30.1.08

vidas

Le dieron una vida y no la supo utilizar. Venía sin instrucciones y no se las apañó demasiado bien con ella. A veces, cuando le daba la neura, hasta pensaba que algo había fallado para que el destino, dios, la casualidad, o quién fuese, le hubiera regalado ese gran privilegio que nunca sabía cómo aprovechar... La cabeza le daba vueltas. Sólo tenía ganas de lanzarse al vacío, saltar por aquel barranco y dejar el mundo atrás. Total, ¿qué podía perder?

21.1.08

saudade


Vuelvo a estar sola, ¿lo ves? Sola con él, con el invierno. Y con su maldita humedad que se me ha clavado con alfileres en la piel. Y te echo de menos, otra vez. Te vuelvo a echar de menos como hace dos días. Porque el echarte de menos va a días. Algunos toca, y otros no. Aunque últimamente tengo la sensación de que toca demasiado. Sobretodo desde que se me puso entre ceja y ceja la idea de que tenía que sacarte de mí. Desde entonces me cuesta más ignorarte y restarte minutos de los que normalmente me ocupas. Debe de ser porque en el fondo no quiero que te vayas. Ni en el fondo ni en la superficie, vaya, porque hasta las células más desarraigadas de mi piel se abrazan a ti a traición… Pero ya me conoces, soy terca y cuando se me meten las cosas ahí, entre las cejas, no hay dios que las saque sin más. Una parte de mí te retiene, la misma que ahora también te extraña los días impares en los que no toca extrañarte. Pero yo sé que te tengo que ignorar, que las cosas serían mucho más sencillas si no estuvieras. Aunque siento pinchazos en la piel cada vez que pienso en la ausencia de tu ausencia. Porque siempre has estado aquí, a mi lado, pero presente, en realidad, no lo has llegado a estar nunca. Tu presencia siempre ha sido algo extraña, ausente, sí. Por eso siempre te estoy echando tanto de menos. Porque estás sin estar, tú me entiendes, ¿verdad? Y ahora no sé si son los alfileres del frío los que me pellizcan los nervios o si es el pensar en eso, en que desaparezca tu ausencia y tu saudade. Se dice así, ¿no? La escuché una vez en una canción, la palabra, digo, y me encantó. Saudade. No sé exactamente qué significa, pero enseguida la relacioné contigo. Si es que en el fondo me gusta hasta el hueco de tus abrazos. En el fondo y en la superficie, lo sabes de sobra. Pero te tengo que echar. Porque extrañar tanto alguna cosa no puede ser sano, agota. Física y mentalmente, te absorbe las fuerzas, y encima me falta el aire, me ahogo al pensar que nunca estás, ¿sabes? Bueno, que estás a tu manera, ya, pero eso es como si no estuvieras. Es tan raro todo... Tú, y yo… no tiene ningún sentido, pero mira, se ve que me acostumbré demasiado rápido a tenerte en mí, a tener un vacío con tu forma. Supongo que, claro, preferí tener un vacío con tu forma que un vacío indiferente. Estaba sola y te encontré. Te metí y te metiste por mi garganta. Y ahora me circulas por todas partes. Por eso quiero que te vayas. Porque querer demasiado no es bueno, aunque querer demasiado poco, tampoco. Y querer… quizás no sea bueno ni querer medianamente. Te lo dije una vez, ¿te acuerdas? Querer suena tan posesivo… Yo no te quiero, no. T’estimo, millor. Y sí, tengo que echarte, precisamente por eso. Perquè no et vull estimar. Estoy cansada de echarte de menos, de tenerte sin tenerte; cansada de mí, de mi estúpido miedo, de todo. Así que, m’estimo més que te’n vagis. Discretamente, si no es pedir demasiado. Pero creo que sí, que soy demasiado exigente, porque a todo esto, tú… ¿quieres irte? O t’estimes més quedar-te?

3.1.08

armonías


Notas enredadas entre las manos. Cinco hilos de silencio esbozan el pentagrama con tinta negra. Una clave de sol escasa de luz se abraza a las líneas. Sin armadura alguna, la lluvia salpica las teclas del piano y la música empieza a sonar al ritmo de los suspiros de las nubes. Cuatro sonidos tímidos se desprenden suavemente de la yema de los dedos, soplando escalofríos en la nuca del Silencio. Susurros en si bemol enzarzados en las cuerdas vocales de la garganta del instrumento. De repente, una luna con sombrero sobre el papel sembrado de paralelas. El primer do asomando su mirada en el vacío de la partitura. Pronto lo acompañan tres puntitos más, redondos, perfectos. Tras ellos, la silueta de un gato negro, quieto, entre las dos primeras rayas de este pentagrama de agua. Fluyen las manos al igual que la lluvia y se escriben las notas a medida que van sonando las teclas. Más desahogadas ya, como la tormenta de afuera. Corren sobre la autopista de cinco carriles sin límite de velocidad, esquivando las señales de este lenguaje universal apto para todos los públicos, guiadas por algún extraño sentido que escapa de lo estrictamente racional, nada de leyes convencionales. Compases de cadencias asonantes, un trueno y tres corcheras tambaleándose en el borde izquierdo de un fa sostenido. Media síncopa y se dejan caer al mi natural, sin alteraciones. El chasquido metálico de las gotas contra la barandilla de la terraza se trenza con los armónicos azules de cada negra con punto. Secretos escritos sin palabras se esparcen en el interior de la caja de resonancia. Un soplido de viento de invierno se cuela por la grieta mal apañada del marco de la ventana. Titubean los dedos en el aire y el acorde al que pretendían aterrizar se convierte en arpegio sin aviso previo. Sin embargo, encaja en el hueco perfecto de este compás. Es curioso como tejen armonía las notas dentro de este completo caos de sentimientos. Dos manos bailando sobre un teclado, y tiempo y música sincronizándose a la sombra de esta extraña melodía. A veces los teclados de letras no sirven para explicar según qué sensaciones. La de tener ganas de llorar, por ejemplo, y sentir que te mojas sin soltar una lágrima. Sigue lloviendo tras los cristales mojados. Disminuye el ritmo, suspiran los dedos. Un escaso segundo dilatado para respirar. Los músculos del brazo se relajan, respiran, también. Y en los cinco hilos de aquel silencio empiezan a dibujarse unas escaleras de fusas entrelazadas. Tempo rubato, crescendo al mismo tiempo que crece la velocidad. Re, mi bemol, fa, giro rápido pero discreto de muñeca, sol, la, si, do, giro de nuevo y vuelta a empezar. Peldaños en sol menor, en si mayor, en do sostenido, en cualquier tono. Una octava, media más, y el timbre de aquel la de ahí arriba retumbando bajo el tacto del dedo índice. El cielo enfundado en su traje gris y la luna llena que aparece de nuevo, con su vestido de seda, subida en el raíl más alto del pentagrama. La voz de los sonidos empieza a resentirse. Su eco se desvanece en el aire después de convertirse en líquido. Retahílas de silencios acompasados con los latidos de la tormenta disfrazan la afonía de las teclas más cansadas. Pero siguen sonando, despacio ahora. El metrónomo de agua también ha contraído sus pulsaciones… Retazos de arpegios y acordes a medio acabar, no por eso más imperfectos. Las semifusas se convierten en corcheras, las semicorcheras en blancas, las negras en redondas… Celeste para acallar las notas más estridentes, segundo pedal. Un trino a penas sin fuerzas, débil pero veloz. Los dedos ágiles, ligeros. Ritardando, por eso. Y diminuendo, cada vez más. Los últimos armónicos resuenan en las paredes de la habitación del piano, se descosen de los dedos, se escapan, se pierden en el aire, se escurren por aquella grieta mal apañada del marco de la ventana, y se diluyen con la lluvia. La que cae sin cesar.