28.2.07

retazos de hada

Busco tu silueta de hada. Detrás de las farolas, en el ángulo imperfecto de cada esquina, entre el cemento que conjuga las baldosas de la acera. Bajo los reflejos de neón, entrelazada con mis huellas, entre los ecos sordos de la ciudad, por todas partes… Pero ni rastro.

Aunque sigues ahí. Sé que estás. Porque cada vez que me pongo a escribir apareces atada a mis palabras. A pesar de que no quiera hablar de ti, ni contigo. Entre línea y línea se reordenan automáticamente las letras para escribirte, como si estuvieran programadas. Incluso a veces, si estoy sola, siento como asomas la cabeza por detrás de mi hombro y soplas suavemente para que los caracteres pierdan su centro de gravedad y titubeen sobre el papel susurrando tu nombre. Entonces me doy la vuelta medio hipnotizada, pero nunca te encuentro. Sólo en alguna ocasión me da tiempo de engancharte un trocito de sombra con la mirada.

Sombras de hada. Tengo algunos retazos escondidos en una cajita, de todas las veces que he podido atraparte con el rabillo del ojo. Los guardo junto al pedacito de estrella que nos regaló la Luna aquella noche en que nos descubrió por sorpresa jugando a descoser agujeros negros, ¿te acuerdas? No sé qué hacer con ellos, soy incapaz de tirarlos. A veces los saco y me entretengo a reconstruirlos con imperdibles, intentando recomponer tu silueta. Otras, en cambio, los cuelgo con pinzas en una cuerda al lado de la ventana; me gusta ver cómo cambian de color con la luz del sol.

Últimamente, no sé por qué, tengo la sensación de que escribo para encontrarte. Para sentirte un poquito más cerca. Aunque prefiero pensar que todas estas palabras que huelen a ti no son mías, sino que es el viento el que las trae difuminadas de ilusión. No me atrevo a pensar que lo que se lee debajo de la tinta puedan ser mis sentimientos.

Me siento extraña al darme cuenta de que sigo encontrando una especie de refugio en el otoño de tus miradas. No quiero saber que te busco, ni que me gusta jugar al escondite con los perfiles de tus alas. Pero, no sé por qué, sigo desprendiendo letras y más letras de mis dedos. Sigo escribiendo, todavía no sé si es queriendo o sin querer, pero te sigo escribiendo.

18.2.07

prólogo

Quiero recuperar mi azul, y devolverle a la oscuridad las sombras y las cortinas negras que me prestó para decorar mi rincón de tristeza. Ya no las necesito. Por eso abandoné mi antiguo antro y me trasladé a vivir frente al mar, a este faro.

Alquilé la cabaña donde vivía, aunque me costó encontrar a alguien con ganas de restaurar los muebles de la nostalgia. Las lágrimas que adornaban las paredes se las vendí a la lluvia, hice un trato con ella. Con la desesperación y el sentimiento de culpabilidad no sabía qué hacer, pero al final los metí en una cajita y me los llevé para regalárselos a las olas. Eso sí, la soledad la guardé en una esquinita de mi piel, siempre va bien tenerla de compañera para ausentarse a ratitos del mundo.

La mayoría de tus recuerdos decidí esconderlos en el armario de las ilusiones perdidas, por si algún día me apetece hacer memoria y viajar al pasado. Las fotos y todos esos carretes de sueños que nunca llegamos a revelar juntas los envolví con papel de periódico y los puse bien al fondo de la maleta, junto al silencio que tantas veces me condenó a callar. Arriba del todo está el hilo de tejer sonrisas y las ansias de volar.

Ya está, no quería arriesgarme a cargar con nada más, por si el peso me lastraba las alas. Bueno sí, me olvidaba las acuarelas de ilusión y la cámara de fotos. De la indecisión y la inseguridad no me supe deshacer, se ve que las llevo mezcladas en la sangre, así que me las traje conmigo. Ahora sí, ya estaba lista para trasladarme a vivir frente al mar. Cerré la puerta y colgué el cartel de “se alquila”.

Las olas me esperaban para traerme hasta aquí, hasta el faro del islote de las gaviotas.