6.12.07

doscientos sesenta


Asomó el retrovisor tres calles más arriba. Se detuvo un instante en el stop, aceleró y dobló la esquina. Tardé pocos segundos en alcanzar a ver que era el mío. Con el billete en la mano, desvié la mirada hacia el suelo y la clavé junto a la grieta que se escondía bajo la suela de los zapatos del chico de la chaqueta gris, que adelantó dos pasos mientras se abrían las puertas. Se esperó medio segundo, subió el escalón y se metió dentro. Avanzamos mi mirada y yo tras él. Levanté la vista y me encontré con el doscientos sesenta en las narices. La casualidad había vuelto a traerme aquel autobús. Sí, sí, casualidad, no podía ser otra cosa. Hacía dos semanas que coincidía con él, a cualquier hora y en cualquier parada, de ida o de vuelta. Línea noventa y siete, coche doscientos sesenta.

Subí yo también y me senté junto a la ventana, en la parte de atrás, a la izquierda. Vaya, ni siquiera me había parado a ver dónde se habían sentado los zapatos en los que me había estado fijando hacía un momento. En fin, tampoco me había parado a escoger el sitio donde iba a sentarme como acostumbro a hacer otras veces mientras recorro el pasillo. Total, daba igual. Aunque me sentara en otro lugar, sabía que volvería a pasarme otra vez lo mismo. Lo supe en cuanto vi que el destino me había metido de nuevo en ese autobús. Bueno, destino o casualidad, qué más da, si al final acaban por no ser tan distintos.

Hacía calor pero no me quité la chaqueta. Ni el pañuelo del cuello. Apoyé la cabeza en el cristal y me enchufé la música. Dos manzanas recorrimos hasta que se me empezó a despertar aquella extraña sensación en el estómago, es curioso, siempre se despertaba ahí. Era como si se me encogiera. Se me estremecían los nervios y, en nada, la piel. ¿Ves? Maldito doscientos sesenta… Un escalofrío crecía desde la última vértebra de la columna hacía arriba, trepando por la espalda y soplándome polvo de ensueños que, al girar en la segunda rotonda después de la cuarta parada, se ramificó por todo mi cuerpo. Un hilo de hormigas se deslizaba por la tráquea, se filtraba en las venas y se diluía con aquel temblor que había acabado calándose en la médula.

Todavía no se había sentado nadie a mi lado, delante sí. Perdía la mirada por la ventana y no podía evitar cerrar los ojos. Dejar caer los párpados un momento y dormirme a medias mientras se me revolvían los demás sentidos. Ya estabas ahí otra vez, si es que era irremediable. Tu cadera a dos centímetros de la mía y mi rodilla rozando tu pierna. Y de repente, nuestros dedos enredándose torpemente en ese diminuto abismo de realidad que nos separa. Tiempo y distancia perdidos en los laberintos de la ilusión. Agarrados de la mano, como tú y yo. Sin encontrar la puerta de salida de ese sueño. Y le otorgo el indefinido ese porque aún no sé si lo puedo definir como mío, tuyo, o tal vez de las dos… Aunque juraría que los sostenidos de tus palabras y los bemoles de mi voz sí que se conjugan entre silencios de pronombres compuestos.

La vuelta a otra esquina y el hormigueo tambaleándose de la garganta a la boca. Joder, otro escalofrío. Abrázame, anda. Y déjame susurrarte al oído que me encantan los zapatos del chico pelirrojo que se ha subido en la misma parada que nosotras. Cruzar las piernas y hacer ver que ha sido la sacudida que ha dado el autobús al frenar en el paso de peatones la que se ha comido los dos centímetros que había entre tú y yo. Soltar media sonrisilla porque sabemos de sobra que la física nos hubiera arrastrado hacia delante y no de lado. Mi mirada perdida aún, divagando a través del cristal. No me atrevo a rescatarla para mirarte. Los ojos se han declarado en huelga frente a los otros cuatro (¿cuatro sólo?) sentidos, aunque todos sepan que no es más que una excusa para disfrazar su cobardía y su timidez.

No te puedo sentir tan cerca con tan solo cuatro sentidos. Es imposible. Aunque tal vez si a los míos le sumamos los tuyos… entonces ya sería un poco más fácil resolver la ecuación de tu ausencia. Claro que, pensándolo mejor, se trataría más bien de un sistema con dos incógnitas, tu ausencia para mí y la mía para ti. Y si es así, el pronombre indefinido de antes ya lo podríamos sustituir por uno compuesto, así que ya no sería ese sueño, ni mi sueño, sino el nuestro. Cosa que a decir verdad me dejaría bastante más tranquila. Bueno, no sé si es tranquilidad exactamente a lo que me refiero, sólo sé que me encantaría saber que andas conmigo esquivando realidades; así, el desasosiego y la soledad dejarían de aturdirme a todas horas.

En veinte minutos estaré en clase y tú sigues agarrándome la mano. Me tiemblan los labios y no sé qué decirte. Sobran las palabras en este silencio, extraño pero no incómodo, sino más bien perfecto. Tu respiración en mi oído y la mía ahogándose en aquel rincón del pulmón que se paraliza cuando me pongo nerviosa. Y no me preguntes por qué estoy nerviosa porque no te sabré contestar. Tampoco me salen las palabras cunado estoy así. Es raro. Como también es raro sentirte. Odio subirme en este autobús, cada vez que me bajo te echo tanto de menos…

Recojo mi mirada, parpadeo y miro a mi lado. No hay nadie. Ya lo sé, sólo es un sueño, pero es que es tan real… Empiezo a escuchar la música que tenía puesta en los oídos. Quedaran unos doscientos sesenta metros para mi parada. ¿Querrá decir algo ese número? Es que no lo entiendo. Tal vez son las veces que tengo que soñarte antes de sentirte de verdad. O los besos que te mando mientras duermo. Las ganas que tengo de conocerte, ¿te imaginas? Tengo doscientas sesenta ganas de estar contigo… No, no, mejor no, esas son incontables. Doscientas sesenta estrellas fugaces para ver a tu lado. O cometas, o agujeros negros en los que caer por pensarte demasiado. Quizás sean las veces que tengo que parpadear antes de verte, o las veces que tengo que coger el mismo coche de la línea noventa y siete. Los abrazos que podremos compartir o la distancia que nos separa en alguna extraña unidad de un sistema métrico decimal aún no inventado.

Se abren las puertas, me toca bajar. Y extrañarte un poco más de la cuenta mientras camino hasta la facultad. Qué casualidad, el pelirrojo de la chaqueta gris y sus zapatos se bajan también aquí. Remolinos de vértigo multiplican las absurdas ganas de besar la boca de tu fantasma. Tengo la sangre revuelta y el corazón me late a trompicones. Necesito que estés aquí. Tenerte a mi lado un ratito, unas horas. Tenerte un instante, aunque sea. Doscientos sesenta segundos frente a mí. Mirarte. Ponerle labios a tu voz y ojos a tus silencios. Saber a qué saben tus palabras. Dejar de inventarte, de abrazar tus ausencias. Y abrazarte a ti, a la de verdad.

Qué dices, ¿dejamos de compartir sueños y nos compartimos en un pedacito de realidad?

4 comentarios:

aRa dijo...

niña sencillamente encantador..

Anónimo dijo...

Entenderìa que cada persona que pasa por aquì se quedara enamorada instantaneamente... :)

Como ya te dije hoy, es precioso y perfecto.

Lucía (El día a día de una duda) dijo...

Escribes muy mjuy bien y como han dicho en otro comentario es precioso... he leído tu perfil y veo que te gusta amelie y la educación de las hadas! ya somos dos! un besito y seguiré por aquí ;)

illeR dijo...

Uaoo O_O Impresionante

260
260 segundos frente a mi
260 estrellas fugaces para ver a tu lado
...

Precioso...te mando 260 besos