31.12.07

divergencias



Veinticuatro horas y empezará un año nuevo. Dos mil ocho, cómo pasa el tiempo... Eso mismo pensaba mientras te miraba esta tarde. Te miraba y te escuchaba, a ratos sin mirarte demasiado y otros sin oírte suficiente. Hablabas sin parar. Casi no me has dejado ni abrir la boca. Me sentía extraña, distante. Tú parecías nerviosa. Miedo al silencio, diría. O a que se me ocurriera trasladar las palabras al pasado, quizás. No lo sé, no te conozco. Me mirabas, sin callar. Tus ojos clavados en mi cara, e infinidad de interrogantes precintados tras mis labios. Me contabas cosas del verano, del trabajo, de tus primas, de la que acaba de nacer y de la mayor. Como antes. Divagabas y yo te seguía.

Un café con leche y un cacaolat sobre la mesa. Las manos heladas y dos años de divergencias volatilizándose con el olor a chocolate caliente, el mismo de aquella tarde en este mismo bar hace ya un par de inviernos, después de una sesión de frío y de cine. Ni un recuerdo entrelazado con la conversación banal que se diluía entre el azúcar de tu café. En mi cabeza, unos cuantos; en la tuya, ni idea. Los míos, por eso, no me he atrevido a sacarlos. Necesitaba un silencio para desatrancarlos, pero no encontraba ninguno. En unos minutos lo intento, me iba diciendo a mí misma. Ahora, cuando hayamos exprimido esta especie de diálogo, antes de que nos dé tiempo a enredarnos con las telarañas de cualquier otro tema. Pero de repente ha empezado a aparecer gente. Amigas tuyas; mías, puede ser, alguna vez. Se han sentado con nosotras y has dejado de despilfarrar palabras como una loca. Has entrado en tu refugio, terreno neutro. Yo me he quedado mirándote, vagamente, con la cabeza apoyada en la pared. Pensaba en el tiempo. Y me sentía todavía más extraña. Pequeña, también, diminuta, indefensa. Buena estrategia, la tuya.

He seguido medio callada. Se me habían pasado los nervios de hacía un momento, el desasosiego de tenerte de nuevo delante. Aunque temblaba un poco, aún. El frío, la inseguridad y la impaciencia. Las ocho y media. Me temo que hoy me quedo con las dudas. Bueno, hoy y supongo que siempre. Te miro sonreír, me gustas. Siempre me has gustado, incluso cuando no te soportaba, cuando te esquivaba porque no soportaba que me siguieras gustando. Me daba rabia. Pero mira, ahora es pasado. Dicen que el tiempo lo cura todo, debe de ser verdad.

Un nestea, una cocacola y dos cortados sustituyen el vaso de tubo y la taza vacía de antes. Cinco sillas en una mesa para dos. Me parece que me voy. Ya tenéis planes y yo estoy medio perdida. Perdida del todo, vaya. No sé qué cojones hago aquí. Cada vez me siento más ínfima. Soy un satélite inesperado dentro de esta nueva conversación, un insecto desconocido que no tiene demasiada habilidad para trepar por esta telaraña que ha surgido de la nada. Creo que he aguantado el rato suficiente para que no pensaras que me iba huyendo. Pero sí, huía. Aunque me hubiera encantado compartir unas cuantas palabras más contigo. O tal vez otro café como el primero, superficial, para qué engañarnos. ¿Lo volveremos a hacer? No lo sé. De hecho, da igual. Me pongo la chaqueta y me envuelvo el pañuelo verde en el cuello. Afuera hace un frío horroroso, y me apuesto lo que quieras a que se multiplicará por diez por el simple hecho de salir de este rincón. Ya me conozco, me helaré y las piernas se me convertirán en trenzas de escarcha.
¿Te vas ya?, Se me ha hecho tarde, me he dejado los apuntes esparcidos encima de la mesa, debería estar estudiando…

Busco una moneda dentro la bolsa y te vuelvo a mirar. ¿Me pagas el cacaolat? Me miras también. Tres segundos y haces un gesto con la cara. Déjalo, da igual. Dos besos a todas, los tuyos los últimos. Nada especial. Un "que vaya bien" al borde del oído y feliz año. Sí, sí, mañana empieza. ¿Saldrás? Igual nos vemos... Me giro y me voy buscando no sé qué en el bolsillo, cualquier cosa. No sé interpretar esta jugada del destino, esta casualidad que ayer te hizo cruzar mi mirada y esta tarde nos ha sentado en esta mesa enana. ¿Paso de página? Mañana vuelve a empezar, otro año. En veintitrés horas, sólo veintitrés… Mira, ¿sabes qué te digo? Que no le doy más vueltas. Sea como sea, mi memoria ya te había encerrado en el cajón de los recuerdos. En el de la nostalgia, sí, pero estás llena de polvo y no tengo ganas de ponerme a limpiar. Tengo alergia a los ácaros, ¿lo recuerdas?
Haz lo que quieras, yo sigo adelante. Feliz dos mil ocho, eso sí…

29.12.07

locuras


A veces me doy miedo. Mi cabeza, mi razón. No sé hasta qué punto soy consciente de lo que pienso. Hace días que tengo la sensación de que mis neuronas divagan en la atmósfera de otro mundo. Otra realidad. Se me mezclan los sueños con los recuerdos. Hoy, por ejemplo, me ha venido a la mente que tenía una cicatriz en la sien, entre las cejas, y he tenido que levantarme corriendo hacia el espejo porque no sabía si era verdad o mentira. Una ilusión. Bff... No sé qué narices me pasa. Me crecen espirales de vértigo en la garganta, me da miedo volverme loca...

20.12.07

¿saltas?


subiría ahí arriba, otra vez, tropezándome con todas las piedras que se cruzaran en el camino. volvería a escalar, sin arnés, con las manos llenas de polvo, una mochila vieja en la espalda y unas botas desgastadas. treparía hasta esta cima, o hasta aquella de más al fondo. me arañaría las rodillas y los dedos, y un poco la cara, tal vez. y una vez allí, con la cabeza rozando los límites del cielo, me pararía a respirar y daría un paso hacía el vacío. uno y no más, sin amarrar cuerdas a las nubes. ¿sería una locura? quizás. pero a veces hay que arriesgar para encontrar respuestas, para estamparse contra el suelo y abrir los ojos o para sacar las alas y seguir soñando. porque nunca sabes qué vas a encontrarte en la otra ladera de la montaña. puede que no te encontrara, ni a ti, ni a mí misma. puede que se me rompiera la ilusión en mil pedazos, pero seguro que así también se rompería la angustia de la duda, todos los “y si…” recreándose entre los nervios. puede, sí. y también puede que estés ahí, al otro lado del precipicio, cortando las lianas de la gravedad, agarrándome la mano. saltaría, desde aquella arista. ¿la ves? saltaré, porque últimamente nada tiene sentido. porque todos los caminos están cortados y ya estoy harta de buscar atajos. no puedo más, ¿saltas conmigo?

6.12.07

doscientos sesenta


Asomó el retrovisor tres calles más arriba. Se detuvo un instante en el stop, aceleró y dobló la esquina. Tardé pocos segundos en alcanzar a ver que era el mío. Con el billete en la mano, desvié la mirada hacia el suelo y la clavé junto a la grieta que se escondía bajo la suela de los zapatos del chico de la chaqueta gris, que adelantó dos pasos mientras se abrían las puertas. Se esperó medio segundo, subió el escalón y se metió dentro. Avanzamos mi mirada y yo tras él. Levanté la vista y me encontré con el doscientos sesenta en las narices. La casualidad había vuelto a traerme aquel autobús. Sí, sí, casualidad, no podía ser otra cosa. Hacía dos semanas que coincidía con él, a cualquier hora y en cualquier parada, de ida o de vuelta. Línea noventa y siete, coche doscientos sesenta.

Subí yo también y me senté junto a la ventana, en la parte de atrás, a la izquierda. Vaya, ni siquiera me había parado a ver dónde se habían sentado los zapatos en los que me había estado fijando hacía un momento. En fin, tampoco me había parado a escoger el sitio donde iba a sentarme como acostumbro a hacer otras veces mientras recorro el pasillo. Total, daba igual. Aunque me sentara en otro lugar, sabía que volvería a pasarme otra vez lo mismo. Lo supe en cuanto vi que el destino me había metido de nuevo en ese autobús. Bueno, destino o casualidad, qué más da, si al final acaban por no ser tan distintos.

Hacía calor pero no me quité la chaqueta. Ni el pañuelo del cuello. Apoyé la cabeza en el cristal y me enchufé la música. Dos manzanas recorrimos hasta que se me empezó a despertar aquella extraña sensación en el estómago, es curioso, siempre se despertaba ahí. Era como si se me encogiera. Se me estremecían los nervios y, en nada, la piel. ¿Ves? Maldito doscientos sesenta… Un escalofrío crecía desde la última vértebra de la columna hacía arriba, trepando por la espalda y soplándome polvo de ensueños que, al girar en la segunda rotonda después de la cuarta parada, se ramificó por todo mi cuerpo. Un hilo de hormigas se deslizaba por la tráquea, se filtraba en las venas y se diluía con aquel temblor que había acabado calándose en la médula.

Todavía no se había sentado nadie a mi lado, delante sí. Perdía la mirada por la ventana y no podía evitar cerrar los ojos. Dejar caer los párpados un momento y dormirme a medias mientras se me revolvían los demás sentidos. Ya estabas ahí otra vez, si es que era irremediable. Tu cadera a dos centímetros de la mía y mi rodilla rozando tu pierna. Y de repente, nuestros dedos enredándose torpemente en ese diminuto abismo de realidad que nos separa. Tiempo y distancia perdidos en los laberintos de la ilusión. Agarrados de la mano, como tú y yo. Sin encontrar la puerta de salida de ese sueño. Y le otorgo el indefinido ese porque aún no sé si lo puedo definir como mío, tuyo, o tal vez de las dos… Aunque juraría que los sostenidos de tus palabras y los bemoles de mi voz sí que se conjugan entre silencios de pronombres compuestos.

La vuelta a otra esquina y el hormigueo tambaleándose de la garganta a la boca. Joder, otro escalofrío. Abrázame, anda. Y déjame susurrarte al oído que me encantan los zapatos del chico pelirrojo que se ha subido en la misma parada que nosotras. Cruzar las piernas y hacer ver que ha sido la sacudida que ha dado el autobús al frenar en el paso de peatones la que se ha comido los dos centímetros que había entre tú y yo. Soltar media sonrisilla porque sabemos de sobra que la física nos hubiera arrastrado hacia delante y no de lado. Mi mirada perdida aún, divagando a través del cristal. No me atrevo a rescatarla para mirarte. Los ojos se han declarado en huelga frente a los otros cuatro (¿cuatro sólo?) sentidos, aunque todos sepan que no es más que una excusa para disfrazar su cobardía y su timidez.

No te puedo sentir tan cerca con tan solo cuatro sentidos. Es imposible. Aunque tal vez si a los míos le sumamos los tuyos… entonces ya sería un poco más fácil resolver la ecuación de tu ausencia. Claro que, pensándolo mejor, se trataría más bien de un sistema con dos incógnitas, tu ausencia para mí y la mía para ti. Y si es así, el pronombre indefinido de antes ya lo podríamos sustituir por uno compuesto, así que ya no sería ese sueño, ni mi sueño, sino el nuestro. Cosa que a decir verdad me dejaría bastante más tranquila. Bueno, no sé si es tranquilidad exactamente a lo que me refiero, sólo sé que me encantaría saber que andas conmigo esquivando realidades; así, el desasosiego y la soledad dejarían de aturdirme a todas horas.

En veinte minutos estaré en clase y tú sigues agarrándome la mano. Me tiemblan los labios y no sé qué decirte. Sobran las palabras en este silencio, extraño pero no incómodo, sino más bien perfecto. Tu respiración en mi oído y la mía ahogándose en aquel rincón del pulmón que se paraliza cuando me pongo nerviosa. Y no me preguntes por qué estoy nerviosa porque no te sabré contestar. Tampoco me salen las palabras cunado estoy así. Es raro. Como también es raro sentirte. Odio subirme en este autobús, cada vez que me bajo te echo tanto de menos…

Recojo mi mirada, parpadeo y miro a mi lado. No hay nadie. Ya lo sé, sólo es un sueño, pero es que es tan real… Empiezo a escuchar la música que tenía puesta en los oídos. Quedaran unos doscientos sesenta metros para mi parada. ¿Querrá decir algo ese número? Es que no lo entiendo. Tal vez son las veces que tengo que soñarte antes de sentirte de verdad. O los besos que te mando mientras duermo. Las ganas que tengo de conocerte, ¿te imaginas? Tengo doscientas sesenta ganas de estar contigo… No, no, mejor no, esas son incontables. Doscientas sesenta estrellas fugaces para ver a tu lado. O cometas, o agujeros negros en los que caer por pensarte demasiado. Quizás sean las veces que tengo que parpadear antes de verte, o las veces que tengo que coger el mismo coche de la línea noventa y siete. Los abrazos que podremos compartir o la distancia que nos separa en alguna extraña unidad de un sistema métrico decimal aún no inventado.

Se abren las puertas, me toca bajar. Y extrañarte un poco más de la cuenta mientras camino hasta la facultad. Qué casualidad, el pelirrojo de la chaqueta gris y sus zapatos se bajan también aquí. Remolinos de vértigo multiplican las absurdas ganas de besar la boca de tu fantasma. Tengo la sangre revuelta y el corazón me late a trompicones. Necesito que estés aquí. Tenerte a mi lado un ratito, unas horas. Tenerte un instante, aunque sea. Doscientos sesenta segundos frente a mí. Mirarte. Ponerle labios a tu voz y ojos a tus silencios. Saber a qué saben tus palabras. Dejar de inventarte, de abrazar tus ausencias. Y abrazarte a ti, a la de verdad.

Qué dices, ¿dejamos de compartir sueños y nos compartimos en un pedacito de realidad?