26.2.08

corazones


Lo dibujé a lápiz sobre el pedazo de cartón que había arrancado desmontando una caja. Un simple boceto al que le di leves matices con un carboncillo, nada, cuatro sombras. Repasé su silueta con las tijeras a modo de bisturí. La volví a repasar, una y otra vez, hasta asegurarme de que el grafito no quedara astillado. Sentía arañazos en el pecho, adentro, muy adentro. Pero no dejé de cortar hasta que la cuchilla metálica raspó el tablón de madera que me sirve de mesa. Entonces lo separé cuidadosamente de su envoltorio y me deshice de los despojos. Guardé las tijeras en el segundo cajón y busqué un trocito de papel de lija en la caja de herramientas. Le limé un poco los bordes y lo dejé en el alféizar de la ventana. Subí un poco la persiana, lo suficiente para rayar de luna la habitación, me tumbé en la cama y me quedé dormida.

La mañana siguiente, al despertar, le cosí un par de sonrisas con un ovillo de hilo que encontré en el bolsillo de atrás de los tejanos aquellos que casi nunca me pongo. Y fui a comprar imperdibles, con tres me bastó. Al llegar a casa, me planté frente al espejo, me saqué el jersey y me desabroché los primeros botones de la camisa. Me lo enganché sobre el mío, el retal de cartón sobre el pedazo de hielo de tristezas caducadas. Volví a mirar mi reflejo en el cristal, unos segundos. Me abroché de nuevo la camisa, me puse la chaqueta y salí a ver el mar, a contagiar de invierno y de azul mi nuevo corazón. Sin deseos, sin sangre y sin latidos.

23.2.08

planetas


Vámonos a Plutón. Escoge una estrella, nos la llevamos. Y el mar, mételo en la maleta. El otoño y los atardeceres ya me los guardo yo en el bolsillo. ¿Las palabras? Déjalas, total, siempre se las acaba llevando el viento. Además, ahora que nos miramos, ya no son imprescindibles. Pero mete un poquito de lluvia en esa botella, la de cristal, para mojarnos de vez en cuando con algo más que silencios. Vámonos, anda. A Plutón o a Saturno, donde quieras, pero vamos. Déjame agarrarte la mano y correr. Sobrevolar este mundo y despertar en otro planeta. En otro universo, sin reloj y sin teléfono. Sólo con tu sonrisa pegada a mi piel y el lunar de mi párpado enganchado a tu sueño.

10.2.08

miradas y silencios


A veces me da miedo que se me acaben las palabras. Que me quede en blanco, sin nada que decir. Me da miedo, porque las palabras es lo único que nos une. Bueno, las palabras y las nueve cifras estratégicamente combinadas que hacen sonar de vez en cuando tu voz. ¿Y si se transformaran las palabras en ganas de mirarte? Buf, sería horrible. ¿Dónde iba a esconder yo tantas miradas? No sé qué haría, ¿dónde iba a deshacerme de tantos silencios?

4.2.08

vértigos


Me mareo. De tanto pensar. Me mareo de darle tantas vueltas a todo. Como el chico de aquel libro que tuve en la mesilla de noche más de dos años. La Reina de las Nieves, aún debe de estar por ahí, enterrado bajo otros libros y un montón de papeles. Hace meses que mi cuarto es un caos, no sé qué me ha pasado, antes era una maniática del orden…

Leonardo, se llamaba. Estaba en la cárcel, por un asunto de drogas, creo. Me caía bien, ese chico. ¿No te pasa nunca? Con los libros y con las películas, que te caen bien sus personajes, que los arrancarías de la pantalla o de las páginas del libro y te abrazarías a ellos. Supongo que sí, a todo el mundo le debe pasar.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Pues Leo estaba en la cárcel. Y se mareaba, a veces, de pensar demasiado. De intentar hacer girar su cabeza tres veces más rápido de lo que giraba el mundo, su mundo. Al principio no lo entendía, pero ahora… Cada vez que me acuerdo de algunos de sus capítulos, me gusta un poco más. El libro y él (o más bien su escritora). Los ataques de vértigo, sobretodo, cada vez los entiendo mejor. Y aquellas lagunas mentales que le aturdían tan a menudo cuando volvió a la vida sin celdas, o aquellos recuerdos que le aparecían de repente en la cabeza y no sabía exactamente de dónde venían, ni qué fecha tenían sus pretéritos ni cuándo habían caducado. Por eso a veces hasta dudaba de si eran suyos. Me parecía que estaba loco, cuando lo leí, hará un par o tres de veranos. Es curioso, tardé en leerlo, en consumir sus páginas. Había días que se me hacía pesado y todo. Subrayaba lo que no entendía, y también los párrafos que me gustaban. Retazos de frases y palabras sueltas. (Los retazos, por cierto, los descubrí entre aquellas letras; no sé, creo que aprendí a escribir con La Reina de las Nieves, bueno, a escribir o a soltar verborreas más o menos inteligibles…). Y ahora es una de mis historias favoritas.

En fin, a lo que iba, que me gira la cabeza a quinientas revoluciones por segundo y no me aguanto de pie. De repente se me revuelve todo y tengo que apoyarme en alguna pared porque tengo la sensación de que me voy a desplomar. Es… tan extraño. No lo soporto. Y estoy segura que es de pensar. ¿De qué puede ser si no? Siempre he tenido este problema. Le doy demasiadas vueltas a todo. A todo, hasta a la sonrisa de la profesora de dibujo cada vez que me la cruzo por el pasillo. Y no puedo más. Me van a reventar las neuronas. Estoy nerviosa y pienso, pero de pensar me pongo aún más nerviosa. Es horrible. Tengo ataques de vértigo, como los de Leo, como el que tuvo la última noche que estuvo en la cárcel.

Gira, el mundo empieza a girar a mil por hora, las ideas, lo que pasa, los sueños, tu sueño, la autopista de cuatro carriles que tengo delante, las olas, el mar, aquel beso en la estación, la cena de anoche, el invierno, mi vida, la tuya, la del cartero que me trajo su carta, ella, el compás, los peldaños de una escalera hacia el cielo, una estrella con su nombre envuelta en papel reciclado, tu voz, mis letras, mi canción, las nubes, tus pecas y las agujas del reloj… Todo gira. Y acelera, cada vez va más rápido… hasta que de pronto… ¡plaf! Se para de golpe y lo único que sigue dando vueltas es mi cabeza, como una canica rodando por un tobogán de espirales. No hay forma de parar, ni aunque me ponga a gritar como una loca. Es inevitable. Estoy en lo alto de un rascacielos, cierro los ojos, pierdo el equilibrio y caigo hacia abajo, pero nunca consigo llegar al suelo. Y créeme, lo que más me gustaría en estos momentos es estamparme contra el asfalto, pegarme la gran hostia y despertar de golpe. Parar de pensar, desconectarme los circuitos neuronales y respirar tranquila. Vivir, sin más. Pensando lo suficiente y basta.

Nací demasiado indecisa, ahí está el problema. Demasiado indecisa y demasiado curiosa. A veces me caigo tan mal… Me parece que a él también le pasaba. A él y supongo que a todos. No sé… ¿tú también crees que estoy loca?