3.5.08

pequeñeces


Y enamorarme un poquito de la chica del peto gris y los zapatos de cordones verdes. Abrazarla por detrás y escribirle un suspiro en la nuca. Porque me enamoran los abrazos y los suspiros templados. Las pequeñeces. Los besos en la ceja y las caras de la gente cuando les hablo de mi colección de atardeceres. O de la teoría de las estrellas que se descuelgan del cielo y se hunden en el mar. Les miro y sonrío por dentro. Muchos deben de pensarse que estoy medio loca, pero ya me da igual. Antes me importaba, pero ahora prefiero subir al tejado y mirar el cielo con las ardillas. Porque mi casa está llena de ardillas que se persiguen de rama en rama y bajan a desayunar corteza de árbol con mi nesquik de los domingos. El café sólo me gusta a partir de las tres. Igual que las películas, que no las sé ver antes de las cuatro.
Tengo problemas de temporalidad. Los relojes me engañan y los días se me mezclan. La mañana de ayer y la tarde del martes. Nunca he sabido usar una agenda. Y mi memoria se entretiene acordándose de cosas absurdas. Como aquello de que el botón de tu pantalón estaba cosido con hilo marrón. Sin embargo soy incapaz de recordarte la voz. Creo que es algo muy complicado, reproducir mentalmente las voces, por muy conocidas que sean. Cuando eres capaz de reproducir alguna significa que te han calado muy hondo. Por eso me tranquiliza no poder hacerlo con la tuya. Aunque tus palabras siguen ahí, y tus gafas de sol, y tus ojos de otoño, y tu ombligo, y tu silencio, y tus esquinas. Me enamoré de demasiados poquitos tuyos, te convertí en la chica del peto gris durante muchos días seguidos y constantemente soñaba que te abrazaba.
Qué quieres, prefiero un millón de cosas enanas que un algo sólo y gigante. Soy de retazos. Me encanta cortar verduritas de todos los colores y freírlas a fuego lento con aceite muy caliente. Y rellenar los papelitos de las magdalenas con una cuchara de madera, meterlas en el horno y mirar cómo la levadura las hace crecer. Porque podría pasarme la vida mirando. Cualquier cosa, podría sentarme en un banco y no dejar de mirar. Hay quien no se cree que me tiraría días y días tumbada en la arena, frente al mar. Pero es verdad. Aunque no voy a engañarte, a veces también echo de menos mirar menos y vivir más. Ser la desconocida observada y no la narradora omnisciente del banco del paseo.
Que me gusta estar sola pero tengo días en que los abrazos son imprescindibles para sobrevivir. Sobretodo cuando me miro al espejo y me encuentro vacía. Entonces me entra la tristeza repentina y las ausencias pesan más de la cuenta. Odio esa sensación. Y me enfado, conmigo. Me desespero buscando algo que me llene y casi siempre acabo tirada en la playa. Helada y sola, sí. Porque la timidez la llevo en los huesos y los abrazos nunca los he sabido pedir. Así me va. Pero últimamente estoy consiguiendo reducir mi media aritmética de autoenfados semanales. Me pongo el casco y miro el mundo pasar al revés por el retrovisor, así me parece que la vida tiene un poco más de sentido. Acelero con mis manos de juguete.
Dicen que tengo manos de juguete. Son enanas, como los ojos, como la boca, como los pies; pero me gusta tocar el piano por las noches antes de acostarme. Me vengo del vecino y de su jazz dominguero. Es que no soporto sus ínfulas de intelectual, me dan rabia los leídos que se ponen gafas de pasta cuando no las necesitan. Las mías son de metal azul, pero uso lentillas y tengo la manía de leer en la cama sin lupas artificiales, con mis ojitos desnudos, buscando letras nubladas con los párpados entreabiertos. De pequeña pensaba que un día cerraría los ojos para dormir y a la mañana siguiente me despertaría ciega. Es algo que me aterrorizaba. Bueno, que me aterroriza porque lo sigo pensando.
Sí, sigo siendo una mocosa que escribe retahílas de pensamientos sin sentido en su cuaderno de tapas rojas. Siempre a lápiz o con pilot negro. Casi nunca en hojas cuadriculadas. Con esas hago aviones y ranas. Antes también hacía pingüinos, pero se me olvidó el orden de los pliegues. No me gusta mezclar las letras con los cuadraditos de libreta, prefiero las rayas. Las rayas de su peto gris y las que voy a dibujar en el suelo con esos cordones verdes. La abrazaré por detrás y le escribiré un suspiro en la nuca. Guardaré su sonrisa en el cajón de las nimiedades, al lado de los atardeceres. Porque, ¿ya lo he dicho, no?, que no lo puedo evitar, lo de enamorarme un poquito unos cuantos minutos al día.

5 comentarios:

Farera dijo...

Son esas pequeñeces, que hacen que cada día sea GRANDE.


^^

Paula dijo...

lo he leído con gafas, con lentillas, en pelotas... te superas.
eres grande, lo sabes no?

un miniabrazo enooooorme :p

Anónimo dijo...

Segurament és la garantia de l'èxit: viure cada dia una mica enamorada. De qualsevol cosa, de qualsevol persona, de ningú... ;)

Una bombolla de bona nit!

Meike dijo...

Je, como suelen decir...

las mejores cosas, vienen en frascos pequeños.


:)

caperucita dijo...

farera: exacto :)

paula: jejje ^^ Gracias, en serio!
Otro miniabrazo enooorme, que me acabas de hacer sonreír! :)

sparkling: viure enamorada de qualsevol cosa, qualsevol petit detall que, a simple vista, pot semblar no res... n'estàs segura que és la garantia de l'èxit?
Bombolles, de mar remogut!

meike: "al pot petit hi ha la bona confitura" :)