29.4.07

ninguna parte

Se acerca el tren. Mira, ahí a lo lejos, donde la perspectiva estrecha las vías y a penas te cabe el dedo entre los dos raíles. ¿Lo ves? Es el nuestro. Ese puntito rojo que va creciendo por momentos. Coge el billete, no te lo olvides.

Suspiran las nubes balanceando las hojas de los eucaliptos que hacen sombra en el andén. El ligero viento que exhalan juega con mis cabellos y acaricia la piel de todos los que esperamos. Nos esboza espirales de magia en el cuello, en un tobillo, entre los dedos, en la cadera… Tatúa a todos los que guardamos los sueños en la mirada. No cierres los ojos, todavía no.

No preguntes a dónde vamos. Escoge el vagón que quieras y sube. Siéntate junto a la ventana, si puede ser. Espera a que se cierren las puertas y a que el tren empiece a coger de nuevo un poco de velocidad. Ahora sí. Cierra los ojos, con todas tus fuerzas. Aprieta los párpados durante unos segundos y suelta las riendas de la imaginación. Ponte las alas. Y vuelve a abrirlos, suavemente… ¿No reconoces estos paisajes?

Son tus sueños. Anda, ven. Vamos a volar.

Contarle secretos a la Luna y disfrazarnos de agujeros negros. Colgar las estrellas de mar en el cielo y pintar los peces a rayas de colores. Inventar corazones de algodón y hacerle cosquillas al universo. Escondernos entre auroras boreales y escribirte besos con sabor a canela bajo la piel. Cambiar el sentido de las agujas del reloj y moldear el tiempo. Saltar sobre las olas. Girar la rosa de los vientos y poner el norte en el sur. La derecha en la izquierda y mis pestañas entre las tuyas. Susurrarle a la arena los mensajes de aquella botella. Hacer que la lluvia caiga al revés y diluir tus sonrisas con mi ilusión.

Es un viaje de aquellos a ninguna parte. ¿Te vienes?

22.4.07


Siguiendo las luces de los faros de los sueños...
Quiero desaparecer.

16.4.07

arquitectura sideral

¿No has tenido nunca la sensación de estar vacío? Esa sensación de que te falta algo, como cuando haces un puzzle y te queda el hueco vacío de una pieza que no encuentras, o que has perdido...

Tú eras la pieza que me faltaba, la figura que debía rellenar ese hueco que tenían mis sentidos. Yo, sin embargo, era la suya, era aquel pedazo que necesitaba para estar completo. Pero él nunca ha ajustado conmigo y yo no he sabido encajar en ti.

A veces siento que no ajusto en ninguna parte… No tengo la forma que debería tener para encajar en el mundo. Soy una masa abstracta, indefinida, lejos de la precisión de cualquier figura geométrica.

Él es simple, tiene la exactitud de un cuadrado. Con las esquinas rectas y los cuatro catetos iguales. Algo le fallará, estoy segura, pero a simple vista sus errores son imperceptibles. Mido todos sus centímetros, calculo sus perfiles, las diagonales, su centro de gravedad… Todo es perfecto, sigue las estrictas reglas de la ciencia matemática.

Ella… es más compleja. Es un pentágono. Según mi compás, sus ángulos son también perfectos, al igual que sus lados. Pero sus diagonales me vuelven loca. No se cruzan en el centro, como las de él. Estas, al ir de vértice a vértice, forman diez triángulos pequeñitos, isósceles, cinco con sus tres ángulos agudos y los otros cinco con uno de ellos obtuso. Los cinco catetos menores de estos cinco primeros triángulos acutángulos constituyen, a su vez, un pentágono como el inicial, pero a escala reducida. Si te fijas bien, estas diagonales dibujan un polígono estrellado. Una estrella de cinco puntas. Ésta es su estructura. Y si dividiéramos el pentágono menor siguiendo las instrucciones de sus mismas diagonales, volveríamos a encontrarnos con otro pentágono aún más pequeño, circunscrito dentro de otra estrella.

Es geometría sideral. Mirarla a ella es como darle vueltas a un calidoscopio. Un millón de formas y colores que juega con mis pupilas. Cartografío su cuerpo, milímetro a milímetro, poniéndole coordenadas a cada una de sus pecas, todas sus líneas… Arquitectura estelar. Infinita.

Yo, por más que he moldeado mi masa indefinida, sólo he conseguido crear algo parecido a las circunferencias. Círculos vacíos, esferas imperfectas que no encajan con nada. Y es que ninguno de estos dos polígonos regulares conjuga con mis medidas.

Él no cabe en mí, es demasiado grande. Sus escuadras sobresalen por los límites de mi volumen, rasgan mi piel hasta hacer agujeros por donde emerger. Pequeñas heridas que segregan una mezcla de angustia y de rabia, y que se van abriendo lentamente, cada vez un poco más, y más… Y no puedo dejar que lo que empezaron por ser unos pequeños arañazos acaben convirtiéndose en cortes demasiado profundos. Me desangraría, perdería mi compostura.

El pentágono sí que cabe en mí. Perfectamente. El problema, en este caso, es que le sobra espacio. Sus aristas impares se pierden en mi vacío. Giran los ángulos rebotando en las paredes de mi estructura, hasta me hacen cosquillas de tanto dar vueltas. Sin embargo, al sacudirse sus estrellas en mi interior, se me clavan por todas partes, se enganchan con los radios de la redonda y se hincan como espinas en los tejidos nerviosos. Tienen los vértices demasiado afilados, me perforan los sentidos.

Pero su estructura sideral tiene un encanto especial. Esconde magia en las esquinas de su silueta. Y yo me pierdo. Se descomponen mis trescientos sesenta grados para hacerle un recoveco acogedor, a su tamaño…

Pero por más que me intento moldear, tanta precisión no encaja conmigo. Ni el estereotipo de perfección del cuadrado, ni los hechizos ocultos y tan soñados de un pentágono estelar. Es curioso. Tengo un hueco demasiado pequeño cuando se trata de él, y un vacío enorme cuando me pongo a pensar en ella…

Estoy cansada de intentar recomponerme, de ser la arquitecta de mis sueños y mis mentiras… No quiero jugar más a los rompecabezas. Dime, ¿dónde coño está la pieza que me falta? ¿Dónde está mi lugar?

6.4.07

nubes

Abril húmedo y frío. Hace cuatro días que llueve y no parece que el cielo tenga ganas de dejar de llorar.

Llegué contenta, sonriendo. Con las alas abiertas en mi mundo de sueños. Pero una vez más me he vuelto a empotrar contra el mundo, contra la realidad.

Y no hablo, se me quitan las ganas de hablar porque a cada palabra que digo se le proyectan ecos que sólo provocan discusiones y enfados inútiles. Le grito al silencio.

Se me meten las nubes en los ojos. Me cuesta parpadear. Así que desconecto los cables que me atan al suelo y me hundo en el onírico mundo de mi imaginación. Allí no es que todo sea perfecto, pero como mínimo la gente se escucha y se puede luchar por los sueños sin sentirse una niña malcriada y estúpida.

1.4.07

*italia

Se balancean las sonrisas. Todavía me late el corazón al compás de las olas y mis párpados siguen sincronizados con la luz de aquel faro que me arrancó la mirada anoche. Veinte horas soñando sobre el mar.

Venecia me regaló una máscara de Luna. Lluvia gris desvaneció las huellas desconocidas que escribieron mis zapatos sobre las calles embaldosadas de la ciudad. Me perdí entre los ojos huecos de infinitos antifaces.

Me encontré en el Coliseo después de unas cuantas horas de autobús. La columna de Trajano, el arco de Triunfo, la Fontana di Trevi… Una moneda y un deseo. Caminar y seguir caminando entre la vieja Roma. Las nubes volvían a llorar.

Un hotel con un entrañable decorado de telarañas en las paredes. Tres dedos de polvo en el armario, un sospechoso estampado de manchas azules sobre el edredón blanco y unas toallas impermeables que escupían las gotas de agua cuando te intentabas secar.

Rodear el Vaticano andando, es decir, dar la vuelta a un país entero en cuarenta y cinco minutos de reloj (la próxima vez nos compramos un mapa). Más de dos horas de cola para poder entrar y quedarme encantada por los cuadros y las esculturas de Michelangelo, Bernini, Rafael… Evaporé todo lo demás no referente al arte.

Cargar con las maletas y embarcar. La puesta de sol y el viento zarparon con nosotros. Atrás un viaje de fin de curso y un montón de anécdotas para esculpir en el pasado. Enfrente el mar, la inmensa mar. Una noche flotando sobre azul y columpiando los sueños con un extraño ritmo hipnótico.

A las tres de la tarde he vuelto a pisar Barcelona. Sonrío; ella a lo lejos también. Tú, sin embargo, dejas caer las miradas y los labios. No sé que más hacer para sacarme de tu cabeza, para salir de ti sin hacer ruido y sin dejar vacío.