10.8.07

enredaderas

Eran las nueve y las nubes ya envolvían las cimas de las montañas. Descendían, lentamente, ajenas a cualquier contexto, acariciando el verde de las laderas y abrazándose a los árboles; vistiendo el aire con retazos de algodón, dándole formas asimétricas con los bordes redondeados y matices oscuros en los recovecos deformados por la perspectiva.

Aquí, al anochecer, las nubes dejan de flotar y caen en manos de las fuerzas de la gravedad. Las atrae el suelo, el centro del planeta, para ser más exactos, como a nosotros. Pero ellas se resisten, igual que los pájaros, por eso casi cada amanecer ya han vencido a la física y han recuperado su ingravidez habitual. Aunque, a veces, como estos días atrás, les cuesta un poco más de la cuenta volverse a pegar al cielo, y emborronan los paisajes hasta pasado el mediodía, o incluso tardan días enteros hasta que consiguen volverse a izar. Pero siempre lo consiguen.

En fin, serían las diez cuando el cielo parecía recostarse sobre mis hombros. Oscuro, cada vez más oscuro. Y la música del concierto seguía colándose por las ranuras de mis oídos, haciéndome mover por inercia los pies, llevándose con su ritmo mi mirada y un ovillo de pensamientos que se iban deshilachando a medida que se estampaban contra la realidad.

La noche pesaba, se iba espesando por momentos. Y yo no sabía si era el aburrimiento o la inconciencia lo que me llevaba a divagar por los limbos del surrealismo y la racionalidad. El caso es que, sin darme cuenta, me había vuelto a instalar en uno de aquellos paréntesis de ausencia y de tiempo, había regresado a mi burbuja de hojalata desde donde el mundo parece una canica de cristal. No sabía en que instante había dejado de estar en la Tierra, pero de alguna manera había escapado de mí, había salido de mi cuerpo y me había plantado en la Luna de la abstracción.

A veces lo hago, pero nunca recuerdo cómo. Me evado de mi vida y me dedico a mirarla desde fuera, a lo lejos. Creo que me basta tan solo con cerrar los ojos, parpadeo y salgo de mí en forma de suspiro, enganchada a las moléculas de oxígeno que suelto por la ranura de los labios entreabiertos. Ahora no podría asegurarlo, pero sí, creo que es así. Entonces hago como las nubes y desafío a la gravedad. No siempre me salgo con la mía, no es tan sencillo, pero cuando lo logro, me agarro a las estrellas y empiezo a trepar cielo arriba, como una enredadera. Me siento en algún satélite y miro el mundo diminuto. O en ocasiones ni eso. Solamente me quedo sentada y pienso. Como hoy. Bueno, pienso o sueño, porque la verdad es que todavía no he sabido encontrar la frontera que distingue los dos términos.

2 comentarios:

La chica de Potedaia dijo...

¿Es obligación decir algo ingenioso o intentarlo?¿Te vale si te digo que te leo y que me sigue gustando mucho como escribes? ;)

Caperucita dijo...

jejje, claro que me vale :)