocernos y porque me desperté con un cometa sobre la cama el día que utilizaste tus pecas para trazarme constelaciones de ilusión en la piel. La Casualidad le guiñaba el ojo a la Luna cuando nos veía besarnos, y pensé que eso quería decir que valía la pena apostar por tus ojos. Se me olvida a menudo que en las partidas de póquer siempre soy un colador de faroles.
Lo sabes, ¿verdad? Que se me han clavado tus palabras entre las costillas. Se han hundido como alfileres y me han agujereado las venas. Sería mentira si te dijese que no me escuecen tus verbos. La forma que le has dado a los pronombres y los puntos que le has grapado a cada condicional. De repente todo son subjuntivos sin conjugar. He dejado de entender tus prioridades. Y me sigo sintiendo imbécil atragantándome con reproches por no dejarlos caer. Vaya mezcla. Un ovillo de reproches, besos, astillas, rizos y hasta algún que otro abrazo comprimido en un hueco indefinido entre la tráquea y la boca.
Tal vez lo mejor sería escupírtelo a la cara. Aunque el no querer hacerte daño me siga arañando la razón. Y no lo entiendo... Si es que se te ha dado de puta madre romperme. En mil pedazos, en mil retales, en mil cristales. Es como si te hubieses empeñado en estropearlo, como si hubieras decidido jugar a buscar razones para apartarme. Me lo advertiste, ya. No te escuché porque pudo más mi silencio onírico que tu voz. Y ahora estoy perdida en un vacío de sinsentidos.
No me vengo con palabras, ni me creo con derecho a tirarte dardos de sarcasmo. Es un arranque de rabia, de impotencia, de incomprensión, de sentirme aferrada al más grande absurdo y de ser incapaz de dormir un solo par de minutos. Dentro de nada vuelve a salir el sol...

25.7.08

bostezos


¿Te acuerdas de esta noche hace justo un mes? El calor y los sueños revueltos con las ganas. De ti, de mí, de nosotras. Ganas y más ganas escondidas entre las rayas del pantalón del pijama, debajo de la almohada, en los pliegues de las sábanas, en la ventana y hasta en las chinchetas del corcho de la pared. Tu piel pegada a la mía, sudando las mismas quimeras. El mismo sudor. Y esa especie de simbiosis... ¿No lo notas? A veces se me descompasa la respiración por intentar sincronizarla inconscientemente con tus suspiros.
Un mes ya. Treinta días desde aquella madrugada que revive a fuego lento en el cajón de tus recuerdos. Porque aún te siento, como si estuvieras aquí. Es inevitable. Cierro los ojos flojito y noto tu espalda desnuda frente a mi pecho.
El sol hacía rato que se desperezaba y sus bostezos se escolaban por los huequecitos de la persiana; yo no sabía cómo dejar de mirarte dormir. Hubo un momento en el que tuve la sensación de que si me acercaba, si me enganchaba a ti, nuestros cuerpos iban a encajar perfectamente, como las dos últimas piezas del rompecabezas de los sentidos. Te hubiese abrazado con todas mis fuerzas, para que no te escapases jamás.
Pero fui incapaz de tocarte. No quería romper ni un hilo de aire de aquel instante. Me quedé inmóvil, sin a penas parpadear. Me habría parado los latidos con tal de no agrietar ni una sola molécula de realidad. Porque fue real, ¿veradad? Habría inventado cualquier estrategia para estirar al máximo los minutos que restaban de amanecer. Pero de repente aparecieron esos resquicios de miedo a estropearlo, a desmontarlo todo. Porque siempre he tenido la sensación de ser torpe. Es inevitable, también, aunque luego la supe cambiar por sonrisas tontas al verte pescar cereales en un tazón y gruñir por cada sorbo de café mientras desayunábamos en la mesa de la cocina.
Desayunarte a miradas cada mañana, ¿te imaginas? Bocados de bostezos con sabor a ti...

16.7.08

añicos

Quizás viene todo de ahí, de ese momento tan fugaz, borroso y torcido. Fue un instante, un par de segundos y... ¡zas! De repente, la moto a dos metros de mí con el motor encendido y un charquito de gasolina sobre el asfalto. Me rebotó la cabeza en el suelo y se me empezaron a abrir grietas en la piel. Resbalaron las ruedas y me caí. Nada, un despiste. Un maldito despiste que mis retinas no dejan de repetir para sus adentros, una vez detrás de otra.
O quizás no. Tal vez esto es sólo la excusa perfecta para intentar entender esta sensación. Este sentirme rota por todas partes, este corazón que parece que se atraganta con los añicos de mis latidos. No sé qué me pasa, pero me siento algo así como hendida. Y perdida. E indefensa. Y diminuta.
Te va a parecer una chorrada, pero me da miedo perder la ilusión. Me da un miedo horrible que se me escape por los rasguños, o por la mirada, o por la nariz. Cerraría los ojos con todas mis fuerzas y dejaría de respirar con tal de asegurarme de que no se escurriese por ninguna costura, por ningún hueco. Es pánico, como el de la otra noche. Intentaba dormir y me entró la paranoia de que había alguien en la ventana. Oía pasos en la terraza y estaba convencida de que alguien estaba intentando abrir. Parece ridículo dicho así, ¿verdad? Pues fue terrible. Me sentí tan sumamente vulnerable... Sola, también.
De pequeña me pasaba. Tenía pesadillas y me sentía la persona más sola del mundo. Ni la luz encendida, ni la voz de mis padres, ni dormir en su cama. Nada me servía para calmar el terror. No encontraba nada a lo que agarrarme para sentirme segura, nada que me protegiese ni nadie capaz de protegerme. El otro día tuve una sensación similar, cuando me fui a las rocas.
Esa tarde me dio por llorar. Me llevé La niña del Faro, la libreta y el pilot negro, y me senté en el espigón, frente al mar, a enredar palabras y lágrimas. Acabé con la razón y los sentidos hechos un nudo. Al volver, me entró un ataque de vértigo saltando de roca a roca. Me quedé paralizada. Apreté los párpados y la cabeza me giraba a mil por hora. Las olas rompían a cámara lenta y se oían voces a lo lejos. Qué miedo, por un momento creí que me desplomaba hacia atrás, que me desvanecía. ¿Te imaginas? El sol se acababa de esconder y empezaba a hacer algo de frío. ¿Y si me hubiese caído ahí?
¿Y si me caigo?

11.7.08

Marta


Un retazo de Marta. No cabe más. Un pedacito diminuto de su grandeza. Porque es grande, aunque lo niegue. Aunque no sepa que hay estrellas fugaces que corren detrás de sus ojos y no me deje quererla todo lo que se desquiere ella. Se merece que la quiera y que la cuide, que la cuiden. A veces pincha, como todos, pero yo ya me he comprado un traje de neopreno para que no me arañen las espinas ni las lágrimas. La abrazaría con todas mis fuerzas, para que no se vaya. Que no se escape, jamás.
Le estoy haciendo una escalera. Alta, muy alta. Peldaños y peldaños de ilusión. Una escalera de caracol para llegar a lo alto de la torre del faro. Y es que dice que no está a la altura de lo que siente. Debería dejarse regar el ego y la sonrisa. Esta, su sonrisa. Creo que la revelaré y la colgaré en la pared, encima de la cama. Necesito sentirla cerca, me bailan hasta las pestañas cuando la veo sonreír. El día que aprenda a mirarse al espejo llegará al infinito. Llegaremos, vaya, porque no la dejaré sola. Ojalá lo supiera escuchar... Se lo grito al aire. ¿Me oyes? No voy a dejarte sola.

10.7.08

papeles

Te iba a mandar mi pañuelo. Mi pañuelo y la pulsera de los cascabeles, para que nunca te puedas perder, ni sentirte sola. Y una foto con un puñado de letras en el dorso. Bueno, una no, unas cuantas, porque en los dos meses que estarás fuera me iba a dar tiempo de mandarte un montón. Hasta tenía pensado cuáles y con qué palabras. También se me había ocurrido escribirte una carta para cada día, aunque luego pensé que sería mejor una a la semana, que tampoco te quiero agobiar.
La primera noche que hubiese subido a verte te habría robado una camiseta, para poder sentirte pegada a mi piel en todo momento y dormir cerca de ti cada noche, a pesar de los kilómetros. Quería hacerte llegar alguna canción. Soplársela al viento y susurrarle la dirección de tu pelo, para que se enredase mi voz con tus rizos y se te cargaran los bolsillos de sonrisas y de azul. Un avión de papel y una cajita llena de arena de la playa que se hizo cómplice nocturna de nuestra historia.
Tenía tantas cosas pensadas... Y ahora, de repente, no sé cuál es mi papel. Siento que he perdido el guión de este sueño y siempre se me ha dado fatal improvisar. No puedo cambiar la manera de mirarte, ni comerme los besos, ni deshacer los abrazos que construye mi inconsciente para ti. Se me hace imposible. Y es que es enfermizo, despellejar a sangre fría las retahílas de ilusión. ¿Y las ganas? ¿Qué hago con las ganas? Enfermizo.
Así que.. ¿sabes qué? Mañana volveré a la tienda de la calle del Pi y te compraré la camiseta negra del tipo que se revienta los sesos y tiene sangre de mariposas. La vi ayer por la tarde y me encantó. La meteré en uno de esos sobres marrones y acolchados y engancharé en la solapa la dirección que me diste. 17130, L'Escala (Girona). Lo llevaré temprano a correos y le diré al señor del bigote que lo ponga en la caja de los paquetes urgentes.

9.7.08

espejos


Esta mañana no quería meterme en la ducha. No quería mojarme y sentir cómo se despojaban tus abrazos de mi piel, ni cómo tus besos me resbalaban por la nuca. Me sentía vulnerable, diminuta, frágil, indefensa. No sé cuánto rato he estado desnuda en el baño mirando el desagüe. Al final he cerrado los ojos y he abierto el grifo. Llegaba tarde.
He perdido la cuenta de lágrimas en cuanto el agua se ha empezado a deslizar por cada rincón mi cuerpo. Entraba el sol por la ventana. Tenía frío y me he enjuagado el pelo un par de veces. Nunca lo hago, nunca estoy tanto tiempo debajo de la ducha. Me veía incapaz de salir y enfrentarme con mi cara en el espejo; menuda estupidez, ya, pero se me iban a doblar las rodillas.
Me he secado con la toalla lila y me he puesto los mismos pantalones que ayer. La falda de anoche se ha quedado arrugada encima de la cama, sin hacer. He arrancado la moto y se me han vuelto a escurrir tres o cuatro lágrimas debajo del casco. El viento, siempre es el viento. Las campanas de la iglesia tocaban las diez justo cuando ponía el intermitente en la rotonda de la churrería.
Este año no han podado los árboles de la trescientos dos, ni los de la avenida que va a la playa. Qué verde más bonito. Así se me hace imposible no soñar con septiembre. He aparcado donde siempre y me he despeinado con la mano sin mirarme en el retrovisor. He procurado tener los ojos despiertos y bien limpios. Me he echado dos gotitas de indiferencia en cada lagrimal. Lo justo para aguantar el turno entero sin las legañas de tu sueño.
El reloj del ayuntamiento marcaba las diez y siete. Corre que vuelves a llegar tarde, me he dicho. Pero las piernas no me han hecho ni caso. Si es que soy un desastre. Sonaba Calamaro en la radio y seguía teniendo frío cuando he pasado al lado de la vitrina de los helados. Estamos a ocho, ¿verdad? Ocho de julio... Joder, va a ser un verano eterno. Me he mordido el labio y he empezado a secar vasos con la mirada tirada en el suelo.

5.7.08

días


Esta tarde he bajado en bici hasta el puerto. Me apetecía pedalear con las zapatillas verdes. Había nubes de arena en la playa. Soplaba con tantas ganas el viento, que por un momento he tenido la sensación de que se me llevaba hacia atrás. El mar agitado, bandera amarilla y medusas de color marrón. Los chiringuitos estaban a reventar, julio va sumando días y en la orilla empiezan a faltar huecos para tender la toalla. Me he dedicado a escupir besos al aire mientras esquivaba guiris rojizos por el paseo; hoy me he visto incapaz de retenerlos todos en la boca -los besos, digo-.
He vuelto a subir a casa con el sol de cara y un ojo cerrado. Nunca he entendido por qué guiño inconscientemente el ojo derecho cuando me deslumbra la luz. Había globos de muchos colores en una de las puertas de las casas adosadas y estaba la calle repleta de niños. Si me hubieran preguntado cuántos años tenía, les hubiese contestado que dieciséis. Me siento igual de perdida que entonces.
No sé cuánto rato me he pasado con los pies metidos en la piscina. Me he dado un chapuzón antes de que se me congelaran las piernas. Luego me he enrollado con la toalla y me he quedado embobada mirando mi ventana desde el jardín. He esperado a que me secara el viento y he acabado tiritando. Iba a quedarme en casa esta noche, me apetecía ver una peli de esas que luego me dejan con antojo de abrazos, pero al final he salido a comer algo con ellos. He pensado que si me quedaba sola en el sofá te extrañaría más de la cuenta.
Hacía frío en la terraza del restaurante. Me encanta enredarme el pañuelo en el cuello en verano. Y pasear con chaqueta y la piel de gallina después de cenar. He desabrochado una estrella y me la he guardado en el bolsillo del pantalón. Mañana la devuelvo a su sitio, pero es que esta noche se me hará imposible esquivar los huecos que cava tu ausencia en mi cama. Serán siete ya, los días que llevamos sin vernos. No son tantos, ya lo sé; pero qué quieres, nuestra máxima no superaba los dos.
Siete días multiplicados por un montón de kilómetros de distancia. Lo siento, tienes razón. No puedo pedirte que me eches de menos tan solo porque se me haya olvidado pasar por la tintorería a recoger el traje de heroína. Igual que tampoco puedo pedirte que me cuentes las ganas que tienes de verme sólo porque hoy esté más tonta de lo normal. Me tiemblan las rodillas si te pienso. Tengo el estómago revuelto, pero eso creo que ya es del café. No preguntes, no, que yo tampoco entiendo por qué sigo tomando café si sé que luego me sienta fatal. También he vuelto a servir horchatas y granizados, con lo torpe que soy haciendo equilibrio con la bandeja.
Parece que me ha dado por pensar con los tobillos, por no decir con la uña del dedo meñique del pie. Mi cabeza parece una lavadora, son las tres y llevo una hora mirando la grieta que nace en la esquina pared. Odio mis pies, ¿no te lo había dicho?

1.7.08

excusas

Las sábanas escupiendo este asqueroso calor que se cuela por la ventana y las ganas incondicionales de verte grapadas a la piel. Una tórtola quiebra el silencio con torpes pasitos en la terraza. La luz se escurre entre las rendijas de la persiana; el blanco de la habitación rayado de sol y los retazos de sueño que persiguen tu imagen correteando por el suelo. Algunos pedacitos de ti se enganchan entre las juntas de las baldosas, otros se acomodan en las esquinas, detrás del espejo, o se esconden en los rasguños viejos de la pared.
Tengo la manía de comerme un número impar de cerezas. Diecisiete, trece, siete o veintitrés. Como cerezas y busco adjetivos impermeables para enzarzar con tu silueta. Y es que se me deshace la sangre cuando te pienso. Se me encharcan los pulmones de echarte de menos. Mis horas corren detrás de tu sombra. Sumo los días, los resto, los divido. Los cuento, del derecho y del revés, en diagonal y hasta de lado. Diecisiete carozos sobre la mesa de la cocina y mil cuatrocientas sesenta y cuatro horas para anudarme otra vez a tus pecas.
Me he quedado dormida en el sofá después de comer. No sé dormir por las noches. No sé dormir sin sentirte, sin oirte respirar. Cierro los ojos y veo la playa. Las manos enredadas bajo la arena y el mar diluyéndose en las venas. Tus labios salpicados de salitre y las estrellas serpenteando en el otoño de tus pupilas. ¿Nos intercambiamos el corazón? Así yo sabría dónde me tienes y tú podrías calcular las veces que los latidos me retumban entre los costillas buscando tu olor, tus besos, tu piel, tus ojos. Buscándote a ti. A ti.
Últimamente sólo soy una máquina de buscar excusas para encontrarte.