29.8.07

distorsiones

Llevo unos días rara. Tengo nudos en los pulmones y retales de nervios cosidos a las venas. Respiro ráfagas de Vértigo y no puedo dejar de pensar, de darle vueltas a todo.

Se me enredan las horas y se me mezclan los días. Los segundos dilatados de un minuto fugaz y las horas efímeras de un día infinito. Giran las agujas del reloj y no sé si lo que he vivido pertenece a hoy, a ayer, o al sueño interrumpido de anoche. Es como si estuviera atrapada en un surco intemporal, en una especie de burbuja donde todo es relativo, donde se embrollan Sentido y Sueño, y el Tiempo se para a descansar cuando el sudor hace que le escuezan las heridas que la Eternidad rasga en su piel como castigo por correr, a ratos, demasiado aprisa.

Luna llena esta noche. La miro, no puedo dejar de mirarla. Se acurruca entre los coágulos que han dejado en el Cielo las nubes deshilachadas de la tormenta de hace un momento. Hoy el Sol no se acordó de abrochar las estrellas antes de acostarse… Pero no importa; uno a uno, siguen desplomándose los segundos en el abismo interior del reloj de arena de la Existencia.

Podría tirar una cuerda y amarrarla en una de esas aristas del Universo. Trepar, subir hasta ahí arriba y sentarme en uno de esos cráteres que esconde la Luna tras su vestido de nieve. Sacar los prismáticos y buscar la sintonía de tu mirada entre los millones de ojos que duermen bajo los párpados de la Madrugada. Susurrarte buenas noches y soplarte un abrazo de almíbar en una ranura de piel. Podría… podría hacer tantas cosas si dejara de existir el Tiempo, la Distancia, la Realidad.
¿Lo ves? Si es que no puedo dejar de soñar, de pensar y darle cuerda a fantasías absurdas.

28.8.07

otoño


Vuelve ya. Vuelve a despojar los árboles y a vaciar la playa. A enfriar la arena y a destemplar el sol. A tapizar las calles y a teñir el mundo de marrones, naranjas y amarillos desgastados. A vestirme con guantes y jersey. A soplarme frío por las costuras de la ropa y esconderte en los recodos de mi piel. A desteñir el mar y a prestarle horas a la noche, lunas llenas al cielo y lluvia de cristal a las nubes de papel. Vuelve ya, te necesito. Necesito que me envuelvas tu bufanda en el cuello y que me soples besos de seda en aquel lunar que duerme bajo mi oreja. Que enredes mis dedos entre los tuyos, mis sueños con tus abrazos y tus suspiros con los hilos de mi silencio. Que me descosas los secretos que me silba el viento y que seas algo más que un holograma cuando despierto y pienso que te tengo al lado… Que respires por mí cuando me falta el aire, cuando no sé respirar porque se me para el mundo y el cuerpo cuando te siento. Que reaparezcas en mi buzón, que vuelvas para compartir conmigo tardes de mar, palabras, sentidos y ensueños.

12.8.07

retahílas

Desatarme la mente y deshacer las retahílas de pensamientos que construyo para no pensar en ti, para evitarte. Soñarte sin remordimientos, imaginarte, inventarte… Pisar la sombra del miedo a sentirte demasiado cerca, a echarte más de la cuenta de menos, y dejarme llevar por las ganas, las simples ganas de estar contigo.

Hundir mi mirada en el catalejo de tus pupilas, fundir mis ojos en tu retina y esbozarte escalofríos sobre los párpados. Entrar sigilosamente en ti, recorrerte, sin ruidos. Cada recoveco de tu interior, cada calle de los sentidos. Jugar a descubrir los secretos que escondes tras las esquinas de los huesos.

Y robarte los pinceles con los que te pintas las sonrisas, y algún que otro susurro de aquellos que almacenas en la trastienda de los labios, recubiertos de silencio. Enredar besos de azúcar en tus cabellos, coserte mis pecas a la piel y en su lugar amarrar tus cicatrices.

Saborear las caladas de tu voz. Respirarte y sentir tu olor dentro de mí, el humo de tus suspiros calándose en mi boca, escurriéndose por mi tráquea y enzarzándose suavemente en los huecos de los pulmones.

Trepar por tus arterias y desenvolverte el corazón embalado con hojas secas. Columpiarme en tus diástoles mientras las sístoles hipnotizan mis temores. Naufragar en tu sangre de mar, diluirme entre las olas que hacen bailar tus latidos y dejar que la marea me arrastre hacia la playa que guardas en aquel recodo de piel, donde tu mirada de luna se tumba cada madrugada a tomar el sol. Acostarme a su lado y extrañar la ausencia de tus abrazos, esos que aún no he podido abrazar.

Cerrar los ojos y sentir tu cadera rozando la mía, sonrojarme y sonreír, sin arrepentirme de tenerte metida en cincuenta y ocho de los sesenta segundos de cada minuto de mi reloj. Dejar que te escondas en los vacíos de la memoria, encontrarte cosida a todos los ángulos de mi cabeza y no vestirte con abrigos transparentes para hacerte desaparecer, para hacer ver que no te veo.

Quiero saber que estás ahí y embobarme jugando con las letras de tu nombre entre los dedos. Dejar que mi imaginación se mueva atraída por los imanes de la tuya. Dejar de vedarte por todo lo que puede conllevar soñarte demasiado. Dejarme sentir, sin más. Sentirte sin comerme las ganas de dejar de ignorarte, y abrocharme sin pensármelo a ti.

10.8.07

enredaderas

Eran las nueve y las nubes ya envolvían las cimas de las montañas. Descendían, lentamente, ajenas a cualquier contexto, acariciando el verde de las laderas y abrazándose a los árboles; vistiendo el aire con retazos de algodón, dándole formas asimétricas con los bordes redondeados y matices oscuros en los recovecos deformados por la perspectiva.

Aquí, al anochecer, las nubes dejan de flotar y caen en manos de las fuerzas de la gravedad. Las atrae el suelo, el centro del planeta, para ser más exactos, como a nosotros. Pero ellas se resisten, igual que los pájaros, por eso casi cada amanecer ya han vencido a la física y han recuperado su ingravidez habitual. Aunque, a veces, como estos días atrás, les cuesta un poco más de la cuenta volverse a pegar al cielo, y emborronan los paisajes hasta pasado el mediodía, o incluso tardan días enteros hasta que consiguen volverse a izar. Pero siempre lo consiguen.

En fin, serían las diez cuando el cielo parecía recostarse sobre mis hombros. Oscuro, cada vez más oscuro. Y la música del concierto seguía colándose por las ranuras de mis oídos, haciéndome mover por inercia los pies, llevándose con su ritmo mi mirada y un ovillo de pensamientos que se iban deshilachando a medida que se estampaban contra la realidad.

La noche pesaba, se iba espesando por momentos. Y yo no sabía si era el aburrimiento o la inconciencia lo que me llevaba a divagar por los limbos del surrealismo y la racionalidad. El caso es que, sin darme cuenta, me había vuelto a instalar en uno de aquellos paréntesis de ausencia y de tiempo, había regresado a mi burbuja de hojalata desde donde el mundo parece una canica de cristal. No sabía en que instante había dejado de estar en la Tierra, pero de alguna manera había escapado de mí, había salido de mi cuerpo y me había plantado en la Luna de la abstracción.

A veces lo hago, pero nunca recuerdo cómo. Me evado de mi vida y me dedico a mirarla desde fuera, a lo lejos. Creo que me basta tan solo con cerrar los ojos, parpadeo y salgo de mí en forma de suspiro, enganchada a las moléculas de oxígeno que suelto por la ranura de los labios entreabiertos. Ahora no podría asegurarlo, pero sí, creo que es así. Entonces hago como las nubes y desafío a la gravedad. No siempre me salgo con la mía, no es tan sencillo, pero cuando lo logro, me agarro a las estrellas y empiezo a trepar cielo arriba, como una enredadera. Me siento en algún satélite y miro el mundo diminuto. O en ocasiones ni eso. Solamente me quedo sentada y pienso. Como hoy. Bueno, pienso o sueño, porque la verdad es que todavía no he sabido encontrar la frontera que distingue los dos términos.