18.12.08

Sigo esparciendo retazos de mí...:





5.12.08

caleidoscopios


Cada vez soporto peor el invierno.
Me duele el frío en los huesos,
metralla helada,
salitre en vena.





Los lobos se quedaron sin aullidos,
el bosque en llamas y el mar sin olas.

Caperucita se cose puntos sobre la piel.
Puntos finales.




Todo, todo es una simple cuestión de espejos.
De ángulos de refracción y de reflexión.
Como los caleidoscopios.
Geometría pura, aunque no exista.
Porque fue una de las pocas cosas que aprendí en la facultad,
que no existe, que es un invento.
¿Acaso, si miras a tu alrededor, alcanzas a ver algo geometricamente perfecto?
Nada, no te engañes.
Ni las olas.


Cambio de ángulo, de espejo.
Llámame Sofía, si te apetece.
¿O te gusta más Elena?


Me voy,






a tocar tierra.

14.11.08

mala hierba

¿Ves la Luna? Enorme, redonda, perfecta. Un hueco en el cielo, un agujero negro donde echar todas las palabras hechas pedazos. Despojos de mentiras. Tu sueño, tu entelequia, tu ilusión. No, tú no sabes qué es. La ilusión, digo. No puedes saberlo. Lo tuyo son los faroles. O ni siquiera eso. Las farsas, mejor. Aunque, ¿sabes? Jugar a la ruleta rusa sabiendo que no hay una sola bala en la recámara no es hacer trampas. Es ser cruel.
Demasiado tarde, tal vez, o excesivamente pronto, decías. El tiempo ya no importa. Ni los pasados, ni los futuros, ni los gerundios. Te los escupo a la cara, tus condicionales. El millón de subjuntivos conjugados en tu piel. Piel de lagarto. Áspera, dura, escabrosa.
Qué ridículo, soñar tus labios. Perseguir tu sombra a tientas por este laberinto de esquinas. Menudo hostión, con todas sus letras. La boca partida y las manos deshechas. La razón hecha añicos y los sentidos arrinconados en la cuneta. ¿Te das cuenta? Se me han vuelto a obstruir los filtros de la confianza. Que no, no vuelvas a decirme que también me echas de menos.
Pesa la Luna esta noche. Arden todas mis palabras en su interior. Las que te escribí, las que te callé y las que te inventé. Los barcos a la deriva, los atardeceres mal contados, los silencios cosidos al viento, los abrazos de papel de celofán… Se queman. Y pesa, sobre mi espalda, la Luna. Pero esta noche, mi enorme hoguera prende fuego a tu jardín.
Siempre había creído que un campo se empieza a sembrar con verdades. Luego crecen las mentiras, la mala hierba, la que nunca muere. No se puede evitar que aparezca, supongo. Nunca he encontrado la lógica de empezar al revés. A plantar semillas y semillas de mentiras y luego esperar que florezcan verdades al sol. Es… como plantar patatas y esperar que crezcan margaritas.

8.11.08

Babel

Luces caleidoscópicas sobre el escenario. Babel se derrumba. El bosque en llamas. Arden las cerillas del Destino.
Los ecos sordos de la ciudad se arrodillan ante los imperativos de Caín. Ni un megahercio prestado a la duda. Shut up! En negrita.
Los abrazos se mueren de ausencia en el umbral de la espera. No grites, no grites. Que tu voz se cayó a la hoguera y hoy toca merendar café con soledad y un par de cucharadas de invierno. Se desmagnetizan los polos de la brújula. El norte en el sur, el este en Alaska y el oeste en el marrón chocolate de unos ojos con exceso de luz.
Babel en ruinas bajo los faroles de la Luna. ¿A quién se le ocurre guardar auroras boreales en un bote de aguarrás? El mar no se puede meter dentro de una botella.
Estallan las esquinas. Arden las calles. Se quema, se quema el telón. ¿Y entonces? Mánchate los dedos de ceniza y escríbete en el cielo. Los paraguas están rotos y la escarcha que tienes en las mejillas no la va a deshacer el viento.
Escríbete. En las nubes, en la arena, en una estrella, en el mar. Era un sueño, ¿acaso no te acuerdas?

5.11.08

trasquilones

Hoy iba a haber tormenta, lo he sabido desde esta mañana cuando se ha acabado el butano mientras estaba en la ducha. Qué frío. Y yo apretando los párpados y los puños para que vinieses a abrazarme. Fuerte, fuerte, que no pueda respirar. Como si las distancias pudiesen reducirse a polvo y soplarte al oído que tengo ganas de verte.
Me corté el pelo el domingo y tengo un trasquilón en la cabeza. Tiene que colarse por ahí, si no, no lo entiendo. No sé cómo se ha vuelto a meter en mí este estúpido vértigo de metal. Porque es metálico, créeme. El pánico de caer al inmenso bucle de vacíos que se asoma a mis pies. O peor, la angustia de estar ya en el aire y no llegar a ver el final de la caída.
De repente todo tambalea y vuelvo a morderme los labios delante del piano para que no se me escurra ni una sola lágrima entre las teclas. El silencio a todo volumen. Tres mil decibelios de absurdo retumbando en la cabeza y el mundo girando a velocidades descomunales. El vértigo, sí. Un mareo irracional al borde de este vacío de hojas blanco nuclear. No puedo tirarlo todo por la borda.
El hombre del tiempo no deja de anunciar borrascas y frentes de aire polar. Esta noche sacaré el gorrito del armario para taparme el trasquilón. Y mañana iré a la papelería. Voy a hacer un sol de plastilina amarilla y a tapar el gris de las nubes con gomets de colores.

2.11.08

claveles

Esta mañana he acompañado a mi madre a la floristería. Ha comprado dos ramos de claveles rojos. Son de plástico, pero bonitos igual. Parecen de verdad. Me ha contado que a mi abuelo le encantaban, los claveles. Y que era un romántico empedernido. Dice que por eso tenía tantos problemas de tensión. Era boxeador y lo dejó por mi abuela. Me encanta esa historia.
Mañana es día de cementerio y Narf ha vuelto a pintar las paredes de la ciudad. Un gusano que engulle las fachadas con la mandíbula desencajada y la mirada vacía. Helarte conceptual. Yo me parto los dientes de estrellarme contra las esquinas. Las de la calle, las de la cama, las del silencio, las de tu voz... Los labios hendidos y las encías en carne viva. Eso no es ser kamikaze, es ser gilipollas.
Van a aniquilarse y se suben a la avioneta con casco. Los kamikazes, digo. Qué estético y qué absurdo a la vez. Claro que más absurdo es todavía pretender sobrevolar el Infinito con un avión de papel de periódico. ¿Dónde dejarán ellos escondido el vértigo?
Seguro que la sangre de los románticos es igual de roja que los claveles. Mañana le pediré a mi abuela que me vuelva a contar la historia del boxeador del corazón gigante. Ojalá lo hubiese llegado a conocer. Me llena los ojos. Y la ilusión.

30.10.08

caramelos

No iba a dejar que nadie me besase en esa esquina. Nadie, ni siquiera él. Porque allí aún me coges de la mano. Tú y la noche, sentados en el bordillo. Noviembre casi, pero aquella luna de verano no se ha desvanecido con ningún amanecer, todavía. Todavía no ha amanecido en el país de Ojalá. Y cada día ceno contigo. Caramelos de biodramina para calmar el mareo de tenerte en mí y alguna que otra aspirina que sosiegue el vértigo de vivirte a todas horas. Tu ausencia, tu sueño, tu voz… No sé digerir los sorbos de olvido, y es que tampoco ha oscurecido, aún, en la ciudad de Jamás.

27.10.08

cometas

¿Los besos son estrellas? Me preguntaste una vez. Y sí, los besos brillaban y tenían cinco puntas, pero no recuerdo en qué planeta. Nunca fui capaz de ver estrellas fugaces contigo. Nos tumbábamos en la arena y yo contaba aviones y barcos mientras tú descontabas deseos. ¿Sabes? Luego me di cuenta de que todo consiste en creer. De que en todas aquellas noches, las lucecitas hubiesen podido ser cometas, sólo se trataba de mirarlas de otra manera. Con otros ojos, tal vez. Pero es que en la playa de mis cometas no eras tú la que cazaba los besos. Contigo siempre me pesaron demasiado las olas, y las estrellas sólo latían en el fondo del mar.

23.10.08

tuberías

Me despierto con retazos de ti cosidos a las pecas. Miro por la ventana y las nubes se enredan con los pinos. Sonrío por dentro, hoy tenía ganas de día gris. Aunque tal vez por eso, las sonrisas no me salen por fuera. Me meto en la ducha y sigues en mí, retales de sueños desperdigados por todo el cuerpo. Me enjabono, me enjuago. El agua resbalando por la piel y la lluvia salpicando los cristales empañados. El frío congela las burbujas. Cualquier día de estos, se atascan las tuberías con tu olor convertido en espuma.

16.10.08

borrones

Hoy estrenaba lentillas y el mundo tenía que ser nítido y bonito. Me apetecía verlo azul, un poco verdoso, pero todas las ventanas estaban empañadas. He parpadeado un millón de veces, me las he sacado y me las he vuelto a poner, del derecho y del revés, y nada. Todo era agua, como cuando se te viene el mar a los ojos y parece que están por estallar un puñado de olas.
Un borrón. Se me han juntado las letras, las luces y las nubes. Es como si todo girase a una velocidad distinta cuando no veo bien. A otro ritmo. Las juntas de las baldosas se tropiezan con mis zapatos y las farolas destellan en exceso. Me resbala la mirada y me mareo.
Esta mañana lo hubiese dejado todo para ponerme a estudiar. Atarme al pentagrama y no levantarme del taburete hasta conseguir que los claros de luna sonasen casi perfectos. A veces me sale la vena y me dan esos ímpetus. He acabado mordiéndome los labios para no ponerme a llorar. Qué fácil es soltar lágrimas delante de un piano. Se me torcían las teclas y las manos no sabían muy bien donde agarrarse. Otra metáfora para tender al sol.
Ahora escribo con los ojos desnudos y esta es la última hoja que le queda a la libreta. La roja que estrené con Joan y la playa en febrero. Era miércoles, cuántos cambios desde entonces. Pasamos un frío horrible esa tarde en el espigón, cuando nos salpicaba el agua en la cara y yo me empeñaba en no movernos de allí. Un rato más, le decía. Tenía la nariz helada y cumplía diecinueve. Diecinueve y estamos otra vez a mediados de octubre, recortando pedazos de otoño para tapizar nostalgias con hojas secas.
El cor glaçat però mig somriure a la cara. Quizás esta mañana me he equivocado de mirada cuando he abierto los ojos.

13.10.08

estrellas

A veces iba a ver el mar cuando salía de trabajar en verano. A escucharlo, más bien, porque a esas horas las olas sólo se desnudan si hay luna llena. Las calles están adormecidas y no hay arena, ni orilla, ni horizonte. Solamente lucecitas en la oscuridad y los susurros incansables de la marea. Me sacaba el casco y apagaba las luces de la moto. Y me quedaba ahí, mirando al vacío, hasta que me sentía demasiado sola o empezaba a dolerme en los huesos el echarte de menos.
Hoy tenía ganas de haberme parado a escucharlo un ratito. Pero ahora las calles se acuestan más temprano y hace frío para enganchar miradas entre las estrellas. Y llovía. Poco y despacio y flojito; pero llovía porque cuando he vuelto a casa tenía la ropa húmeda y la cara mojada. Tampoco hubiese sido capaz de estar sola más de un par de minutos. Ni de extrañarte más de la cuenta. Últimamente dosifico la añoranza con cuentagotas para que no se consuma tu calor.
Tengo la sensación de que me he vuelto a congelar, que estoy helada para moverme y deshecha para sentir. Esta noche me siento pequeñita. Indefensa, vulnerable y algo triste. Pero me he pasado la tarde riendo en el restaurante. Son las tres y treinta y tres. No sé qué tiene el mar. Ni la lluvia. Ni el otoño. Ni tú. Pero me desmonto. Y mañana tendré que tomarme un montón de cafés.

12.10.08

lluvia

Me he tumbado en el sofá después de cenar. Con la mantita naranja y un vaso de leche caliente. Tenía las manos heladas. Esta mañana me he despertado llena de escarcha. Me he metido en la ducha y he empezado a llorar. He dejado caer agua, segundos y lágrimas hasta que he conseguido quitarme el frío de los huesos.
El fantasma me soplaba en la cabeza cuando me veía los ojos llenos de tormenta. Decía que tenía que dejar caer el chaparrón, y que luego, las nubes negras, se deshacían con un par de soplidos. Me soplaba en la nuca, desde la fila de atrás, en las clases de filo. Bufa, bufa...
Ahora me mareo de tanto soplar. Abro los ojos cada mañana y la niebla sigue ahí, clavada en las retinas. No sé qué hacer y me da miedo que me empapen otra vez las tristezas. Ahora, que todos mis chubasqueros se han reducido a papel y que los paraguas se rompen con tanto viento.
Ojalá vendiesen pieles impermeables. Ojalá, los abrazos se pudiesen traducir con palabras y las tormentas se desvaneciesen al parpadear. La peor lluvia es la que te moja por dentro, la que apenas se ve.

9.10.08

Plutón

Me voy a Plutón. Porque aquí ya no les queda espuma a los cafés, ni estrellas a la noche, ni otoño en las aceras.
Me largo, porque no puedo soportar que la soledad siga persiguiendo tus vacíos. Sin aliento y a ciegas, como aquel que cierra los ojos con todas sus fuerzas esperando encontrar algún resquicio de luz. Que cuando todo está oscuro, los destellos de cualquier luciérnaga son un salvavidas, un faro que abre y cierra sus párpados al ritmo desacompasado de las olas.
Quizás, en Plutón, la lluvia no llega hasta el suelo. Quizás el mar es dulce, y la nieve algodón. Tal vez, allí, las agujas del reloj giran en espiral, y cada segundo es microscópicamente un instante más largo que el anterior. ¿Te imaginas? El planeta del tiempo creciente. Enano, helado y eterno.
Aquí no respiro. Se me pierden los pasos y me atraganto con abrazos de cristal. Es enfermizo despertarme cada mañana con estas ganas incondicionales de quererte. Esta especie de tranquilidad inquietante. El sentirme tan a salvo dentro de tu voz mientras se me mueren los latidos en tus ojos.
Me marcho al planeta donde las tristezas estén condenadas a ser efímeras. Donde la nostalgia sea impermeable y pueda apedazarme la ilusión con tiritas de colores. No me busques, que la esperanza de que vuelvas a por mí la he dejado en un rincón, fuera de la maleta. Porque me voy a un lugar donde las canciones no lleven tu nombre y los silencios estén afinados en sol mayor.
Adiós. Porque me dueles y no puedo anestesiarme con más sueños. Porque tengo los brazos amoratados de inyectarme tus pronombres sin conjugar, me escuecen los contigos, el un día, los tal vez... Mi sombra es más tuya que mía. Tú… que no has llegado nunca a ser ni tú –ni yo, ni él, ni nadie-. Me iré porque aquí no han existido jamás las hadas. Los ángeles no han sido más que fantasmas y ni siquiera hay cometas en el cielo, si no los quieres ver.
A Plutón, sí. Porque puede que allí sepa olvidarte tan bien como te invento. Y puede, también, que la luna no sea más que una simple farola.

3.10.08

lo raro es vivir


Lo raro es vivir, ya lo decía la profesora de las gafitas. Tan raro como meter en un sobre retazos de otoño y escribir tu dirección con letras verdes en la solapa. Como leer poesía en clase de construcción o esconder a Chinaski detrás del telón de Madame Butterfly.
Como andar a tientas. Las manos palpando el aire y los pies escribiendo huellas de tiza sobre el asfalto. Cierra los ojos, me dijiste una vez. Ciérralos, que yo te llevo. Se me cayeron los párpados detrás de tu voz y se apagaron de repente los faros.
Es caótica, tanta oscuridad. Se me clavan esquinas por todas partes. Nunca había estado tan perdida. Dna'm la ma, q m'ofego. Si es que no me queda orden ni en las entrañas del desorden. Que me aterra, a mí, nadar a ciegas. Me tropiezo con palabras, con cometas, con mentiras, con miradas. Hasta con las comas y los puntos –que pongo sin querer en cada una de tus pausas-.
Te busco. En braile, en morse, en silencio, a susurros. Y te callo a gritos, porque me aterra levantar la voz y que las motas de polvo se desintegren al oír tu nombre. On sn, ara, ls llums?
Hay un montón de setas en el jardín y yo me ahogo solo con mirar por la ventana. No quiero más metáforas. Prto dies nvian-t snyals d fum, xro s’apaga l foc i m qdo sns aire. Te hablo en idiomas que apenas entiendes y acabo por no entenderme ni yo. Me cuesta tanto traducirme últimamente...

28.9.08

Etna

Hacía semanas que no entraba en la habitación del piano. Está lleno de polvo y el tercer movimiento del Claro de Luna sigue escrito en el pentagrama. El taburete chirría y las teclas bostezan. La humedad desafina los sostenidos. Mis silencios también se desafinan cuando no estás.
Empieza a llover y vuelvo a coleccionar atardeceres lilas y naranjas. Hoy las nubes se desmenuzaban con el viento. Se ha ido el sol y no te he llamado porque me temblaban los tobillos. He acabado sentada en la ventana del sexto piso de la facultad. ¿Y si me caigo? Qué bonitas son las calles mojadas.
Tengo las bambas llenas de arena y todo gira en torno al Absurdo. Anoche vi una estrella fugaz y se me olvidaron los deseos...


Què trista serà la tardor... Queda't aquí, no te'n vagis. Mai, Etna. No te'n vagis mai. És tan absurd, dir-te que t'enyoro. Tan absurd i tan cert, que les mans em fan olor a lleixiu i, tot i així, em sembla que t'estimo. Encara que hagi tornat a menjar xocolata després de sopar i tingui el maleït vici de cremar absències amb sospirs de nicotina les vesprades de diumenge. M'arrancaria les pestanyes per cosir-te somriures. La pell, per abrigar-te els neguits. Et somio, com qui somia amb les fades o amb la màgia de qualsevol nimfa. I em llevo cada matí amb polsims d'il·lusió sota les parpelles. Quin mal, sentir-te aquí i saber-te tan lluny. Mai, no te'n vagis. Tal vegada d'això no se'n digui estimar, jo mai n'he tingut, de traça, per aquestes coses. Però no fugis, Etna. Mai. No te'n vagis, que prou tristes són ja les tardors...

25.9.08

t'escapes amb mi?

Es miércoles y he decidido que voy a dejar la carrera. Ojalá pudiese romper con un montón de cosas más. Con su rimel corrido, por ejemplo, o con los gritos de su mirada.
No me acuerdo si fue ayer o esta mañana que me he despertado con los tejados vestidos de lluvia. Odio el dolor de cabeza después de haber llorado de rabia. Y mi letra en el tren. Se mueve igual que el paisaje por la ventana, y que aquel avión, que aunque parece que está flotando en el aire, seguro que va más rápido que nosotros. Qué envidia, volar.
Cuando llueve es como si el mundo fuese más despacio. El cielo tiene el color de tu voz esta tarde y las calles se disfrazan de otoño. Otoño… Que me duela no quiere decir que no me guste. Las nubes parecen de metal y se me caen los anillos. Eso quiere decir que vuelvo a tener los huesos de nieve. Se me encoge la piel con el frío, ¿a ti no te pasa? Me hago más pequeña, como cuando te echo de menos. A veces me da miedo hacerme tan tan pequeñita que desaparezca…
Ojalá también pudiese desatarme de ti. O de la absurda sensación de que es inútil alejarme porque te tengo tan dentro que vas a seguir en mí esté aquí, en Londres, en la Luna o en Pekín.
No sé muy bien por qué escribo en un bloc de dibujo, ni qué hago subida en un tren que no me lleva más lejos que a ninguna parte. Es miércoles y voy a dejar la carrera. Llevo dos días hilvanando quimeras para escapar. Dos días que empezaron hará más de un año... Qué absurdo todo.

22.9.08

desnudos

Qué imbécil he sido creyéndome que ya no me dolían los otoños. Los calcetines a rayas, las camisetas a rayas, las bragas a rayas. Las gafas, la pulsera, el pañuelo, las sábanas. No sirven de nada. De repente, me miro al espejo y vuelven a asomarse tras mi sombra los reflejos de ese frío de metal (el que se clava en la nuca y retumba detrás de los ojos). El cielo gris vuelve a ser la excusa perfecta para estar triste y las rayas, las malditas rayas que hasta ahora me han servido de refugio, me estrangulan.
Los árboles se desnudan y yo no soy capaz ni de quitarme el sombrero. No puedo. Es como si me hubiesen cosido los pliegues de la piel con hilo de pescar. O de aluminio. Y es una putada, porque cuando me arrancas la ropa con la mirada, se me sube sin querer la cremallera de este abrigo de escarcha. No lo puedo evitar. Me da un pánico horrible presentarte mis entrañas… Me ahogo, cuando me imagino que me abres en canal. Que me abren, me hienden el pecho y las rayas superficiales del jersey se convierten en estrías de mi alma. No me dispares con porqués, que me desangro a base de silencios.
Nunca quise ser una niña de cristal, por eso me envuelvo las venas con hielo. Pero me duelen, los otoños. Duelen a cámara lenta –que a veces creo que es mucho peor que doler a mil por hora-.

16.9.08

ficciones

Ficción es dormirme con tu voz en mi silencio. Tu olor en los ojos y tu mirada en la piel. Ficción son tus alas, y aquel cometa. Subir a dormir a Plutón y desayunar bostezos en el planeta de las ausencias. Tú, eres ficción. Y los sueños que me robas. El caleidoscopio de ilusiones y el fantasma que se pasea por mis entrañas desempolvando nostalgias. Es abrazarte. Alcanzar tus manos y sacarte a bailar. O a cantar, o a reír, o a volar.
Besarte, ficción. Y hundirse mar adentro, muy adentro, hasta aparecer en una quinta dimensión de plexiglás. O de plastilina. La realidad donde el espacio de mi reloj sincroniza con el tiempo de tu cuerpo. Es ficción, que encajemos, sin motivos. Y contarte cuentos en el tejado, y pintar la lluvia, y descoser el sol. Deshilachar el incesante ruido del Deseo, del Movimiento, de la Razón. El implacable susurro de las Ficciones. Apaga la luz y enciende la Luna, ver el cielo estrellado no es más que una ilusión. Cierra los ojos, que todo es mentira.
Ficción debe de ser que se me desmonten los huesos por recomponer tu silueta. Son tus palabras temblándome en la garganta, o las sístoles tropezándose con el eco de tu latir. Es fingir. Que me miras, que me esperas, que me abrazas... Fingir que no me escuecen las pecas cuando te siento tan lejos. Lejísimos. Y es que no es cierto que haya adverbios que se dejen medir con un simple puñado de cifras.
Ficción, ficción, ficción... Hace meses que tengo los sentidos amordazados con vendas de incerteza. Se me deshacen los labios desde el día en que me agarraste las muñecas y me hablaste en la boca. Hasta los árboles se han dado cuenta de que es imposible echarte menos de menos. De que es ficción, que las hormigas sientan menos dolor por tener un corazón diminuto.

13.9.08

todavía tú

Vuelves a ser Nadie para no ser tú. Tú. Sila, Mar, Lía... Lía, o un Nadie cualquiera escrito en mayúsculas. En el agua, en la arena, en la piel. No sabes el pánico que me da, vomitar las ganas incondicionales de quererte. Sería horrible ver tu sangre salpicada en las paredes, porque si reviento, sólo habrán restos de ti.
Esta madrugada me desperté helada, buscando a tientas tu reflejo. Como si tu aliento fuese el único capaz de devolverme los latidos, como si respirarte fuese la única razón para dejar de temblar. He acabado de pantalón largo, la ventana cerrada y dos camisetas. Tengo frío cuando estoy triste..
Me matan, sus sollozos. Se me clavan en la espalda, igual que lo hacían sus miradas, cuando disparaba con los párpados dardos de metal que me atravesaban las costillas (y a medio pulmón seguía creyendo que la quería).
Al menos, ahora, si me da por vomitar todo lo que tengo dentro, sabrá a limón, o a vodka, o a fresas, o a vino. Quién lo diría, a mí que nunca me gustó el vino. Sabrá a mil cosas distintas, pero no habrá un solo rastro de tu voz. Será un amargo vacío en el que meter las nostalgias de azúcar, los abrazos de canela, las tristezas de almidón, las sonrisas de lluvia, y de sandía, y de café; tu saudade de papel, los pedacitos de tu sombra de miel -y de hada-, los recortes de tus alas de caramelo... Y sazonarlo todo de indiferencia. Que es lo único que importa, cambiar tu sabor. Esconderte.
Por ser tú. Nadie.
Pero todavía tú...

9.9.08

nada


Ojalá. Ojálá se pudiese vivir de palabras. Y de silencios, y de ausencias, y de estrellas, y de sueños, y del mar.
Pero te odias. Cuando te das cuenta de que es absurdo. De que las palabras te engañan y los silencios, te gritan. Que te asfixias con tus propias mentiras por callarte la verdad. De repente, las ausencias se traducen en apneas. Los vértices de las estrellas te descuartizan la razón, y los sueños.. se parten la cara a base de hostias con la realidad.
Algo va mal, cuando los espejos dejan de mirarte -aunque nunca hayas sido tú quién se mira, por haber preferido que fuesen ellos los que te ven-. Qué coño, si hasta te entra el vértigo por las sornisas y se te empapan las tristezas de llorar. Y es que es absurdo, también, que te de miedo regalar/te caras bonitas.
Caótico. Te pierdes en tu(s) principio(s). Y no hay final. Porque vayas dónde vayas, te encuentras con él. El mar. El mar, por todas partes. Y el vacío. Tu estúpido cúmulo de nada (de nadas que nunca han aprendido a nadar, que se ahogan vagamente hacia Ninguna Parte).


Pero.. ¿y Sila? ¿Dónde está Sila?

5.9.08

asteroides


Hoy he vuelto al pueblo de la carretera de curvas y las casitas enanas. El de la playa de postal antigua, las paredes blancas y las persianas verdes. Siempre me ha parecido que el tiempo corre a cámara lenta en esas calles. Y que el mar huele más a mar, como cuando hace humedad y el salitre se te engancha en las venas. Me encanta. Pienso en cosas bonitas y me apetece secuestrarla. Arrastrarla hasta aquí, porque sé que le encantaría. Si es que a veces lo dejaría todo y me escaparía a por ella, a regalarle las canciones y los lugares más bonitos del mundo.
Aunque quizás no se lo merezca. Quizás.. quizás no deba saber que se me encogen las manos de echarla de menos -y los brazos, y los pulmones, y los tobillos-. Tal vez sea injusto escupírsela a la cara. La verdad, digo. Porque es verdad. Que no puedo soportar que esté triste. O agobiada, o desanimada, o hundida. Se me hace todo enorme. Tan grande, que se me pierden los latidos. Y saldría corriendo a abrazarla con todas mis fuerzas. Pero ya te digo, quizás no se merezca saber que cierro los ojos con todas mis ganas para acercarme a ella y protegerla. Protegerla, ya ves, qué chorrada. Una hormiga a la sombra de un gigante. Porque es pequeña, pero gigante. De esas personas que las desmenuzas y sangran estrellas. ¿Sabes a qué me refiero? A lo mejor nunca debería decirle que me pasaría la vida tejiendo telarañas para envolverle la piel. Que inventaría un planeta diminuto, como el asteroide B 612, para cubrirla del viento. Del sol, del hielo, del mal... ¿Tú qué crees? ¿Se merece saberlo?

1.9.08

arcadas

Es enfermizo. Enfermizo que me den arcadas sus recuerdos. Que me ponga a pensar, y tenga que salir corriendo a vomitar excesos. Me abriría las venas en canal para sacarla de mí. Me destilaría la sangre para disipar su saliva. Sus palabras, sus silencios, sus secretos. Se me parten los labios de seguir escupiendo absurdos. Este jamás efímero y estas eternidades pasajeras. Me agotan los puntos suspensivos, las comas, los suspiros. Que me odie, si quiere. Que yo quiero un punto. Un punto frío y cruel. Si es que a veces.. a veces me dan ganas de arrancarle los ojos y exprimirle las retinas. Y desgarrarle la mirada, para que me olvide.

29.8.08

Retrospecciones


Ronronean las ardillas persiguiéndose en espiral por el tronco rugoso del árbol. Un hilo de hormigas resigue el riel de resina que sube por las escaleras del jardín. A los pinos les ha dado por llorar estos días. El reloj le resta a agosto su penúltimo atardecer mientras los minutos resbalan al pasado a ritmo de cuentagotas. Se escurren cuatro rayos de sol entre las ranuras de la persiana y retumban tus abrazos en mi interior. Me crecen escalofríos en las rodillas cada vez que rozo sin querer los destellos de tu voz. Que no, que hoy no quiero que me rimen las palabras. A ratos tengo la sensación de que me va a estallar la cabeza, de que me van a reventar las neuronas. Y es que el rumor de la inseguridad sigue carcomiéndome los tímpanos. Prefiero las resacas de fiesta que de ti. Tu resaca hace que me rilen hasta los huesos. Silba un búho en re menor. Qué rabia, irme a dormir. Cierro los ojos y mi subconsciente reanima a corazón abierto tus recuerdos. Rebobino y rebusco en la memoria el puñado de instantes que revelamos aquel día con la alquima de la mirada. Tus pupilas de chocolate revolviéndose en mis retinas. Si se le pudiesen hacer radiografías a los sueños, en los míos sólo se distinguirían rastros de ti. Y eso que lo intento, intento buscar ráfagas de aire para deshacerme de tu silueta, pero nada, que ni las radiosondas ni el hombre del tiempo anuncian un solo resquicio de viento. No entiendo por qué sigo guardando reservas de ilusión en la recámara de lo imposible. Se me hace tan raro, echarte de menos. Esto me pasa por robar pedacitos de tu respiración cuando bajas la guardia y se ralentizan tus reflejos, por raptarte suspiros y escondérmelos en los recovecos más recónditos de la piel. Pero es que sólo de oír tu sonrisa se me curan los rasguños. Es como si fuésemos dos piezas de un rompecabezas que no encaja con la realidad. Joder, si es que a veces me revisto de rayas para sentir el revuelo de tus palpitaciones en mi pecho, y otras.. otras arrancaría la moto y dejaría escapar entre los ronquidos del motor las ruinas de tu sueño. Y me largaría. Soltaría las riendas de este sinsentido y me escolaría por cualquier grieta del vacío. Hay días en que me canso tanto de girar en este círculo de incertidumbres de radio infinito que inventaría un sistema de retropropulsión para fugarme a otra galaxia, a otro rincón perdido del universo. No puedo escribir este montón de palabras con erre y no incluír retahílas, aunque no le haya encontrado ningún recodo que ocupar. ¿Te vienes al rompeolas? A echar al mar el revoltijo de tristezas que me retuercen la razón. El corazón ya se me ahogó hace tiempo entre los reflejos de la luna. Lo sabes de sobra, ¿verdad? Que las ganas reprimidas se rebelan contra la ética. Debería deshacerme de esta estúpida manía de sentir retrospecciones. Y convertirme en réptil (para recortarme todas las escamas con retazos de ti y despellejarme).

25.8.08

incertezas

Estuve a punto de hacerte una cometa con un armazón de cañas secas y un trozo de tela vieja. Le iba a atar un montón de anzuelos en la cola, para que enganchases todos los retales que aún te quedan de mí y los echases a volar.
Odio esta incerteza. Estas ganas de todo y de nada. Este desquererme tan bien a ratos y quererme tan mal a veces -escasas-. Hay días que maldigo la hora en que me dio por sentir. Se me daba mejor ser de piedra. Vestirme cada mañana con la máscara de indiferencia y tragarme los secretos.
Me he pasado la tarde en el videoclub leyendo sinopsis. He salido a la calle y no me he dado cuenta de que llovía hasta que se ha puesto rojo el semáforo de la estación. Cualquier día de estos me meto en el congelador, a ver si consigo que se me hielen otra vez las entrañas.
Ojalá resbalase todo como la lluvia por las paredes.

24.8.08

tormentas


Qué grande se me hace la casa cuando estoy sola. Enorme. Crecen las paredes y se multiplican las baldosas del pasillo. Anoche hubo tormenta. Te aliaste con los truenos. Tu voz con los relámpagos y mi tristeza empalagosa con la lluvia. Se me revolvió la sangre de tanto estruendo. ¿No has tenido nunca la sensación de que se te agrietan los huesos? Y te sientes tan débil que tienes que cerrar los ojos para que no se te doblen las rodillas.
Estuve a punto de llamarla para que viniese a abrazarme flojito mientras dormía, pero me dio miedo largarme a media noche y dejarla con mis ausencias vestidas de indiferencia. Se me cayó el techo encima. El viento cerró las puertas de golpe y se resquebrajaron todas las esquinas. Y se me enredaron las venas y me empecé a sentir diminuta. Se me encogieron las muñecas, y las pestañas, y los tobillos.
Fue una putada. Acostarme con los retazos de tu olor enganchados en la piel y no dejar de soñar con ella. Me dormí con la camiseta de las mangas rayadas. La de invierno, sí. Es que se me congelaban los pulmones por momentos. Esta mañana ha vuelto a amanecer nublado. Tengo unas ganas de que se termine el verano ya.. Que el mar vuelva a ser gris y que a los domingueros les entre la alergia a la playa.

Se me hace tan raro tener que buscar excusas para echarla de menos...

18.8.08

antípodas


Hace días que no estoy en la Tierra. Que no estoy, en ninguna parte. Ni en la Tierra, ni en la Luna, ni en Plutón. En aquella estrella, tal vez, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Casiopea. Quizás esté allí, en las antípodas del universo, y por eso me cuesta tanto encontrarme. Me siento tan sumamente perdida...
Es como si todo hubiera empezado a dar vueltas y yo me hubiese quedado estática, anclada al suelo de no sé que estúpida realidad alternativa. Porque los sueños son simples realidades alternativas, ¿verdad? Claro que sí, si no, de qué iba a ser posible vivir algo onírico en este planeta de mierda.
Pues eso, que el mundo empezó a girar y a tambalearse. Vueltas y más vueltas. Y más, y cada vez más, y lo que comenzaron siendo círculos concéntricos acabaron por convertirse en los brazos infinitos de un enorme espiral. Un bucle de sinsentidos abismales. Rozaba el vacío con los zapatos y me entró el vértigo. El vértigo y el mareo. Y todo iba tan rápido que de repente desaparecí. Supongo que me caí, o me escurrí sin darme cuenta por una de esas grietas que se abren a la Nada.
Ahora estoy que no estoy. Debo de andar perdida por algún que otro rincón del Infinito. Lo jodido es que mientras mi sombra me busca, mis manos persiguen a tientas las esquinas de tu silueta. Y mi cabeza.. mi cabeza se desespera intentando encontrar el destello intermitente de cualquier puerta de atrás. ¿Tú crees que aquí hay salidas de emergencia?

14.8.08

rayas

Sonaba Cósmica en la radio justo cuando entraba en la heladería. Qué casualidad, hubiese pensado en otro momento. Esta mañana, sin embargo, me ha entrado esa especie de tristeza que me empapa los nervios y las ganas de todo. Tenía los ojos medio cerrados aún y las rayas de las sábanas enganchadas en la mejilla. No me preguntes por qué, porque las cuatro horas que he estado metida en la cama me las he pasado susurrándole secretos al silencio.
Miro a mi alrededor y todo son rayas. Las de las sábanas, las del pañuelo de hilo que me compré en los hippies de la playa, las del pantalón del pijama, las de las cortinas, las de la camiseta que llevabas el otro día, las del colchón de la piscina.. Rayas y más rayas, por todas partes. Es como si estuviese encerrada en una celda de barrotes descomunales. Joder, así es imposible escaparme de ti.

Tengo un millón de palabras que escupir y la sensación de que las suelte donde las suelte van a rebotarme en la cara. No me dediqué a hacer malabares con sus sentidos. Me lié con los míos, que es distinto. Que soy especialista en hacer equilibrio sobre la cuerda floja de la inseguridad...

5.8.08

verdades


Podría ponerme a hablar de nostalgia. O llamarte para decirte simplemente que he dejado de pensar en ti. Sin puntos suspensivos, a secas. Y que a ella, la echo de menos. Podría decirte que vuelvo a tener su fantasma sobrevolándome la cabeza, o que bajo cada viernes a escudriñar el mar para encontrar entre el salitre los posos de sus silencios.
Que a ti dejé de extrañarte hace días. Que metí en un saco nuestro puñado de instantes y lo abandoné bajo la lluvia, esperando que se tonrasen líquido todos los minutos que le presté a mis labios para colgarse de tu boca. Porque no te quiero revivir. ¿Sabes? Hasta podría soplarle al viento los escalofríos que mellan en mi espalda saciados de tu ausencia. No es tu voz la que circula por mis venas, ¿no me crees?
No, no me creas. Que también podría asegurarte que tus sueños me siguen sacudiendo el corazón. Que no me atrevo a mirarte por miedo a que me cosas las heridas con abrazos. Y que me comen resquicios de rabia cuando te veo planear viajes sin mí a mis destinos. No me puedo deshacer de tus palabras, de tus pronombres, de la sarta de verbos atados al compás binario de tus pestañas. Podría decirte que te quiero. Podría, todo podría ser.
Pero... ¿y la verdad? Porque todo podría ser cierto. Mi verdad. O la tuya. O la única, si es que existe. La única verdad. ¿Cómo voy a asegurarme de que no me miento? Y tú.. ¿qué harás para creerte que no te engaño? Que yo nací con un manojo de inseguridad en cada bolsillo y nunca he sabido muy bien en quién tengo que confiar, si en los sentidos, en los sueños, en las miradas, o en los absurdos e ilógicos pilares de la razón.

lunes

El granizado de manzana es igual de verde que la hierba del jardín salpicada del sol del mediodía. Evito pensar en cualquier cosa menos banal. Me aterra ponerme a centrifugar la retahíla de pensamientos que hace cola en mi cabeza desde hace días. Me da pánico porque no quiero más treguas con la tristeza, ni más dudas que me despellejen la razón. Por eso me limito a sonreír haciendo equlibrio con la bandeja repleta de vasos de horchata, escuchando las canciones cutres de la radio y los resquicios de la armónica del tipo de la tienda de golosinas de la avenida.
Y lo llevo bien, de martes a domingo. Por las mañanas me entretengo poniendo helados de mil colores. En cucurucho o en tarrina. Un café largo con sacarina, el granizado de limón para el de la siete, otra caña, un batido con nata montada y el cambio de la chica morena que se espera en la barra. Por las tardes pelo patatas de cinco y media a siete. Después las corto a cuadraditos, para que sean bravas, o larguiruchas, para acompañar. A eso de las nueve empiezan a llegar platos sucios, y no paro de enjabonar, enjuagar y secar hasta pasadas la una. Enjabonar, enjuagar y secar. Los ordeno por tamaños, los platos, y separo los cubiertos metálicos de los de madera. Los tenedores en un bote, los cuchillos en otro y las cucharillas de café a parte.
En el restaurante deben de pensarse que soy algo rara, pero es que así no consigo pensar. Me canso, me agoto. Me reviento y cuando llego a casa caigo en la cama y se me cierran los ojos sin poderlo evitar. Ni siquiera tengo tiempo de soñar. Es mi estrategia. De martes a domingo sonrío sin más. Mi única preocupación son las patatas, los platos y los helados. Pero luego llegan los lunes. Malditos lunes. Me despierto y empiezan a emerger del subconsciente todas las ideas que me empeño en ignorar.
Me tumbo en la hamaca a mirar cómo las ramas de los árboles se dejan agitar por el viento sin rechistar. Y de repente, un pedacito de cielo se acuesta sobre mi cuerpo. Me empieza a pesar más el mundo que las piernas. He dejado de morderme las uñas sin darme cuenta. Y he vuelto a esbozar palabras con lápiz de mina blanda, como si no me importara que soplase el aire y se llevara todo lo que escribo. Pides respuestas, exiges que sienta y mis sentidos llevan días en huelga de latir.
Me miro en el espejo y encuentro fantasmas en cada recoveco de piel. Tengo una sonrisa infinita tatuada en la espalda, un faro y la osa mayor buscando sus coordenadas entre lunares. Nubes y recuerdos apelmazados en el archivo de experiencias y deseos. Mil mentiras y cien verdades. O un par de mentiras y una gran verdad. La estrella que cuelga de su techo revolviéndo mi ilusión. Qué calor, las paredes de mi cuarto sudan incongruencias. ¿Ves la hiedra que trepa por el tronco de aquel pino? Pues me siento igual de enredada. Shh, no digas nada, que si ahora me pones música, le piso los pies al pasado y me pongo a bailar con tu voz.

28.7.08

espejos


Me prometí no ponerte ningún disfraz. Ni el de hada, ni el de luna, ni el de faro, ni el de nada. Ibas a ser tú y punto. Tú, sin más. Y esa era la mejor parte, que no necesitabas antifaces. Y ahora, de repente, me encuentro sacando la cabeza por la ventana pretendiendo que me despeinen ráfagas de sentido. Más que encontrarme, me pierdo, mejor. Que en este asfalto ya no quedan rastros de razón.
Otra vez he vuelto a caer. A caer en la trampa, que no es lo mismo que caer al vacío. Y yo.. yo.. yo siempre quise ser de vacíos. De coger carrerilla y saltar a por esos sueños que penden de un hilo. Qué imbécil, me dirás. Y me esconderé para que no veas que los únicos hilos a los que me agarro son los que me convierten en marioneta del miedo. He vuelto a atarme las muñecas, a amordazarme la ilusión.
Hace días que perdí de vista el punto final de los puntos suspensivos. Debe de estar cosiendo finales en el cajón de los recuerdos. O hilvanando futuros con los despojos de la nostalgia. Todo tambalea. Si es que no quiero centrifugar más pensamientos. Que no, que no quiero dejar más huellas en ningún laberinto de lógicas difusas. Quiero arrancarme esta piel de hojalata y volver a ser esa niña de los sueños absurdos y los silbatos de huesos de albaricoque.
Que mi espejo siempre ha sido el mar, por eso se me da tan mal repasarme el perfil de los ojos.

26.7.08

astillas

Que sería incapaz de dormir lo supe antes de meterme en la cama. El calor, los mosquitos y tú. Otra vez tú. Cuarenta y nueve vueltas y ni media hora seguida de sueño. Cuarenta como quien dice cien. Tengo las fotos que nos hicimos encima de la mesilla de noche. Al lado del libro que me regalaste antes de irte, el de las letras rojas en la primera hoja.
Me siento imbécil. Tu imagen ahí y tu sonrisa traspapelada entre las sábanas y el colchón. Creía que iba a salir bien. Porque se nos enredaron las miradas a penas sin conocernos y porque me desperté con un cometa sobre la cama el día que utilizaste tus pecas para trazarme constelaciones de ilusión en la piel. La Casualidad le guiñaba el ojo a la Luna cuando nos veía besarnos, y pensé que eso quería decir que valía la pena apostar por tus ojos. Se me olvida a menudo que en las partidas de póquer siempre soy un colador de faroles.
Lo sabes, ¿verdad? Que se me han clavado tus palabras entre las costillas. Se han hundido como alfileres y me han agujereado las venas. Sería mentira si te dijese que no me escuecen tus verbos. La forma que le has dado a los pronombres y los puntos que le has grapado a cada condicional. De repente todo son subjuntivos sin conjugar. He dejado de entender tus prioridades. Y me sigo sintiendo imbécil atragantándome con reproches por no dejarlos caer. Vaya mezcla. Un ovillo de reproches, besos, astillas, rizos y hasta algún que otro abrazo comprimido en un hueco indefinido entre la tráquea y la boca.
Tal vez lo mejor sería escupírtelo a la cara. Aunque el no querer hacerte daño me siga arañando la razón. Y no lo entiendo... Si es que se te ha dado de puta madre romperme. En mil pedazos, en mil retales, en mil cristales. Es como si te hubieses empeñado en estropearlo, como si hubieras decidido jugar a buscar razones para apartarme. Me lo advertiste, ya. No te escuché porque pudo más mi silencio onírico que tu voz. Y ahora estoy perdida en un vacío de sinsentidos.
No me vengo con palabras, ni me creo con derecho a tirarte dardos de sarcasmo. Es un arranque de rabia, de impotencia, de incomprensión, de sentirme aferrada al más grande absurdo y de ser incapaz de dormir un solo par de minutos. Dentro de nada vuelve a salir el sol...

25.7.08

bostezos


¿Te acuerdas de esta noche hace justo un mes? El calor y los sueños revueltos con las ganas. De ti, de mí, de nosotras. Ganas y más ganas escondidas entre las rayas del pantalón del pijama, debajo de la almohada, en los pliegues de las sábanas, en la ventana y hasta en las chinchetas del corcho de la pared. Tu piel pegada a la mía, sudando las mismas quimeras. El mismo sudor. Y esa especie de simbiosis... ¿No lo notas? A veces se me descompasa la respiración por intentar sincronizarla inconscientemente con tus suspiros.
Un mes ya. Treinta días desde aquella madrugada que revive a fuego lento en el cajón de tus recuerdos. Porque aún te siento, como si estuvieras aquí. Es inevitable. Cierro los ojos flojito y noto tu espalda desnuda frente a mi pecho.
El sol hacía rato que se desperezaba y sus bostezos se escolaban por los huequecitos de la persiana; yo no sabía cómo dejar de mirarte dormir. Hubo un momento en el que tuve la sensación de que si me acercaba, si me enganchaba a ti, nuestros cuerpos iban a encajar perfectamente, como las dos últimas piezas del rompecabezas de los sentidos. Te hubiese abrazado con todas mis fuerzas, para que no te escapases jamás.
Pero fui incapaz de tocarte. No quería romper ni un hilo de aire de aquel instante. Me quedé inmóvil, sin a penas parpadear. Me habría parado los latidos con tal de no agrietar ni una sola molécula de realidad. Porque fue real, ¿veradad? Habría inventado cualquier estrategia para estirar al máximo los minutos que restaban de amanecer. Pero de repente aparecieron esos resquicios de miedo a estropearlo, a desmontarlo todo. Porque siempre he tenido la sensación de ser torpe. Es inevitable, también, aunque luego la supe cambiar por sonrisas tontas al verte pescar cereales en un tazón y gruñir por cada sorbo de café mientras desayunábamos en la mesa de la cocina.
Desayunarte a miradas cada mañana, ¿te imaginas? Bocados de bostezos con sabor a ti...

16.7.08

añicos

Quizás viene todo de ahí, de ese momento tan fugaz, borroso y torcido. Fue un instante, un par de segundos y... ¡zas! De repente, la moto a dos metros de mí con el motor encendido y un charquito de gasolina sobre el asfalto. Me rebotó la cabeza en el suelo y se me empezaron a abrir grietas en la piel. Resbalaron las ruedas y me caí. Nada, un despiste. Un maldito despiste que mis retinas no dejan de repetir para sus adentros, una vez detrás de otra.
O quizás no. Tal vez esto es sólo la excusa perfecta para intentar entender esta sensación. Este sentirme rota por todas partes, este corazón que parece que se atraganta con los añicos de mis latidos. No sé qué me pasa, pero me siento algo así como hendida. Y perdida. E indefensa. Y diminuta.
Te va a parecer una chorrada, pero me da miedo perder la ilusión. Me da un miedo horrible que se me escape por los rasguños, o por la mirada, o por la nariz. Cerraría los ojos con todas mis fuerzas y dejaría de respirar con tal de asegurarme de que no se escurriese por ninguna costura, por ningún hueco. Es pánico, como el de la otra noche. Intentaba dormir y me entró la paranoia de que había alguien en la ventana. Oía pasos en la terraza y estaba convencida de que alguien estaba intentando abrir. Parece ridículo dicho así, ¿verdad? Pues fue terrible. Me sentí tan sumamente vulnerable... Sola, también.
De pequeña me pasaba. Tenía pesadillas y me sentía la persona más sola del mundo. Ni la luz encendida, ni la voz de mis padres, ni dormir en su cama. Nada me servía para calmar el terror. No encontraba nada a lo que agarrarme para sentirme segura, nada que me protegiese ni nadie capaz de protegerme. El otro día tuve una sensación similar, cuando me fui a las rocas.
Esa tarde me dio por llorar. Me llevé La niña del Faro, la libreta y el pilot negro, y me senté en el espigón, frente al mar, a enredar palabras y lágrimas. Acabé con la razón y los sentidos hechos un nudo. Al volver, me entró un ataque de vértigo saltando de roca a roca. Me quedé paralizada. Apreté los párpados y la cabeza me giraba a mil por hora. Las olas rompían a cámara lenta y se oían voces a lo lejos. Qué miedo, por un momento creí que me desplomaba hacia atrás, que me desvanecía. ¿Te imaginas? El sol se acababa de esconder y empezaba a hacer algo de frío. ¿Y si me hubiese caído ahí?
¿Y si me caigo?

11.7.08

Marta


Un retazo de Marta. No cabe más. Un pedacito diminuto de su grandeza. Porque es grande, aunque lo niegue. Aunque no sepa que hay estrellas fugaces que corren detrás de sus ojos y no me deje quererla todo lo que se desquiere ella. Se merece que la quiera y que la cuide, que la cuiden. A veces pincha, como todos, pero yo ya me he comprado un traje de neopreno para que no me arañen las espinas ni las lágrimas. La abrazaría con todas mis fuerzas, para que no se vaya. Que no se escape, jamás.
Le estoy haciendo una escalera. Alta, muy alta. Peldaños y peldaños de ilusión. Una escalera de caracol para llegar a lo alto de la torre del faro. Y es que dice que no está a la altura de lo que siente. Debería dejarse regar el ego y la sonrisa. Esta, su sonrisa. Creo que la revelaré y la colgaré en la pared, encima de la cama. Necesito sentirla cerca, me bailan hasta las pestañas cuando la veo sonreír. El día que aprenda a mirarse al espejo llegará al infinito. Llegaremos, vaya, porque no la dejaré sola. Ojalá lo supiera escuchar... Se lo grito al aire. ¿Me oyes? No voy a dejarte sola.

10.7.08

papeles

Te iba a mandar mi pañuelo. Mi pañuelo y la pulsera de los cascabeles, para que nunca te puedas perder, ni sentirte sola. Y una foto con un puñado de letras en el dorso. Bueno, una no, unas cuantas, porque en los dos meses que estarás fuera me iba a dar tiempo de mandarte un montón. Hasta tenía pensado cuáles y con qué palabras. También se me había ocurrido escribirte una carta para cada día, aunque luego pensé que sería mejor una a la semana, que tampoco te quiero agobiar.
La primera noche que hubiese subido a verte te habría robado una camiseta, para poder sentirte pegada a mi piel en todo momento y dormir cerca de ti cada noche, a pesar de los kilómetros. Quería hacerte llegar alguna canción. Soplársela al viento y susurrarle la dirección de tu pelo, para que se enredase mi voz con tus rizos y se te cargaran los bolsillos de sonrisas y de azul. Un avión de papel y una cajita llena de arena de la playa que se hizo cómplice nocturna de nuestra historia.
Tenía tantas cosas pensadas... Y ahora, de repente, no sé cuál es mi papel. Siento que he perdido el guión de este sueño y siempre se me ha dado fatal improvisar. No puedo cambiar la manera de mirarte, ni comerme los besos, ni deshacer los abrazos que construye mi inconsciente para ti. Se me hace imposible. Y es que es enfermizo, despellejar a sangre fría las retahílas de ilusión. ¿Y las ganas? ¿Qué hago con las ganas? Enfermizo.
Así que.. ¿sabes qué? Mañana volveré a la tienda de la calle del Pi y te compraré la camiseta negra del tipo que se revienta los sesos y tiene sangre de mariposas. La vi ayer por la tarde y me encantó. La meteré en uno de esos sobres marrones y acolchados y engancharé en la solapa la dirección que me diste. 17130, L'Escala (Girona). Lo llevaré temprano a correos y le diré al señor del bigote que lo ponga en la caja de los paquetes urgentes.

9.7.08

espejos


Esta mañana no quería meterme en la ducha. No quería mojarme y sentir cómo se despojaban tus abrazos de mi piel, ni cómo tus besos me resbalaban por la nuca. Me sentía vulnerable, diminuta, frágil, indefensa. No sé cuánto rato he estado desnuda en el baño mirando el desagüe. Al final he cerrado los ojos y he abierto el grifo. Llegaba tarde.
He perdido la cuenta de lágrimas en cuanto el agua se ha empezado a deslizar por cada rincón mi cuerpo. Entraba el sol por la ventana. Tenía frío y me he enjuagado el pelo un par de veces. Nunca lo hago, nunca estoy tanto tiempo debajo de la ducha. Me veía incapaz de salir y enfrentarme con mi cara en el espejo; menuda estupidez, ya, pero se me iban a doblar las rodillas.
Me he secado con la toalla lila y me he puesto los mismos pantalones que ayer. La falda de anoche se ha quedado arrugada encima de la cama, sin hacer. He arrancado la moto y se me han vuelto a escurrir tres o cuatro lágrimas debajo del casco. El viento, siempre es el viento. Las campanas de la iglesia tocaban las diez justo cuando ponía el intermitente en la rotonda de la churrería.
Este año no han podado los árboles de la trescientos dos, ni los de la avenida que va a la playa. Qué verde más bonito. Así se me hace imposible no soñar con septiembre. He aparcado donde siempre y me he despeinado con la mano sin mirarme en el retrovisor. He procurado tener los ojos despiertos y bien limpios. Me he echado dos gotitas de indiferencia en cada lagrimal. Lo justo para aguantar el turno entero sin las legañas de tu sueño.
El reloj del ayuntamiento marcaba las diez y siete. Corre que vuelves a llegar tarde, me he dicho. Pero las piernas no me han hecho ni caso. Si es que soy un desastre. Sonaba Calamaro en la radio y seguía teniendo frío cuando he pasado al lado de la vitrina de los helados. Estamos a ocho, ¿verdad? Ocho de julio... Joder, va a ser un verano eterno. Me he mordido el labio y he empezado a secar vasos con la mirada tirada en el suelo.

5.7.08

días


Esta tarde he bajado en bici hasta el puerto. Me apetecía pedalear con las zapatillas verdes. Había nubes de arena en la playa. Soplaba con tantas ganas el viento, que por un momento he tenido la sensación de que se me llevaba hacia atrás. El mar agitado, bandera amarilla y medusas de color marrón. Los chiringuitos estaban a reventar, julio va sumando días y en la orilla empiezan a faltar huecos para tender la toalla. Me he dedicado a escupir besos al aire mientras esquivaba guiris rojizos por el paseo; hoy me he visto incapaz de retenerlos todos en la boca -los besos, digo-.
He vuelto a subir a casa con el sol de cara y un ojo cerrado. Nunca he entendido por qué guiño inconscientemente el ojo derecho cuando me deslumbra la luz. Había globos de muchos colores en una de las puertas de las casas adosadas y estaba la calle repleta de niños. Si me hubieran preguntado cuántos años tenía, les hubiese contestado que dieciséis. Me siento igual de perdida que entonces.
No sé cuánto rato me he pasado con los pies metidos en la piscina. Me he dado un chapuzón antes de que se me congelaran las piernas. Luego me he enrollado con la toalla y me he quedado embobada mirando mi ventana desde el jardín. He esperado a que me secara el viento y he acabado tiritando. Iba a quedarme en casa esta noche, me apetecía ver una peli de esas que luego me dejan con antojo de abrazos, pero al final he salido a comer algo con ellos. He pensado que si me quedaba sola en el sofá te extrañaría más de la cuenta.
Hacía frío en la terraza del restaurante. Me encanta enredarme el pañuelo en el cuello en verano. Y pasear con chaqueta y la piel de gallina después de cenar. He desabrochado una estrella y me la he guardado en el bolsillo del pantalón. Mañana la devuelvo a su sitio, pero es que esta noche se me hará imposible esquivar los huecos que cava tu ausencia en mi cama. Serán siete ya, los días que llevamos sin vernos. No son tantos, ya lo sé; pero qué quieres, nuestra máxima no superaba los dos.
Siete días multiplicados por un montón de kilómetros de distancia. Lo siento, tienes razón. No puedo pedirte que me eches de menos tan solo porque se me haya olvidado pasar por la tintorería a recoger el traje de heroína. Igual que tampoco puedo pedirte que me cuentes las ganas que tienes de verme sólo porque hoy esté más tonta de lo normal. Me tiemblan las rodillas si te pienso. Tengo el estómago revuelto, pero eso creo que ya es del café. No preguntes, no, que yo tampoco entiendo por qué sigo tomando café si sé que luego me sienta fatal. También he vuelto a servir horchatas y granizados, con lo torpe que soy haciendo equilibrio con la bandeja.
Parece que me ha dado por pensar con los tobillos, por no decir con la uña del dedo meñique del pie. Mi cabeza parece una lavadora, son las tres y llevo una hora mirando la grieta que nace en la esquina pared. Odio mis pies, ¿no te lo había dicho?

1.7.08

excusas

Las sábanas escupiendo este asqueroso calor que se cuela por la ventana y las ganas incondicionales de verte grapadas a la piel. Una tórtola quiebra el silencio con torpes pasitos en la terraza. La luz se escurre entre las rendijas de la persiana; el blanco de la habitación rayado de sol y los retazos de sueño que persiguen tu imagen correteando por el suelo. Algunos pedacitos de ti se enganchan entre las juntas de las baldosas, otros se acomodan en las esquinas, detrás del espejo, o se esconden en los rasguños viejos de la pared.
Tengo la manía de comerme un número impar de cerezas. Diecisiete, trece, siete o veintitrés. Como cerezas y busco adjetivos impermeables para enzarzar con tu silueta. Y es que se me deshace la sangre cuando te pienso. Se me encharcan los pulmones de echarte de menos. Mis horas corren detrás de tu sombra. Sumo los días, los resto, los divido. Los cuento, del derecho y del revés, en diagonal y hasta de lado. Diecisiete carozos sobre la mesa de la cocina y mil cuatrocientas sesenta y cuatro horas para anudarme otra vez a tus pecas.
Me he quedado dormida en el sofá después de comer. No sé dormir por las noches. No sé dormir sin sentirte, sin oirte respirar. Cierro los ojos y veo la playa. Las manos enredadas bajo la arena y el mar diluyéndose en las venas. Tus labios salpicados de salitre y las estrellas serpenteando en el otoño de tus pupilas. ¿Nos intercambiamos el corazón? Así yo sabría dónde me tienes y tú podrías calcular las veces que los latidos me retumban entre los costillas buscando tu olor, tus besos, tu piel, tus ojos. Buscándote a ti. A ti.
Últimamente sólo soy una máquina de buscar excusas para encontrarte.

21.6.08

incontables

Nunca me enseñaron a medir los corazones. Ni los corazones, ni la emoción, ni los sueños, ni las ganas, ni el deseo. Lo siento, no sé medir lo mucho que me importas. No puedo decirte si me importas cincuenta y seis, ciento veinte, tres mil, trece o infinito. Y mira que así, si todo se reduciera a simples cifras, la vida sería mucho más sencilla. Pero soy incapaz. Soy incapaz y, además, me niego a ponerle números y unidades a cosas tan sublimes como estas. Como la ilusión, la esperanza, la tristeza o la simplicidad de tu sonrisas... Creo que no se merecen ser contadas. No se puede contar la profundidad de unos ojos, ni la soledad, ni la añoranza acumulada en los abrazos, ni el escozor de los rasguños. ¿O acaso sí? No, no. Es imposible. Hacerlo sería caer en el hoyo de la superficialidad...
Este tipo de cosas no se calculan con ínfimas cifras. Se miden según se demuestran. Por eso no utilizaré ni números ni adverbios para expresarte lo que siento. Me limitaré a mirarte y a dejarme mirar. Me desnudaré los ojos, y la voz, y los sentidos. Las palabras y los sueños. Te abrazaré y te contaré que sonrío como una imbécil cuando te pienso. Que me das la mano y al mundo se le lastran las alas con el peso de la envidia. ¿Sabes lo que eres capaz de hacer con una simple mirada? Me deshaces. Y robo pedacitos de ti cuando te tengo a escasos centímetros de mi cuerpo. Suspiros y pestañas, para no echarte de menos. Respiro tu aire, ¿no te has dado cuenta? Te respiro. Y te sonrío. Y te espero. Y te pienso, te abrazo, te beso, te bailo, te escribo, te sueño, te busco, te miro. Podría haberme pasado la noche entera mirándote. La noche y los días. Podría mirarte horas y horas seguidas, sin parpadear. Sin decir palabra, porque contigo tengo la sensación de que no pesan los silencios. Ni los silencios, ni nada.
Pero oye, que si no basta con esto, si no te lo sé demostrar... Puedo ponerme a sumar sonrisas. A contar latidos, a restar tristezas, a multiplicar deseos. Hasta podría dividir el miedo y la ansiedad. Quizás entonces podría hacer un estudio estadístico con los resultados obtenidos y decirte exactamente en tanto por ciento lo que me importas. Decirte las horas que invertiré en echarte de menos cuando no estés, lo sola que me sentiré y los instantes en que pasarás totalmente inadvertida. Que sí, que así todo estaría más claro y sería mucho más sencillo. Lo puedo intentar, si quieres, pero ya he dicho antes que nunca he sabido medir este tipo de cosas... Más bien considero que carecen de exactitud, que son imprecisas, incontables, inefables. Debe de ser que nunca he creído demasiado en la estadística, en las matemáticas, en los números en general.

8.6.08

alquimia

Esta noche voy a echarte de menos. Voy a extrañarte porque cuando me voy a dormir con lluvia me siento más sola de lo normal. Y es extraño porque la lluvia me encanta, me tranquiliza escuchar las pulsaciones de las nubes cuando les da por llorar. Pero, no sé, me meto en la cama y me entra una tristeza repentina. Bueno, no es exactamente tristeza. Es algo así como una especie de morriña. Nunca he sabido definir esta sensación. ¿Sabes a qué me refiero? Me abrazo a la almohada, cierro los ojos a penas sin fuerza y me imagino que abro la nevera y te pregunto qué quieres para cenar. Que duermo con tu jersey. Que desayuno leyendo la cartelera y que camino por la calle susurrando la canción que cantas por las mañanas flojito en la ducha. Es una alquimia de nostalgia e ilusión. No sé expresarlo de otra manera. Nostalgía por algo que aún no has vivido. Como en aquella peli que vi en el cine hace un par de noviembres, Princesas... Siempre que me siento así me acuerdo del mismo diálogo. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mi a veces me pasa. Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo o con la vida en general, y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas... y luego cuando lo pienso, me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca...

4.6.08

laberintos


Llevo tanto tiempo acostumbrada a estar triste que se me han vuelto torpes las sonrisas. ¿No te has dado cuenta? Las tenía olvidadas en el último cajón de mi letargo. Hasta que apareciste tú y las volvsite a desnudar. Ahora hacen cola detrás de mis labios cada vez que te miro. Las sonrisas y los besos. Esperan, impacientes, tropezándose con el ánsia de lanzarse con todas sus fuerzas al vacío de tu existencia. Porque eres tú quien los riega, quien los despierta, quien los remueve.
Esta tarde he subido al tren y las ganas de ti me han agazapado la piel. Así, de pronto. Se me han agarrado a los nervios y el cuerpo se me ha empezado a encoger. No entiendo cómo en un instante tan corto de tiempo he llegado a echarte tanto de menos.
Intento canalizar los abrazos en palabras mientras miro por la ventana. Se me han acumulado las consonantes en la garganta y me ha entrado la tos. He llegado a casa con un montón de sílabas sueltas con las que arropar la sombra de tu pequeña ausencia.
¿Sabes? Te miraba esta tarde y me ha dado por reír. Te hubiera cogido por la cintura y no habría parado de escribirte cosquillas entre las ranuras de la piel. Te he regalado mi cinturón para que nunca te falten los abrazos. Porque aunque intente traducirlos con un puñado de letras, no me fío un pelo de mis palabras despilfarradas; que yo las visto de sentidos pero luego sopla el viento y las desparrama sin piedad.
No te quiero soltar. Que si me das la mano el mundo pierde su centro de gravedad. Se emborrona la realidad, como los segundos planos de todas las películas que le alquilaremos a la luna este verano para ver tumbadas en el sofá. Como el mar cuando suspira a cámara lenta mientras me besas. Mírame, anda. Que me tiembla el labio y me tambalean las pestañas. Que esto es un laberinto de sonrisas y no me sé encontrar. Gracias, por lanzarme una cuerda al precipicio de melancolías sin sentido.

3.6.08

sonrisas y arena


Por una vez siento que soy yo. Esa que nunca me he sido, que nunca me he dejado ser. Soy, contigo. Soy si me miras y se me escapan las sonrisas. Si siento tu respiración despojándome miedos y tu pronombre cosido a mis verbos intemporales. Porque me abrazo a ti y el mundo parece que deja de girar, como si el tiempo se aferrara a tus suspiros y se olvidara de seguir latiendo segundos.
Es sentirte tan cerca y restarle importancia a todo lo demás. La cama llena de arena y las ganas de ti hilvanando quimeras. Que me he dado cuenta de que el mundo cambia de color si lo miro con tus ojos. Tu mirada de chocolate, de otoño, de canela. Tus labios de almíbar y tus pecas de algodón. Ayer te vi esperándome en la parada del bus y sentí cómo se me deshacía el pedazo de hielo que tengo hace tiempo por corazón. Me sentí llena de agua. Agua y más agua despertándome los sentidos.
Sentí que sentía. Qué tontería, ¿verdad? Ya ves, me conformo con algo tan simple como eso. Con verte sentada en el suelo sobre la carpeta de la facultad. Con mirarte. Con darte la mano y saber que estás. Que estás aquí, conmigo. Que soy, que eres. Que somos, nosotras. Tú y yo abrochando la cremallera de un vestido de sueños. Sin mundos paralelos, sin distancias, ni kilómetros, ni abismos, ni vacíos. Sólo un pronombre compuesto. Mi sonrisa pegada en tus labios, tú piel y la mía revelando recuerdos.

28.5.08

nubes


Ya no me acordaba de lo fácil que es echar de menos cuando te sientes sola. O sentirte sola cuando echas demasiado de más... Hoy hasta sería capaz de extrañar las pecas de la chica que me han presentado esta tarde. Qué bonita era, y qué ganas de conocerla. ¿No te ha pasado nunca? Que de repente, un día, te cruzas con alguien que ni siquiera has visto antes pero sientes unas ganas enormes de conocerlo. Poquito a poco, porque las cosas buenas no merece la pena exprimirlas de golpe, así sin más. Hay que ir saboreándolas, todo a su tiempo... No sé. La vi y sentí unas ganas infinitas de conocerla. Podría pasarme la noche entera cosiendo constelaciones con sus lunares. No sé si me entiendes. La miro y sólo sonrío. Le he robado una peca cuando no miraba y me he puesto a contar nubes para disimular. ¿Se habrá dado cuenta?

21.5.08

columpios


Un murciélago me acaba de sobrevolar la cabeza. Qué silencio tan extraño y qué alas más bonitas. Parecen de papel de cebolla empolvado de gris. Flácidas pero elegantes.
He confundido la luna con la ventana de la casa del vecino. Es mago; un día, hace mucho tiempo, se le escaparon las palomas blancas. Me acuerdo que antes las tenía en una jaula enorme, en el jardín. De pequeña me pasaba las tardes en el patio del columpio mirándolas a través de la verja de cipreses. El columpio era rojo y tenía el asiento de madera. Una vez se enfadaron conmigo porque lo pinté de azul con la pintura que le había sobrado a mi padre de la piscina.
Antes, cuando aún nos acordábamos de sonreír, la pintaba cada primavera de azul muy clarito, por esta época, a mediados de mayo. Luego la llenaba con la fuente del pez que sacaba agua por la boca. También cortaba el césped y se subía al tejado a barrer. A mí me daba una envidía tremenda verlo ahí arriba y me sentaba en el columpio, agarraba las manos a las cadenas y me balanceaba con las piernas lo más fuerte que podía. Quería rayar el cielo.
Ahora lo echo de menos. El columpio y las sonrisas. Lo desollaron cuando creyeron que ya no tenía edad de utilizarlo. El vecino también trasladó las palomas y el patio se quedó hueco. La fuente del pez dejó de funcionar y dejamos de pintar la piscina.
Tengo unas ojeras de campeonato y unas ganas enormes de escapar. Son casi las dos y aquella estrella no para de mirarme. Me gusta respirar de noche en la terraza. Con pijama. Sentir que el frío del suelo se cuela entre las rayas de los calcetines y contar luciérnagas.
Ayer aprendí que no es lo mismo gastar que perder el tiempo. Sutil diferencia. Sin embargo esencial. En clase no paran de repetirnos que el mundo no es horizontal. Claro que no, qué chorrada. Si fuera horizontal no existirían las escaleras. ¿Cómo iba a subir yo entonces a esconder la nostalgia detrás de las nubes?

19.5.08

desvaríos

Y de repente el mundo empieza a girar. A dar vueltas, a mil por hora. Y cada vez que parpadeas le das cuerda a tus ideas. Que las hojas de aquel árbol son duendes de plastilina y el azul eléctrico del cielo hace trenzas con tu cabello. Tu cono visual se convierte en un bucle de espirales que se anuda al punto de fuga que sostiene tu mirada. A veces se me olvida que sólo soy espectador. El viento desestabiliza las horizontales de la calle. A veces, también, las canciones se convierten en ceniza.
Gira, el mundo y tú. Las estrellas pierden el equilibrio y empieza a llover. Déjame pensar, anda. Te estas mojando, ¿no tienes frío? Estoy pensando. No, no cierres los ojos. Ven, levántate. Vámonos. Las luces se difuminan y las baldosas de la acera se tambalean entre las huellas de tus bambas nuevas. ¿Bailas? Todo da vueltas. Vueltas y más vueltas. Dame la mano o me pierdo. Que esto es como el mar, quién conoce alguna esquina.
No te mires más en el asfalto que no conseguirás ver tu reflejo. Busco, me busco y no me encuentro. ¿Sabes qué? Voy a recoger mis alitas rotas y las pegaré a trocitos y volaré. A por ti, algún día. Y serás tú la que mire al infinito desde ahí abajo, la que cuente las nubes tumbada en el suelo y arañe al aire al respirar, de pura envida. Nos cambiaremos los papeles, aunque yo siempre he sido torpe para llevar vida de protagonista. Nací en el país de los personajes secundarios.
Dance, dance, dance! Te mueves sola, ausente, a tu bola. Se rompen los vasos a cámara lenta y no dejas de girar. Ahora sí, ¿es ella? Eres tú, es mi sonrisa. Y el mundo se ha parado, dios cogió un pincel, decide que el momento será inmortalizado, y nos pinta a mano el universo, nos pinta, nos pinta a mano. Abrázala, va. No pienses, no escuches, no hables. Siente, siéntela. Vértigo y vueltas, más vueltas. Aguántame el pañuelo que me caigo. Toma, mi jersey. Qué mareo. Y la mano, ¿dónde está su mano? Se te caen los párpados y se te atragantan las ganas. Mira que eres cobarde. El humo de sus suspiros se enganchó sin querer a mi piel. No me mires. Estoy cansada. Ya no llueve, ¿lo ves? Por ahí no, ya me atropellaron una vez. Calla, y ¡corre!
Te invitaré a escuchar olas, a cazar burbujas de arena. Que yo llevo tu sonrisa como bandera, y que sea lo que sea.
Arrancas la moto, el casco sin visera y el viento en la cara. El suelo se convierte en poesía. Bostezas y el sol se despereza entre los despojos del amanecer. Guárdate las ganas de llorar, hoy es domingo y no toca estar triste. Siempre me quedará la voz suave del mar. Te metes en la cama y suena el despertador. Qué cortinas tan bonitas. El gris oscuro de la habitación se raya de luz. Las hojas vuelven a ser hojas y el azul eléctrico se desenreda de tu pelo. Pero sigues girando, aún. Más despacio, eso sí. Porque el tiempo se vuelve pequeño y los segundos se cansan de susurrar sin cesar su implacable latido. Tic-tac, tic-tac.
Duérmete, anda. Que ahora dicen que hay muchos más universos infinitos como el nuestro. Y hasta realidades paralelas. ¿Tú crees en ellas? Para mí es algo bastante complejo de entender. Aunque siempre he pensado que tú y yo existimos en algún lugar así, en otra dimensión. Alternativa pero adyacente. En esta también existimos, en la de ahora. Bueno, en la de ahora no creo que esté bien dicho. No sé, supongo que en la otra realidad, si es paralela, también estamos viviendo el mismo tiempo, un ahora distinto, pero ahora. Me refiero a ésta en la que tenemos un vacío de piedras entre las dos. Espera, me parece que me estoy liando… ¿Sabes lo que quiero decir? Que en otro mundo, simultáneo, existimos tú y yo, pero tú y yo juntas, en un mismo aquí. Y en ese lugar, allí o aquí, digo que esta vida es llevadera sólo porque sientes tú lo que yo siento.
Déjalo, tu cabeza sigue siendo una peonza. Desvarías. Duérmete, va. Cierra los ojos y ya verás como poquito a poco el mundo empieza a frenar. Que sí, que vale, que te debo este sueño.

17.5.08

latidos


Ayer volví a darme cuenta de que todavía tengo tus latidos en la mano. Supongo que esas cosas no se tiran, ni siquiera se reciclan. Se quedan ahí, acomodadas en algún que otro rincón de la memoria de los sentidos, coleccionando polvo y sumando olvido. Permanecen, quietas, desgastándose con la carcoma del participio, hasta que el tiempo las reduce a un vano vacío y las desintegra.
Joder, qué rabia. Eres como el yogur que se queda arrinconado en la última estantería de la nevera. Ignorado y caducado. Un pretérito imperfecto que sigue entrelazándose con mis dedos. Lates, débil, muy débil, aunque la mayoría del tiempo sea inconsciente de (man)tenerte aún en mí. Sólo a veces, cuando a la luna le da por soplar y hacerte cosquillas, me doy cuenta de que tu latir sigue respirando entre las grietas de mi mano.
Como anoche, que al sueño le dio por retrasarse y al insomnio por subir a la azotea de los recuerdos. No podía dormir y me dio por vaguear entre retratos de color sepia y sensaciones disecadas. Me entretuve mucho rato con otras historias y otros disfraces menos carcomidos que tú, pero al final llegué a toparme con la caja vieja de cartón donde encerré el puñado de ti que olvidaste recoger cuando te fuiste. Retahílas de estrellas, pedacitos de alas y ese montón de carretes de sueños que nunca llegamos a revelar. Hacía tanto tiempo que no me tropezaba contigo…
¿Crees en las casualidades? Esta mañana me he encontrado un correo tuyo en la cuenta vieja de hotmail, la que a penas uso. Mientras intentaba dormir estuve sope(n)sando la idea de soplarle cuatro o cinco palabras a tu buzón. Siempre he pensado que sentiste algo más, que no te alejaste sólo por la tristeza. Me dormí sin decidirlo, y hoy te leo en vez de escribirte. Lates, otra vez. Las letras apuntalan tus latidos y vuelve ese incesante bumbum, bumbum, bumbum. Se me encoge la mano, se me estremece. Porque lo pusiste tú ahí, el corazón, ¿te acuerdas? Me lo ataste a los nudillos, distrayéndome con la mirada, y luego te diste la vuelta y empezaste a caminar. Lejos, cada vez más lejos. Sin darte la vuelta. Quedándome atrás.
Me asusta llevarme tan mal con los verbos en pasado. Y verte aún aquí, en mí. Me asusta y me asustas, porque contigo nunca he sabido reaccionar. No sé caminar recto si te pienso. Se me tuercen los pasos y dibujo eses con los pies. Qué ridículo, tropezarse con un simple yogur...

15.5.08

kilómetros


Me da rabia, que no estés. Que estés, pero demasiado lejos. De repente se me ha hecho infinita la distancia que distingue nuestros silencios. Y algo tendré que hacer para acostumbrarme a estos años luz, porque a ti te conocí de cerca y te aprendí a sentir así, a mi lado, y ahora no sé encajar tu sombra en el cajón de lo lejano. Vale, sí, que los kilómetros siempre han sido los mismos, pero antes me las apañaba para medir los metros en susurros, los centímetros en abrazos y hasta había conseguido cronometrar el tiempo con algún que otro suspiro. ¿Acaso no te acuerdas?
Ahora los kilómetros son kilómetros y punto. Muchos, además. Y tus palabras abrazan poco. Se enfrían, ¿no lo notas? Por eso las mías las meto cada noche en la nevera, antes de acostarme. Las palabras y los sueños, porque si le hiciera caso a mi inconsciencia seguiría soñándote bonito.
Es irremediable.
Pero tendré que acostumbrarme, a sentirte fría. O a no sentirte, directamente. Para cuando no estés. Algo así como meter el paraguas en el bolso el día que el cielo se enfunda de gris. Que no siempre que hay nubes acaba por llover, pero hay que prevenir, o eso dicen. Y tú un día de estos te acabarás marchando, ¿verdad? De puntillas, sin despedirte... No me mires así, anda, que sé que llevas meses hilvanando excusas y recogiendo tus trastos. Te irás, como todos los demás. Desaparecerás y el mundo seguirá con su incesante fluir.
Ahorraría en tristezas si para entonces tu ausencia ya estuviera acomodada en mi bolsillo. Así que mañana empiezo. Me levantaré temprano y me pondré a descoser tus retales de mi piel. Cada día pintaré de invisible un pedacito tuyo, hasta convertirte en invisible. Será jodido engañar a los sentidos, pero bueno, supongo que si aprendí a sumar los kilómetros en abrazos, tiene que haber algo, también, con lo que poder factorizar y simplificar tu silueta. Sólo debe ser cuestión de encontrar el qué, la fórmula, la ley...
Aunque, si te soy sincera... a la práctica nunca he sabido ser previsora. Siempre he sido de olvidarme los paraguas y mojarme con la lluvia. De empaparme mirando el cielo y luego esperar a que el aire me seque el pelo, la ropa y los sueños.