28.5.08

nubes


Ya no me acordaba de lo fácil que es echar de menos cuando te sientes sola. O sentirte sola cuando echas demasiado de más... Hoy hasta sería capaz de extrañar las pecas de la chica que me han presentado esta tarde. Qué bonita era, y qué ganas de conocerla. ¿No te ha pasado nunca? Que de repente, un día, te cruzas con alguien que ni siquiera has visto antes pero sientes unas ganas enormes de conocerlo. Poquito a poco, porque las cosas buenas no merece la pena exprimirlas de golpe, así sin más. Hay que ir saboreándolas, todo a su tiempo... No sé. La vi y sentí unas ganas infinitas de conocerla. Podría pasarme la noche entera cosiendo constelaciones con sus lunares. No sé si me entiendes. La miro y sólo sonrío. Le he robado una peca cuando no miraba y me he puesto a contar nubes para disimular. ¿Se habrá dado cuenta?

21.5.08

columpios


Un murciélago me acaba de sobrevolar la cabeza. Qué silencio tan extraño y qué alas más bonitas. Parecen de papel de cebolla empolvado de gris. Flácidas pero elegantes.
He confundido la luna con la ventana de la casa del vecino. Es mago; un día, hace mucho tiempo, se le escaparon las palomas blancas. Me acuerdo que antes las tenía en una jaula enorme, en el jardín. De pequeña me pasaba las tardes en el patio del columpio mirándolas a través de la verja de cipreses. El columpio era rojo y tenía el asiento de madera. Una vez se enfadaron conmigo porque lo pinté de azul con la pintura que le había sobrado a mi padre de la piscina.
Antes, cuando aún nos acordábamos de sonreír, la pintaba cada primavera de azul muy clarito, por esta época, a mediados de mayo. Luego la llenaba con la fuente del pez que sacaba agua por la boca. También cortaba el césped y se subía al tejado a barrer. A mí me daba una envidía tremenda verlo ahí arriba y me sentaba en el columpio, agarraba las manos a las cadenas y me balanceaba con las piernas lo más fuerte que podía. Quería rayar el cielo.
Ahora lo echo de menos. El columpio y las sonrisas. Lo desollaron cuando creyeron que ya no tenía edad de utilizarlo. El vecino también trasladó las palomas y el patio se quedó hueco. La fuente del pez dejó de funcionar y dejamos de pintar la piscina.
Tengo unas ojeras de campeonato y unas ganas enormes de escapar. Son casi las dos y aquella estrella no para de mirarme. Me gusta respirar de noche en la terraza. Con pijama. Sentir que el frío del suelo se cuela entre las rayas de los calcetines y contar luciérnagas.
Ayer aprendí que no es lo mismo gastar que perder el tiempo. Sutil diferencia. Sin embargo esencial. En clase no paran de repetirnos que el mundo no es horizontal. Claro que no, qué chorrada. Si fuera horizontal no existirían las escaleras. ¿Cómo iba a subir yo entonces a esconder la nostalgia detrás de las nubes?

19.5.08

desvaríos

Y de repente el mundo empieza a girar. A dar vueltas, a mil por hora. Y cada vez que parpadeas le das cuerda a tus ideas. Que las hojas de aquel árbol son duendes de plastilina y el azul eléctrico del cielo hace trenzas con tu cabello. Tu cono visual se convierte en un bucle de espirales que se anuda al punto de fuga que sostiene tu mirada. A veces se me olvida que sólo soy espectador. El viento desestabiliza las horizontales de la calle. A veces, también, las canciones se convierten en ceniza.
Gira, el mundo y tú. Las estrellas pierden el equilibrio y empieza a llover. Déjame pensar, anda. Te estas mojando, ¿no tienes frío? Estoy pensando. No, no cierres los ojos. Ven, levántate. Vámonos. Las luces se difuminan y las baldosas de la acera se tambalean entre las huellas de tus bambas nuevas. ¿Bailas? Todo da vueltas. Vueltas y más vueltas. Dame la mano o me pierdo. Que esto es como el mar, quién conoce alguna esquina.
No te mires más en el asfalto que no conseguirás ver tu reflejo. Busco, me busco y no me encuentro. ¿Sabes qué? Voy a recoger mis alitas rotas y las pegaré a trocitos y volaré. A por ti, algún día. Y serás tú la que mire al infinito desde ahí abajo, la que cuente las nubes tumbada en el suelo y arañe al aire al respirar, de pura envida. Nos cambiaremos los papeles, aunque yo siempre he sido torpe para llevar vida de protagonista. Nací en el país de los personajes secundarios.
Dance, dance, dance! Te mueves sola, ausente, a tu bola. Se rompen los vasos a cámara lenta y no dejas de girar. Ahora sí, ¿es ella? Eres tú, es mi sonrisa. Y el mundo se ha parado, dios cogió un pincel, decide que el momento será inmortalizado, y nos pinta a mano el universo, nos pinta, nos pinta a mano. Abrázala, va. No pienses, no escuches, no hables. Siente, siéntela. Vértigo y vueltas, más vueltas. Aguántame el pañuelo que me caigo. Toma, mi jersey. Qué mareo. Y la mano, ¿dónde está su mano? Se te caen los párpados y se te atragantan las ganas. Mira que eres cobarde. El humo de sus suspiros se enganchó sin querer a mi piel. No me mires. Estoy cansada. Ya no llueve, ¿lo ves? Por ahí no, ya me atropellaron una vez. Calla, y ¡corre!
Te invitaré a escuchar olas, a cazar burbujas de arena. Que yo llevo tu sonrisa como bandera, y que sea lo que sea.
Arrancas la moto, el casco sin visera y el viento en la cara. El suelo se convierte en poesía. Bostezas y el sol se despereza entre los despojos del amanecer. Guárdate las ganas de llorar, hoy es domingo y no toca estar triste. Siempre me quedará la voz suave del mar. Te metes en la cama y suena el despertador. Qué cortinas tan bonitas. El gris oscuro de la habitación se raya de luz. Las hojas vuelven a ser hojas y el azul eléctrico se desenreda de tu pelo. Pero sigues girando, aún. Más despacio, eso sí. Porque el tiempo se vuelve pequeño y los segundos se cansan de susurrar sin cesar su implacable latido. Tic-tac, tic-tac.
Duérmete, anda. Que ahora dicen que hay muchos más universos infinitos como el nuestro. Y hasta realidades paralelas. ¿Tú crees en ellas? Para mí es algo bastante complejo de entender. Aunque siempre he pensado que tú y yo existimos en algún lugar así, en otra dimensión. Alternativa pero adyacente. En esta también existimos, en la de ahora. Bueno, en la de ahora no creo que esté bien dicho. No sé, supongo que en la otra realidad, si es paralela, también estamos viviendo el mismo tiempo, un ahora distinto, pero ahora. Me refiero a ésta en la que tenemos un vacío de piedras entre las dos. Espera, me parece que me estoy liando… ¿Sabes lo que quiero decir? Que en otro mundo, simultáneo, existimos tú y yo, pero tú y yo juntas, en un mismo aquí. Y en ese lugar, allí o aquí, digo que esta vida es llevadera sólo porque sientes tú lo que yo siento.
Déjalo, tu cabeza sigue siendo una peonza. Desvarías. Duérmete, va. Cierra los ojos y ya verás como poquito a poco el mundo empieza a frenar. Que sí, que vale, que te debo este sueño.

17.5.08

latidos


Ayer volví a darme cuenta de que todavía tengo tus latidos en la mano. Supongo que esas cosas no se tiran, ni siquiera se reciclan. Se quedan ahí, acomodadas en algún que otro rincón de la memoria de los sentidos, coleccionando polvo y sumando olvido. Permanecen, quietas, desgastándose con la carcoma del participio, hasta que el tiempo las reduce a un vano vacío y las desintegra.
Joder, qué rabia. Eres como el yogur que se queda arrinconado en la última estantería de la nevera. Ignorado y caducado. Un pretérito imperfecto que sigue entrelazándose con mis dedos. Lates, débil, muy débil, aunque la mayoría del tiempo sea inconsciente de (man)tenerte aún en mí. Sólo a veces, cuando a la luna le da por soplar y hacerte cosquillas, me doy cuenta de que tu latir sigue respirando entre las grietas de mi mano.
Como anoche, que al sueño le dio por retrasarse y al insomnio por subir a la azotea de los recuerdos. No podía dormir y me dio por vaguear entre retratos de color sepia y sensaciones disecadas. Me entretuve mucho rato con otras historias y otros disfraces menos carcomidos que tú, pero al final llegué a toparme con la caja vieja de cartón donde encerré el puñado de ti que olvidaste recoger cuando te fuiste. Retahílas de estrellas, pedacitos de alas y ese montón de carretes de sueños que nunca llegamos a revelar. Hacía tanto tiempo que no me tropezaba contigo…
¿Crees en las casualidades? Esta mañana me he encontrado un correo tuyo en la cuenta vieja de hotmail, la que a penas uso. Mientras intentaba dormir estuve sope(n)sando la idea de soplarle cuatro o cinco palabras a tu buzón. Siempre he pensado que sentiste algo más, que no te alejaste sólo por la tristeza. Me dormí sin decidirlo, y hoy te leo en vez de escribirte. Lates, otra vez. Las letras apuntalan tus latidos y vuelve ese incesante bumbum, bumbum, bumbum. Se me encoge la mano, se me estremece. Porque lo pusiste tú ahí, el corazón, ¿te acuerdas? Me lo ataste a los nudillos, distrayéndome con la mirada, y luego te diste la vuelta y empezaste a caminar. Lejos, cada vez más lejos. Sin darte la vuelta. Quedándome atrás.
Me asusta llevarme tan mal con los verbos en pasado. Y verte aún aquí, en mí. Me asusta y me asustas, porque contigo nunca he sabido reaccionar. No sé caminar recto si te pienso. Se me tuercen los pasos y dibujo eses con los pies. Qué ridículo, tropezarse con un simple yogur...

15.5.08

kilómetros


Me da rabia, que no estés. Que estés, pero demasiado lejos. De repente se me ha hecho infinita la distancia que distingue nuestros silencios. Y algo tendré que hacer para acostumbrarme a estos años luz, porque a ti te conocí de cerca y te aprendí a sentir así, a mi lado, y ahora no sé encajar tu sombra en el cajón de lo lejano. Vale, sí, que los kilómetros siempre han sido los mismos, pero antes me las apañaba para medir los metros en susurros, los centímetros en abrazos y hasta había conseguido cronometrar el tiempo con algún que otro suspiro. ¿Acaso no te acuerdas?
Ahora los kilómetros son kilómetros y punto. Muchos, además. Y tus palabras abrazan poco. Se enfrían, ¿no lo notas? Por eso las mías las meto cada noche en la nevera, antes de acostarme. Las palabras y los sueños, porque si le hiciera caso a mi inconsciencia seguiría soñándote bonito.
Es irremediable.
Pero tendré que acostumbrarme, a sentirte fría. O a no sentirte, directamente. Para cuando no estés. Algo así como meter el paraguas en el bolso el día que el cielo se enfunda de gris. Que no siempre que hay nubes acaba por llover, pero hay que prevenir, o eso dicen. Y tú un día de estos te acabarás marchando, ¿verdad? De puntillas, sin despedirte... No me mires así, anda, que sé que llevas meses hilvanando excusas y recogiendo tus trastos. Te irás, como todos los demás. Desaparecerás y el mundo seguirá con su incesante fluir.
Ahorraría en tristezas si para entonces tu ausencia ya estuviera acomodada en mi bolsillo. Así que mañana empiezo. Me levantaré temprano y me pondré a descoser tus retales de mi piel. Cada día pintaré de invisible un pedacito tuyo, hasta convertirte en invisible. Será jodido engañar a los sentidos, pero bueno, supongo que si aprendí a sumar los kilómetros en abrazos, tiene que haber algo, también, con lo que poder factorizar y simplificar tu silueta. Sólo debe ser cuestión de encontrar el qué, la fórmula, la ley...
Aunque, si te soy sincera... a la práctica nunca he sabido ser previsora. Siempre he sido de olvidarme los paraguas y mojarme con la lluvia. De empaparme mirando el cielo y luego esperar a que el aire me seque el pelo, la ropa y los sueños.

12.5.08

retos


Ahora no sé si escupirte a la cara todas mis inseguridades y esperar a que me cojas al vuelo, antes de caerme, o si hacerme la valiente y tragarme los miedos. Meter las ansiedades en una de esas botellas de cristal y lanzarlas al mar. Que se las lleve lejos, que las ahogue en sus entrañas. Cerrar los ojos. Volatilizar el vértigo y saltar a por ti, a ver qué pasa. Retarte a mí. Qué dices, ¿te atreves?

11.5.08

charcos


- Estás empapada. Con lo que llueve... ¿Cómo no se te ha ocurrido coger el paraguas?

- Se me ha olvidado. Además, llevaba el chubasquero y las botas.

- Ya, pero sabes de sobra que cuando llueve así no sirven de nada...

- Los paraguas tampoco. Y no me gustan. Soy torpe, siempre se me giran del revés con el viento o se me enganchan los dedos al cerrarlos. Prefiero la capucha de la chaqueta, no me importa mojarme un poco.

- ¿Un poco? Joder, pero si estás chorreando... Pareces una niña. Ahora me dirás que también te gusta saltar y chapotear en los charcos...

- Pues sí. ¿Qué pasa?

- Tú y tus manías. Tienes tres pantalones tendidos en el baño y dos pares de zapatos secándose en la ventana. Es la quinta vez que te empapas en dos días. De verdad que no te entiendo, no sé cuándo vas a empezar a crecer.


Menos mal que no sabes que ayer cogí la moto y me fui a ver el mar. Que me congelé y que casi se me lleva el viento. Que me estuve diez minutos parada bajo la lluvia, mirando el cielo. Porque me encanta ver como las gotas se desploman desde ahí arriba y se me estrellan en la piel. Que fui hasta el puerto siguiendo las olas y que al llegar a casa tenía hasta las bragas mojadas. Necesitaba desahogarme. Últimamente sólo lloro cuando llueve. Suelto todas las lágrimas que aprendí a absorver los días de sol. Abro bien los ojos y las dejo salir. Se me confunden con el agua en las mejillas y así no te enteras de nada ni mirándome a la cara. El mundo está igual de gris que mis pupilas. Y es que en días así, el verde de las plantas es el único color que no se deja teñir por las nubes. El verde es más verde que nunca, todo lo demás se contagia de gris.


9.5.08

jueves

Te vestí de hada y me creí tu cuento. Me empeñé en pensar que eras distinta, distinta al resto. Hasta que un jueves por la mañana me di cuenta, echándole azúcar al café, de que eras igual que todos. Pasos de gigante en un mundo de cristal. Ni alas de papel, ni cicatrices en las mejillas. Acababa de discutirme con el despertador y aún tenía los párpados adormecidos. Me miré en la cucharilla y bostecé pescando cereales. Minutos después me saqué el pijama y te metí conmigo en la ducha. Te froté el cuerpo con la esponja, esquivando los lunares con algún que otro resquicio de rabia, y me enjaboné el pelo con el champú de almendras. Abrí el grifo y los vi escurrirse por el desgagüe, entre la espuma, tu disfraz de hada y mis retales de piel. Me sequé con la toalla azul y me desenredé el cabello con los dedos. Nunca me peino. A ti te sequé a soplidos. Estaba nublado y empezó a llover. Era jueves, además. Calcetines verdes, tejanos oscuros y camiseta a rayas. Te hubiera podido vestir con cualquier cosa, hasta con mi pijama. Pero te dejé en el baño, sin nada. Desnuda. Vístete tú sola... o búscate otro cuento. Clavé los ojos un instante en la peca que se acuesta sobre tu clavícula y bajé a la cocina a por otro café. Nunca he conseguido llevarme bien con los jueves.

3.5.08

pequeñeces


Y enamorarme un poquito de la chica del peto gris y los zapatos de cordones verdes. Abrazarla por detrás y escribirle un suspiro en la nuca. Porque me enamoran los abrazos y los suspiros templados. Las pequeñeces. Los besos en la ceja y las caras de la gente cuando les hablo de mi colección de atardeceres. O de la teoría de las estrellas que se descuelgan del cielo y se hunden en el mar. Les miro y sonrío por dentro. Muchos deben de pensarse que estoy medio loca, pero ya me da igual. Antes me importaba, pero ahora prefiero subir al tejado y mirar el cielo con las ardillas. Porque mi casa está llena de ardillas que se persiguen de rama en rama y bajan a desayunar corteza de árbol con mi nesquik de los domingos. El café sólo me gusta a partir de las tres. Igual que las películas, que no las sé ver antes de las cuatro.
Tengo problemas de temporalidad. Los relojes me engañan y los días se me mezclan. La mañana de ayer y la tarde del martes. Nunca he sabido usar una agenda. Y mi memoria se entretiene acordándose de cosas absurdas. Como aquello de que el botón de tu pantalón estaba cosido con hilo marrón. Sin embargo soy incapaz de recordarte la voz. Creo que es algo muy complicado, reproducir mentalmente las voces, por muy conocidas que sean. Cuando eres capaz de reproducir alguna significa que te han calado muy hondo. Por eso me tranquiliza no poder hacerlo con la tuya. Aunque tus palabras siguen ahí, y tus gafas de sol, y tus ojos de otoño, y tu ombligo, y tu silencio, y tus esquinas. Me enamoré de demasiados poquitos tuyos, te convertí en la chica del peto gris durante muchos días seguidos y constantemente soñaba que te abrazaba.
Qué quieres, prefiero un millón de cosas enanas que un algo sólo y gigante. Soy de retazos. Me encanta cortar verduritas de todos los colores y freírlas a fuego lento con aceite muy caliente. Y rellenar los papelitos de las magdalenas con una cuchara de madera, meterlas en el horno y mirar cómo la levadura las hace crecer. Porque podría pasarme la vida mirando. Cualquier cosa, podría sentarme en un banco y no dejar de mirar. Hay quien no se cree que me tiraría días y días tumbada en la arena, frente al mar. Pero es verdad. Aunque no voy a engañarte, a veces también echo de menos mirar menos y vivir más. Ser la desconocida observada y no la narradora omnisciente del banco del paseo.
Que me gusta estar sola pero tengo días en que los abrazos son imprescindibles para sobrevivir. Sobretodo cuando me miro al espejo y me encuentro vacía. Entonces me entra la tristeza repentina y las ausencias pesan más de la cuenta. Odio esa sensación. Y me enfado, conmigo. Me desespero buscando algo que me llene y casi siempre acabo tirada en la playa. Helada y sola, sí. Porque la timidez la llevo en los huesos y los abrazos nunca los he sabido pedir. Así me va. Pero últimamente estoy consiguiendo reducir mi media aritmética de autoenfados semanales. Me pongo el casco y miro el mundo pasar al revés por el retrovisor, así me parece que la vida tiene un poco más de sentido. Acelero con mis manos de juguete.
Dicen que tengo manos de juguete. Son enanas, como los ojos, como la boca, como los pies; pero me gusta tocar el piano por las noches antes de acostarme. Me vengo del vecino y de su jazz dominguero. Es que no soporto sus ínfulas de intelectual, me dan rabia los leídos que se ponen gafas de pasta cuando no las necesitan. Las mías son de metal azul, pero uso lentillas y tengo la manía de leer en la cama sin lupas artificiales, con mis ojitos desnudos, buscando letras nubladas con los párpados entreabiertos. De pequeña pensaba que un día cerraría los ojos para dormir y a la mañana siguiente me despertaría ciega. Es algo que me aterrorizaba. Bueno, que me aterroriza porque lo sigo pensando.
Sí, sigo siendo una mocosa que escribe retahílas de pensamientos sin sentido en su cuaderno de tapas rojas. Siempre a lápiz o con pilot negro. Casi nunca en hojas cuadriculadas. Con esas hago aviones y ranas. Antes también hacía pingüinos, pero se me olvidó el orden de los pliegues. No me gusta mezclar las letras con los cuadraditos de libreta, prefiero las rayas. Las rayas de su peto gris y las que voy a dibujar en el suelo con esos cordones verdes. La abrazaré por detrás y le escribiré un suspiro en la nuca. Guardaré su sonrisa en el cajón de las nimiedades, al lado de los atardeceres. Porque, ¿ya lo he dicho, no?, que no lo puedo evitar, lo de enamorarme un poquito unos cuantos minutos al día.

1.5.08

esperas


La chica de aquella historia también llevaba colgado en la espalda uno de esos tubos alargados para guardar sus dibujos. Y el pelo corto. ¿La recuerdas? Camisetas con capucha, pantalones desgastados y un lápiz con papelitos a medio escribir en el bolsillo de atrás. Siempre esperaba el metro de pie, con la espalda apoyada en la pared y un zapato pisándose el otro. Vivía en un otoño contínuo y sonreía discretamente cada vez que veía asomarse por las escaleras del andén las piernas de aquel chico de la mochila gris y el pelo castaño. Solía llevar una carpeta verde, de esas de tamaño dinA3, y los dedos manchados de grafito. Le latía el corazón a mil por hora cuando él, sin a penas mirarla, se iba acercando, se descolgaba la mochila y la sujetaba entre los pies, y se apoyaba a menos de un metro de ella, a esperar el metro, en la misma pared.
A veces sí que se les cruzaban torpemente las miradas, se encontraban en el aire con la espontaneidad con la que se cruzan las miradas desconocidas, y ella apartaba los ojos sutilmente mientras sentia hormigas serpenteándole en las rodillas. ¿Te acuerdas o no? Se llamaba Sila, creo. Espera, qué tonta; cómo te vas a acordar si cuando escribí esta historia ni siquiera sabía que existías. Buf, a veces creo que me gustaría volver atrás. Deshacer unos cuantos recuerdos y volver al punto ese en el que aún era incapaz de imaginar que podía llegar a conocerte... Tener diez años otra vez y volver a contar estrellas sin tener la sensación de que es la manera más absurda de perder el tiempo; ser inconscientemente feliz, ¿te imaginas?
A lo que iba. Que esta tarde me he sorprendido cuando he visto que era yo. Hasta me he asustado un poco y todo. Sila soy yo. Aquella chica de los dibujos y las capuchas, indecisa y soñadora. Creo que soy yo. Me he dado cuenta cuando se ha parado el metro frente a mí y me he visto un instante reflejada en la ventanilla. Apoyada en la pared, con el tubo colgando, esa forma tan extraña e insegura de pisarme los pies y un puñado de letras sin sentido en el bolsillo de atrás de los pantalones. Y ella, que nunca ha sido él, esperando a mi lado.
Se me hace raro identificarme con el personaje de un cuento que escribí hace tanto tiempo. No sé si significará algo o si es simplemente una estúpida casualidad. ¿Tú que crees?
Hay días en que dudo si espero el metro, o si lo que espero es que se fije en mí. Que me preste medio segundo su mirada y sea capaz de sujetársela sin disimular. Uno de esos viernes en que el andén esté repleto de gente se lo meteré en la carpeta, sin que se dé cuenta; un papelito, pequeñito, escrito a lápiz: "línea verde, tercera parada, segundo vagón. ¿me esperas o te espero?"