21.6.08

incontables

Nunca me enseñaron a medir los corazones. Ni los corazones, ni la emoción, ni los sueños, ni las ganas, ni el deseo. Lo siento, no sé medir lo mucho que me importas. No puedo decirte si me importas cincuenta y seis, ciento veinte, tres mil, trece o infinito. Y mira que así, si todo se reduciera a simples cifras, la vida sería mucho más sencilla. Pero soy incapaz. Soy incapaz y, además, me niego a ponerle números y unidades a cosas tan sublimes como estas. Como la ilusión, la esperanza, la tristeza o la simplicidad de tu sonrisas... Creo que no se merecen ser contadas. No se puede contar la profundidad de unos ojos, ni la soledad, ni la añoranza acumulada en los abrazos, ni el escozor de los rasguños. ¿O acaso sí? No, no. Es imposible. Hacerlo sería caer en el hoyo de la superficialidad...
Este tipo de cosas no se calculan con ínfimas cifras. Se miden según se demuestran. Por eso no utilizaré ni números ni adverbios para expresarte lo que siento. Me limitaré a mirarte y a dejarme mirar. Me desnudaré los ojos, y la voz, y los sentidos. Las palabras y los sueños. Te abrazaré y te contaré que sonrío como una imbécil cuando te pienso. Que me das la mano y al mundo se le lastran las alas con el peso de la envidia. ¿Sabes lo que eres capaz de hacer con una simple mirada? Me deshaces. Y robo pedacitos de ti cuando te tengo a escasos centímetros de mi cuerpo. Suspiros y pestañas, para no echarte de menos. Respiro tu aire, ¿no te has dado cuenta? Te respiro. Y te sonrío. Y te espero. Y te pienso, te abrazo, te beso, te bailo, te escribo, te sueño, te busco, te miro. Podría haberme pasado la noche entera mirándote. La noche y los días. Podría mirarte horas y horas seguidas, sin parpadear. Sin decir palabra, porque contigo tengo la sensación de que no pesan los silencios. Ni los silencios, ni nada.
Pero oye, que si no basta con esto, si no te lo sé demostrar... Puedo ponerme a sumar sonrisas. A contar latidos, a restar tristezas, a multiplicar deseos. Hasta podría dividir el miedo y la ansiedad. Quizás entonces podría hacer un estudio estadístico con los resultados obtenidos y decirte exactamente en tanto por ciento lo que me importas. Decirte las horas que invertiré en echarte de menos cuando no estés, lo sola que me sentiré y los instantes en que pasarás totalmente inadvertida. Que sí, que así todo estaría más claro y sería mucho más sencillo. Lo puedo intentar, si quieres, pero ya he dicho antes que nunca he sabido medir este tipo de cosas... Más bien considero que carecen de exactitud, que son imprecisas, incontables, inefables. Debe de ser que nunca he creído demasiado en la estadística, en las matemáticas, en los números en general.

8.6.08

alquimia

Esta noche voy a echarte de menos. Voy a extrañarte porque cuando me voy a dormir con lluvia me siento más sola de lo normal. Y es extraño porque la lluvia me encanta, me tranquiliza escuchar las pulsaciones de las nubes cuando les da por llorar. Pero, no sé, me meto en la cama y me entra una tristeza repentina. Bueno, no es exactamente tristeza. Es algo así como una especie de morriña. Nunca he sabido definir esta sensación. ¿Sabes a qué me refiero? Me abrazo a la almohada, cierro los ojos a penas sin fuerza y me imagino que abro la nevera y te pregunto qué quieres para cenar. Que duermo con tu jersey. Que desayuno leyendo la cartelera y que camino por la calle susurrando la canción que cantas por las mañanas flojito en la ducha. Es una alquimia de nostalgia e ilusión. No sé expresarlo de otra manera. Nostalgía por algo que aún no has vivido. Como en aquella peli que vi en el cine hace un par de noviembres, Princesas... Siempre que me siento así me acuerdo del mismo diálogo. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mi a veces me pasa. Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo o con la vida en general, y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas... y luego cuando lo pienso, me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca...

4.6.08

laberintos


Llevo tanto tiempo acostumbrada a estar triste que se me han vuelto torpes las sonrisas. ¿No te has dado cuenta? Las tenía olvidadas en el último cajón de mi letargo. Hasta que apareciste tú y las volvsite a desnudar. Ahora hacen cola detrás de mis labios cada vez que te miro. Las sonrisas y los besos. Esperan, impacientes, tropezándose con el ánsia de lanzarse con todas sus fuerzas al vacío de tu existencia. Porque eres tú quien los riega, quien los despierta, quien los remueve.
Esta tarde he subido al tren y las ganas de ti me han agazapado la piel. Así, de pronto. Se me han agarrado a los nervios y el cuerpo se me ha empezado a encoger. No entiendo cómo en un instante tan corto de tiempo he llegado a echarte tanto de menos.
Intento canalizar los abrazos en palabras mientras miro por la ventana. Se me han acumulado las consonantes en la garganta y me ha entrado la tos. He llegado a casa con un montón de sílabas sueltas con las que arropar la sombra de tu pequeña ausencia.
¿Sabes? Te miraba esta tarde y me ha dado por reír. Te hubiera cogido por la cintura y no habría parado de escribirte cosquillas entre las ranuras de la piel. Te he regalado mi cinturón para que nunca te falten los abrazos. Porque aunque intente traducirlos con un puñado de letras, no me fío un pelo de mis palabras despilfarradas; que yo las visto de sentidos pero luego sopla el viento y las desparrama sin piedad.
No te quiero soltar. Que si me das la mano el mundo pierde su centro de gravedad. Se emborrona la realidad, como los segundos planos de todas las películas que le alquilaremos a la luna este verano para ver tumbadas en el sofá. Como el mar cuando suspira a cámara lenta mientras me besas. Mírame, anda. Que me tiembla el labio y me tambalean las pestañas. Que esto es un laberinto de sonrisas y no me sé encontrar. Gracias, por lanzarme una cuerda al precipicio de melancolías sin sentido.

3.6.08

sonrisas y arena


Por una vez siento que soy yo. Esa que nunca me he sido, que nunca me he dejado ser. Soy, contigo. Soy si me miras y se me escapan las sonrisas. Si siento tu respiración despojándome miedos y tu pronombre cosido a mis verbos intemporales. Porque me abrazo a ti y el mundo parece que deja de girar, como si el tiempo se aferrara a tus suspiros y se olvidara de seguir latiendo segundos.
Es sentirte tan cerca y restarle importancia a todo lo demás. La cama llena de arena y las ganas de ti hilvanando quimeras. Que me he dado cuenta de que el mundo cambia de color si lo miro con tus ojos. Tu mirada de chocolate, de otoño, de canela. Tus labios de almíbar y tus pecas de algodón. Ayer te vi esperándome en la parada del bus y sentí cómo se me deshacía el pedazo de hielo que tengo hace tiempo por corazón. Me sentí llena de agua. Agua y más agua despertándome los sentidos.
Sentí que sentía. Qué tontería, ¿verdad? Ya ves, me conformo con algo tan simple como eso. Con verte sentada en el suelo sobre la carpeta de la facultad. Con mirarte. Con darte la mano y saber que estás. Que estás aquí, conmigo. Que soy, que eres. Que somos, nosotras. Tú y yo abrochando la cremallera de un vestido de sueños. Sin mundos paralelos, sin distancias, ni kilómetros, ni abismos, ni vacíos. Sólo un pronombre compuesto. Mi sonrisa pegada en tus labios, tú piel y la mía revelando recuerdos.