26.11.07

rabias y tristezas


UNO. La mirada perdida en alguno de esos puntos indefinidos e infinitos de la Nada. De pie frente al cristal, paralizada. DOS. Cientos de moléculas de rabia carcomiéndole los nervios y un nudo estrangulándole la garganta. El mismo nudo de siempre. TRES. Aprieta los dientes con fuerza mientras sus pupilas se mueven cada vez más inquietas. Se ahoga, pero sabe que tiene que esperar. Un poco más, unos segundos hasta que se tranquilice, y el aire volverá a ventilarle los pulmones. De momento aún tiene las válvulas demasiado tensas. CUATRO. Gritar, llorar o callar. Seguir mirando por la ventana. El corazón a mil por hora y las venas rebozadas de agonía. CINCO. No, no está enfadada. Es distinto. Es odio y tristeza; éxtasis de rabia, por llamarlo de alguna manera, aunque realmente lo que siente no lo sabe ni ella. Sólo sabe que necesita escupir ese puñado de gritos que se anuda en su pescuezo. SEIS. Y soltar todas las lágrimas que hacen equilibrio en sus pestañas. Pero muerde más fuerte y conserva la compostura. Los codos apoyados en el marco del ventanal y los puños aguantándole las mejillas. SIETE. Dudas, dilemas, paradojas, respuestas sin pregunta y preguntas sin contestar. Una extraña presión en los oídos y nada más que el eco del silencio. OCHO. Parpadea un par de veces. Y otra vez más. Engancha su mirada a aquella nube con forma de velero, quizás el viento se la lleve rumbo a las antípodas del delirio. Al país de Nunca Jamás, ojalá. Pero de día no hay cometas para pedir deseos, ni polvo de estrellas para poder volar. NUEVE. Los ojos empapados y la voz arañándole los labios. Un hilo de aire se escurre por su traquea y resbala hasta el estómago. Ni gritar, ni llorar. DIEZ. Callar, como siempre. Traga y respira. Se muerde la esquina del labio de abajo y deja pasar un par de segundos antes de darse la vuelta. TIC, TAC. Se gira, y se va.

13.11.07

sinfonias



En días así me hundo en el mar. Cierro los ojos fuerte, muy muy fuerte, apretando tanto los párpados que hasta creo que me mareo. Me como las ganas de desgarrarme la voz y abro la boca para que las olas me engullan. La sal enzarzada en los labios y la espuma serpenteando en la garganta. Burbujas en el estómago y el ovillo de nervios que tengo por intestino multiplicándose por cada segundo que pasa. Mis huesos no son un buen chubasquero para la rabia que se esconde en su médula.

Se me encharcan los pulmones y yo abro la boca, un poco más. El agua filtrada en las venas y la sangre asfixiando el corazón. Cambio los latidos por el vaivén de la marea que sube y baja pasándose por alto las cómplices miradas de la luna. Aire por agua. Por la nariz, por las pupilas, por los oídos y por cada ranura de piel mal cicatrizada.

Estruendo de olas retumbando en las paredes del cráneo. Las tormentas de mar no acarician a nadie. Me ensordecen los silbidos del viento. Mis células se ahogan y yo sigo hundiéndome cada vez más. La presión del agua me revienta los tímpanos. Agua y más agua. Asfixia y vahídos. Un instante más sin respirar… y de repente, silencio absoluto. Como el abismo del compás en blanco en el que cae la orquestra rompiendo el clímax del gran estallido.

Es armonía. Y yo soy líquido. Nada más. Los vértigos naufragando a la deriva. Mi cuerpo anclado en lo más profundo de este mar de invierno, océano de hielo, y la tranquilidad que arrastra la muerte súbita desprendiéndose de mi piel. Adagio entre las olas… piano, pianisimo.

4.11.07

fantasmas



Y en el momento menos pensado, cuando estaba casi segura de haberte arrancado de mí, apareces en mi cabeza disfrazando sonrisas de nostalgia. Sin llamar a la puerta y sin pedirle permiso a nadie. Entras y te pones a sacarle el polvo a todos nuestros recuerdos, a velar carretes de sueños que nunca me he atrevido a quemar y a desenredar de telarañas tus abrazos de algodón. Y me da rabia, ¿sabes? Pero parece que mi voz rebota en tus oídos y resbala en tu silencio. Intentar hablarte es como escupir palabras en un precipicio. Ajena a mí, te paseas por mis entrañas como una niña curiosa buscando ilusiones entre los trastos viejos de una azotea recubierta de carcoma. De puntillas, evitando el más mínimo ruido. Pero tus sigilosas huellas descosen mis heridas. Y me arañan la razón. ¿No te das cuenta? Tu tranquilidad me desespera. Despiertas mi miedo, haces que salga de su cueva y esparza escarcha sobre mi piel. ¿A qué has venido? Aquí no vas a encontrar nada que te merezcas. No hace falta que busques más, creéme. Este no es tu lugar. Vete. Antes de que empiecen a ahogarme los delirios. Ni mañana, ni dentro de un rato. Ahora, vete.