31.12.07

divergencias



Veinticuatro horas y empezará un año nuevo. Dos mil ocho, cómo pasa el tiempo... Eso mismo pensaba mientras te miraba esta tarde. Te miraba y te escuchaba, a ratos sin mirarte demasiado y otros sin oírte suficiente. Hablabas sin parar. Casi no me has dejado ni abrir la boca. Me sentía extraña, distante. Tú parecías nerviosa. Miedo al silencio, diría. O a que se me ocurriera trasladar las palabras al pasado, quizás. No lo sé, no te conozco. Me mirabas, sin callar. Tus ojos clavados en mi cara, e infinidad de interrogantes precintados tras mis labios. Me contabas cosas del verano, del trabajo, de tus primas, de la que acaba de nacer y de la mayor. Como antes. Divagabas y yo te seguía.

Un café con leche y un cacaolat sobre la mesa. Las manos heladas y dos años de divergencias volatilizándose con el olor a chocolate caliente, el mismo de aquella tarde en este mismo bar hace ya un par de inviernos, después de una sesión de frío y de cine. Ni un recuerdo entrelazado con la conversación banal que se diluía entre el azúcar de tu café. En mi cabeza, unos cuantos; en la tuya, ni idea. Los míos, por eso, no me he atrevido a sacarlos. Necesitaba un silencio para desatrancarlos, pero no encontraba ninguno. En unos minutos lo intento, me iba diciendo a mí misma. Ahora, cuando hayamos exprimido esta especie de diálogo, antes de que nos dé tiempo a enredarnos con las telarañas de cualquier otro tema. Pero de repente ha empezado a aparecer gente. Amigas tuyas; mías, puede ser, alguna vez. Se han sentado con nosotras y has dejado de despilfarrar palabras como una loca. Has entrado en tu refugio, terreno neutro. Yo me he quedado mirándote, vagamente, con la cabeza apoyada en la pared. Pensaba en el tiempo. Y me sentía todavía más extraña. Pequeña, también, diminuta, indefensa. Buena estrategia, la tuya.

He seguido medio callada. Se me habían pasado los nervios de hacía un momento, el desasosiego de tenerte de nuevo delante. Aunque temblaba un poco, aún. El frío, la inseguridad y la impaciencia. Las ocho y media. Me temo que hoy me quedo con las dudas. Bueno, hoy y supongo que siempre. Te miro sonreír, me gustas. Siempre me has gustado, incluso cuando no te soportaba, cuando te esquivaba porque no soportaba que me siguieras gustando. Me daba rabia. Pero mira, ahora es pasado. Dicen que el tiempo lo cura todo, debe de ser verdad.

Un nestea, una cocacola y dos cortados sustituyen el vaso de tubo y la taza vacía de antes. Cinco sillas en una mesa para dos. Me parece que me voy. Ya tenéis planes y yo estoy medio perdida. Perdida del todo, vaya. No sé qué cojones hago aquí. Cada vez me siento más ínfima. Soy un satélite inesperado dentro de esta nueva conversación, un insecto desconocido que no tiene demasiada habilidad para trepar por esta telaraña que ha surgido de la nada. Creo que he aguantado el rato suficiente para que no pensaras que me iba huyendo. Pero sí, huía. Aunque me hubiera encantado compartir unas cuantas palabras más contigo. O tal vez otro café como el primero, superficial, para qué engañarnos. ¿Lo volveremos a hacer? No lo sé. De hecho, da igual. Me pongo la chaqueta y me envuelvo el pañuelo verde en el cuello. Afuera hace un frío horroroso, y me apuesto lo que quieras a que se multiplicará por diez por el simple hecho de salir de este rincón. Ya me conozco, me helaré y las piernas se me convertirán en trenzas de escarcha.
¿Te vas ya?, Se me ha hecho tarde, me he dejado los apuntes esparcidos encima de la mesa, debería estar estudiando…

Busco una moneda dentro la bolsa y te vuelvo a mirar. ¿Me pagas el cacaolat? Me miras también. Tres segundos y haces un gesto con la cara. Déjalo, da igual. Dos besos a todas, los tuyos los últimos. Nada especial. Un "que vaya bien" al borde del oído y feliz año. Sí, sí, mañana empieza. ¿Saldrás? Igual nos vemos... Me giro y me voy buscando no sé qué en el bolsillo, cualquier cosa. No sé interpretar esta jugada del destino, esta casualidad que ayer te hizo cruzar mi mirada y esta tarde nos ha sentado en esta mesa enana. ¿Paso de página? Mañana vuelve a empezar, otro año. En veintitrés horas, sólo veintitrés… Mira, ¿sabes qué te digo? Que no le doy más vueltas. Sea como sea, mi memoria ya te había encerrado en el cajón de los recuerdos. En el de la nostalgia, sí, pero estás llena de polvo y no tengo ganas de ponerme a limpiar. Tengo alergia a los ácaros, ¿lo recuerdas?
Haz lo que quieras, yo sigo adelante. Feliz dos mil ocho, eso sí…

29.12.07

locuras


A veces me doy miedo. Mi cabeza, mi razón. No sé hasta qué punto soy consciente de lo que pienso. Hace días que tengo la sensación de que mis neuronas divagan en la atmósfera de otro mundo. Otra realidad. Se me mezclan los sueños con los recuerdos. Hoy, por ejemplo, me ha venido a la mente que tenía una cicatriz en la sien, entre las cejas, y he tenido que levantarme corriendo hacia el espejo porque no sabía si era verdad o mentira. Una ilusión. Bff... No sé qué narices me pasa. Me crecen espirales de vértigo en la garganta, me da miedo volverme loca...

20.12.07

¿saltas?


subiría ahí arriba, otra vez, tropezándome con todas las piedras que se cruzaran en el camino. volvería a escalar, sin arnés, con las manos llenas de polvo, una mochila vieja en la espalda y unas botas desgastadas. treparía hasta esta cima, o hasta aquella de más al fondo. me arañaría las rodillas y los dedos, y un poco la cara, tal vez. y una vez allí, con la cabeza rozando los límites del cielo, me pararía a respirar y daría un paso hacía el vacío. uno y no más, sin amarrar cuerdas a las nubes. ¿sería una locura? quizás. pero a veces hay que arriesgar para encontrar respuestas, para estamparse contra el suelo y abrir los ojos o para sacar las alas y seguir soñando. porque nunca sabes qué vas a encontrarte en la otra ladera de la montaña. puede que no te encontrara, ni a ti, ni a mí misma. puede que se me rompiera la ilusión en mil pedazos, pero seguro que así también se rompería la angustia de la duda, todos los “y si…” recreándose entre los nervios. puede, sí. y también puede que estés ahí, al otro lado del precipicio, cortando las lianas de la gravedad, agarrándome la mano. saltaría, desde aquella arista. ¿la ves? saltaré, porque últimamente nada tiene sentido. porque todos los caminos están cortados y ya estoy harta de buscar atajos. no puedo más, ¿saltas conmigo?

6.12.07

doscientos sesenta


Asomó el retrovisor tres calles más arriba. Se detuvo un instante en el stop, aceleró y dobló la esquina. Tardé pocos segundos en alcanzar a ver que era el mío. Con el billete en la mano, desvié la mirada hacia el suelo y la clavé junto a la grieta que se escondía bajo la suela de los zapatos del chico de la chaqueta gris, que adelantó dos pasos mientras se abrían las puertas. Se esperó medio segundo, subió el escalón y se metió dentro. Avanzamos mi mirada y yo tras él. Levanté la vista y me encontré con el doscientos sesenta en las narices. La casualidad había vuelto a traerme aquel autobús. Sí, sí, casualidad, no podía ser otra cosa. Hacía dos semanas que coincidía con él, a cualquier hora y en cualquier parada, de ida o de vuelta. Línea noventa y siete, coche doscientos sesenta.

Subí yo también y me senté junto a la ventana, en la parte de atrás, a la izquierda. Vaya, ni siquiera me había parado a ver dónde se habían sentado los zapatos en los que me había estado fijando hacía un momento. En fin, tampoco me había parado a escoger el sitio donde iba a sentarme como acostumbro a hacer otras veces mientras recorro el pasillo. Total, daba igual. Aunque me sentara en otro lugar, sabía que volvería a pasarme otra vez lo mismo. Lo supe en cuanto vi que el destino me había metido de nuevo en ese autobús. Bueno, destino o casualidad, qué más da, si al final acaban por no ser tan distintos.

Hacía calor pero no me quité la chaqueta. Ni el pañuelo del cuello. Apoyé la cabeza en el cristal y me enchufé la música. Dos manzanas recorrimos hasta que se me empezó a despertar aquella extraña sensación en el estómago, es curioso, siempre se despertaba ahí. Era como si se me encogiera. Se me estremecían los nervios y, en nada, la piel. ¿Ves? Maldito doscientos sesenta… Un escalofrío crecía desde la última vértebra de la columna hacía arriba, trepando por la espalda y soplándome polvo de ensueños que, al girar en la segunda rotonda después de la cuarta parada, se ramificó por todo mi cuerpo. Un hilo de hormigas se deslizaba por la tráquea, se filtraba en las venas y se diluía con aquel temblor que había acabado calándose en la médula.

Todavía no se había sentado nadie a mi lado, delante sí. Perdía la mirada por la ventana y no podía evitar cerrar los ojos. Dejar caer los párpados un momento y dormirme a medias mientras se me revolvían los demás sentidos. Ya estabas ahí otra vez, si es que era irremediable. Tu cadera a dos centímetros de la mía y mi rodilla rozando tu pierna. Y de repente, nuestros dedos enredándose torpemente en ese diminuto abismo de realidad que nos separa. Tiempo y distancia perdidos en los laberintos de la ilusión. Agarrados de la mano, como tú y yo. Sin encontrar la puerta de salida de ese sueño. Y le otorgo el indefinido ese porque aún no sé si lo puedo definir como mío, tuyo, o tal vez de las dos… Aunque juraría que los sostenidos de tus palabras y los bemoles de mi voz sí que se conjugan entre silencios de pronombres compuestos.

La vuelta a otra esquina y el hormigueo tambaleándose de la garganta a la boca. Joder, otro escalofrío. Abrázame, anda. Y déjame susurrarte al oído que me encantan los zapatos del chico pelirrojo que se ha subido en la misma parada que nosotras. Cruzar las piernas y hacer ver que ha sido la sacudida que ha dado el autobús al frenar en el paso de peatones la que se ha comido los dos centímetros que había entre tú y yo. Soltar media sonrisilla porque sabemos de sobra que la física nos hubiera arrastrado hacia delante y no de lado. Mi mirada perdida aún, divagando a través del cristal. No me atrevo a rescatarla para mirarte. Los ojos se han declarado en huelga frente a los otros cuatro (¿cuatro sólo?) sentidos, aunque todos sepan que no es más que una excusa para disfrazar su cobardía y su timidez.

No te puedo sentir tan cerca con tan solo cuatro sentidos. Es imposible. Aunque tal vez si a los míos le sumamos los tuyos… entonces ya sería un poco más fácil resolver la ecuación de tu ausencia. Claro que, pensándolo mejor, se trataría más bien de un sistema con dos incógnitas, tu ausencia para mí y la mía para ti. Y si es así, el pronombre indefinido de antes ya lo podríamos sustituir por uno compuesto, así que ya no sería ese sueño, ni mi sueño, sino el nuestro. Cosa que a decir verdad me dejaría bastante más tranquila. Bueno, no sé si es tranquilidad exactamente a lo que me refiero, sólo sé que me encantaría saber que andas conmigo esquivando realidades; así, el desasosiego y la soledad dejarían de aturdirme a todas horas.

En veinte minutos estaré en clase y tú sigues agarrándome la mano. Me tiemblan los labios y no sé qué decirte. Sobran las palabras en este silencio, extraño pero no incómodo, sino más bien perfecto. Tu respiración en mi oído y la mía ahogándose en aquel rincón del pulmón que se paraliza cuando me pongo nerviosa. Y no me preguntes por qué estoy nerviosa porque no te sabré contestar. Tampoco me salen las palabras cunado estoy así. Es raro. Como también es raro sentirte. Odio subirme en este autobús, cada vez que me bajo te echo tanto de menos…

Recojo mi mirada, parpadeo y miro a mi lado. No hay nadie. Ya lo sé, sólo es un sueño, pero es que es tan real… Empiezo a escuchar la música que tenía puesta en los oídos. Quedaran unos doscientos sesenta metros para mi parada. ¿Querrá decir algo ese número? Es que no lo entiendo. Tal vez son las veces que tengo que soñarte antes de sentirte de verdad. O los besos que te mando mientras duermo. Las ganas que tengo de conocerte, ¿te imaginas? Tengo doscientas sesenta ganas de estar contigo… No, no, mejor no, esas son incontables. Doscientas sesenta estrellas fugaces para ver a tu lado. O cometas, o agujeros negros en los que caer por pensarte demasiado. Quizás sean las veces que tengo que parpadear antes de verte, o las veces que tengo que coger el mismo coche de la línea noventa y siete. Los abrazos que podremos compartir o la distancia que nos separa en alguna extraña unidad de un sistema métrico decimal aún no inventado.

Se abren las puertas, me toca bajar. Y extrañarte un poco más de la cuenta mientras camino hasta la facultad. Qué casualidad, el pelirrojo de la chaqueta gris y sus zapatos se bajan también aquí. Remolinos de vértigo multiplican las absurdas ganas de besar la boca de tu fantasma. Tengo la sangre revuelta y el corazón me late a trompicones. Necesito que estés aquí. Tenerte a mi lado un ratito, unas horas. Tenerte un instante, aunque sea. Doscientos sesenta segundos frente a mí. Mirarte. Ponerle labios a tu voz y ojos a tus silencios. Saber a qué saben tus palabras. Dejar de inventarte, de abrazar tus ausencias. Y abrazarte a ti, a la de verdad.

Qué dices, ¿dejamos de compartir sueños y nos compartimos en un pedacito de realidad?

26.11.07

rabias y tristezas


UNO. La mirada perdida en alguno de esos puntos indefinidos e infinitos de la Nada. De pie frente al cristal, paralizada. DOS. Cientos de moléculas de rabia carcomiéndole los nervios y un nudo estrangulándole la garganta. El mismo nudo de siempre. TRES. Aprieta los dientes con fuerza mientras sus pupilas se mueven cada vez más inquietas. Se ahoga, pero sabe que tiene que esperar. Un poco más, unos segundos hasta que se tranquilice, y el aire volverá a ventilarle los pulmones. De momento aún tiene las válvulas demasiado tensas. CUATRO. Gritar, llorar o callar. Seguir mirando por la ventana. El corazón a mil por hora y las venas rebozadas de agonía. CINCO. No, no está enfadada. Es distinto. Es odio y tristeza; éxtasis de rabia, por llamarlo de alguna manera, aunque realmente lo que siente no lo sabe ni ella. Sólo sabe que necesita escupir ese puñado de gritos que se anuda en su pescuezo. SEIS. Y soltar todas las lágrimas que hacen equilibrio en sus pestañas. Pero muerde más fuerte y conserva la compostura. Los codos apoyados en el marco del ventanal y los puños aguantándole las mejillas. SIETE. Dudas, dilemas, paradojas, respuestas sin pregunta y preguntas sin contestar. Una extraña presión en los oídos y nada más que el eco del silencio. OCHO. Parpadea un par de veces. Y otra vez más. Engancha su mirada a aquella nube con forma de velero, quizás el viento se la lleve rumbo a las antípodas del delirio. Al país de Nunca Jamás, ojalá. Pero de día no hay cometas para pedir deseos, ni polvo de estrellas para poder volar. NUEVE. Los ojos empapados y la voz arañándole los labios. Un hilo de aire se escurre por su traquea y resbala hasta el estómago. Ni gritar, ni llorar. DIEZ. Callar, como siempre. Traga y respira. Se muerde la esquina del labio de abajo y deja pasar un par de segundos antes de darse la vuelta. TIC, TAC. Se gira, y se va.

13.11.07

sinfonias



En días así me hundo en el mar. Cierro los ojos fuerte, muy muy fuerte, apretando tanto los párpados que hasta creo que me mareo. Me como las ganas de desgarrarme la voz y abro la boca para que las olas me engullan. La sal enzarzada en los labios y la espuma serpenteando en la garganta. Burbujas en el estómago y el ovillo de nervios que tengo por intestino multiplicándose por cada segundo que pasa. Mis huesos no son un buen chubasquero para la rabia que se esconde en su médula.

Se me encharcan los pulmones y yo abro la boca, un poco más. El agua filtrada en las venas y la sangre asfixiando el corazón. Cambio los latidos por el vaivén de la marea que sube y baja pasándose por alto las cómplices miradas de la luna. Aire por agua. Por la nariz, por las pupilas, por los oídos y por cada ranura de piel mal cicatrizada.

Estruendo de olas retumbando en las paredes del cráneo. Las tormentas de mar no acarician a nadie. Me ensordecen los silbidos del viento. Mis células se ahogan y yo sigo hundiéndome cada vez más. La presión del agua me revienta los tímpanos. Agua y más agua. Asfixia y vahídos. Un instante más sin respirar… y de repente, silencio absoluto. Como el abismo del compás en blanco en el que cae la orquestra rompiendo el clímax del gran estallido.

Es armonía. Y yo soy líquido. Nada más. Los vértigos naufragando a la deriva. Mi cuerpo anclado en lo más profundo de este mar de invierno, océano de hielo, y la tranquilidad que arrastra la muerte súbita desprendiéndose de mi piel. Adagio entre las olas… piano, pianisimo.

4.11.07

fantasmas



Y en el momento menos pensado, cuando estaba casi segura de haberte arrancado de mí, apareces en mi cabeza disfrazando sonrisas de nostalgia. Sin llamar a la puerta y sin pedirle permiso a nadie. Entras y te pones a sacarle el polvo a todos nuestros recuerdos, a velar carretes de sueños que nunca me he atrevido a quemar y a desenredar de telarañas tus abrazos de algodón. Y me da rabia, ¿sabes? Pero parece que mi voz rebota en tus oídos y resbala en tu silencio. Intentar hablarte es como escupir palabras en un precipicio. Ajena a mí, te paseas por mis entrañas como una niña curiosa buscando ilusiones entre los trastos viejos de una azotea recubierta de carcoma. De puntillas, evitando el más mínimo ruido. Pero tus sigilosas huellas descosen mis heridas. Y me arañan la razón. ¿No te das cuenta? Tu tranquilidad me desespera. Despiertas mi miedo, haces que salga de su cueva y esparza escarcha sobre mi piel. ¿A qué has venido? Aquí no vas a encontrar nada que te merezcas. No hace falta que busques más, creéme. Este no es tu lugar. Vete. Antes de que empiecen a ahogarme los delirios. Ni mañana, ni dentro de un rato. Ahora, vete.

19.10.07

ensueños de otoño


Otoño otra vez. Y las ganas de enredar mis pasos con tus huellas. Mi sombra pintada en la acera con tu silueta, y tus manos haciéndole cosquillas al vacío de mis bolsillos. El mar desteñido y la playa desierta. Para ti y para mí. Para coser las olas y las nubes grises con los hilos de tu bufanda a rayas de colores. Caminar por la azotea de las tormentas de anochecer, o de media mañana. Correr sin paraguas y perder la cuenta de las gotas que me salpican de las pestañas a la nariz. Pensar en ti, con el pelo empapado, mientras mi reflejo me mira desde el cristal de la ventanilla del metro, mi sonrisa de imbécil y los sueños que dejo bajar en cada estación. Llegar a cubierto y que tus palabras sequen mi silencio; escucharte, sin mirar el reloj. Tu piel diluyendo mi frío. ¿Lo oyes? Siguen lloviendo hojas secas al compás de aquel vals que el viento baila con las ramas desnudas de los árboles de la calle.

Domingos de cine y paseos laberínticos por los callejones del gótico, del raval, o de cualquier sitio, sin ir a ningún lugar. Tus labios de azúcar mezclados con el olor a chocolate de la pastelería de aquella esquina. Y un poco más adelante, bajando por la travesía de la izquierda, el abrazo tímido de siempre delante del mismo portal, nuestro portal de ilusiones. Merendar tus miradas de canela entre la espuma de un café con leche, y mirar disimuladamente mi cara deformada sobre el metal de la cucharilla. Compartir los naranjas del atardecer y las mangas de la chaqueta, y alguna que otra noche de respiraciones acompasadas. Soñar despierta y sonreír, sin más.

Sacar del armario los guantes deshilachados, y el gorrito aquel gris que siempre llevo encima pero nunca me pongo. Mis botas marrones con cordones naranjas y los pantalones de pana con estrellas a retazos. Embobarme viendo la lluvia que vuelve a caer. El pueblo inundado y yo otra vez sin paraguas. Salir a la calle y encontrarme un beso y medio bostezo tuyo sin sobre en el buzón. Que la humedad siga cuajando este sueño que nunca llega. Porque sí, vuelve a ser otoño, pero tú sigues siendo algo así como un pedazo de ausencia. Una ilusión que todavía no sé si tiene cabida en mi realidad. Miro el calendario y entre los días sólo encuentro ganas y más ganas de que dejes de ser un nadie indefinido y seas ese alguien que me abraza mientras me duermo.

¿Te has dado cuenta? Llega octubre y siempre me salen las mismas palabras. Mis dedos no saben teclear nada más que este puñado de letras desgastadas… Ven a buscarme, anda. O déjate encontrar…

8.10.07

dilemas

No he conseguido dormir más de veinte minutos esta noche. Me he levantado y se me ha caído el mundo encima. Hasta tenía ganas de llorar. Me he duchado con agua helada y se me han encogido un poquito más los pulmones. ¡¿por qué narices sigue sin funcionar el calentador?! La piel congelada y el frío metálico del vértigo palpitando en las venas. Buf, hoy es uno de esos días en que la vida me pesa más de lo normal. Joder, me va a costar disimular y colgarme la sonrisa barata de cartón en la cara.

¿Qué hora es? Podría quedarme tirada en la cama… Y seguir suplicándole a la realidad que te arranque de mi sueño. O ponerme una peli, de esas que he visto mil veces, y dejar de pensarte durante un ratito. Salir luego a ver el mar, y dejar pasar las horas y enterrarlas bajo la arena. Olvidarme de mí, y un poco de ti. Mañana ya será otro día…

Mierda, son las diez pasadas. Llego tarde, perderé el tren. Anda, va, haz un esfuerzo. Abróchate la piel de mentira y guárdate la vida en la cartera sin pensártelo más. ¿No ves que si te dejas caer nadie va a pararse a recoger tus cristales rotos? Te van a pisar, como siempre. Ponte la armadura de hojalata y sal a la calle. Bueno, ya me romperé otro día.

Cojo aire y abro la puerta. ¿Tengo que aguantar seis horas de clase haciendo ver que me entero de algo? Bah, no es para tanto. Sí, pero es que estamos a lunes. El viernes es fiesta, ¿te acuerdas? Es verdad. Venga, va. Le doy la vuelta a la llave y la saco de la cerradura. Voy a pasarme el día haciendo ver que no te sueño, que no te invento, que no te extraño, que ni tan siquiera existes. Voy a hacer ver que no me pasa nada. Espera, ¿acaso te pasa algo?

1.10.07

absurdas esperas


se quedó esperando. allí, en aquel rincón de ausencia, esquivando con la esperanza los resquicios de verdad, la cruda realidad que el viento escupía sobre su piel. sabía de sobra que no iba a llegar, que, como siempre, esperar era perder el tiempo y desgastar los sueños. pero aún sin entender exactamente por qué, permanecía en aquella esquina, inmóvil, analizando con la mirada cada retazo de paisaje, cada perspectiva que alcanzaba a ver..., a penas sin pestañear por miedo a que el pequeño detalle que tanto ansiaba encontrar pudiera aparecer en el preciso instante en que los párpados le cegaban durante escasas milésimas de segundo.

algo por dentro le decía que no podía marcharse, todavía no, que aún no era demasiado tarde para toparse con Ella. siempre le pasaba lo mismo. y es que a veces se hace tan difícil calcular el valor exacto de los adverbios indefinidos... demasiado poco, demasiado tiempo, demasiada ilusión, demasiadas preguntas... ¿cuánto demasiado es realmente demasiado?

así que seguía allí, en su recodo asfaltado de soledad. cada vez que miraba el reloj se prestaba diez minutos más de espera, sólo diez. aunque de diez en diez iban pasando las horas. tenía que encontrar aquella señal, por minúscula que fuese. tal vez se había enredado con la lluvia o con cualquier arista de aquel frío impersonal, y por eso tardaba tanto en llegar. "podría ser, ¿no crees?", se repetía inconscientemente. "quizás..."

perdía el tiempo. pero nadie conseguía arrancarle la absurda esperanza que llevaba cosida en los ojos. esperaba. siempre esperaba. ¿el qué? aún no se sabe... bueno, sí. cualquier detalle, respondía ella cuando alguien osaba preguntarle, cualquier pincelada de intranscendencia o cualquier nimiedad capaz de exprimirle una sonrisa y darle un vuelco a su vida. se veía de lejos que no estaba demasiado bien de la cabeza, por no decir que rozaba los bordes de la locura...

pasaron los días pero no se cansó de estar allí, quieta, a penas sin pestañear. nunca entendió que la gente normal no se para a leer los labios de las nubes, que el mundo está demasiado ocupado como para pararse a descifrar los mensajes que el destino esconde en esa cuarta dimensión que ella, junto con alguna otra Amelie y algún que otro ilusionista empedernido, tanto frecuentaba.

el frío le esculpió escarcha sobre los huesos. hizo de su sangre nieve, y le heló cada rasguño de esperanza que todavía latía débil entre las diástoles de su corazón. sí, sí, tal como lo oyes. todo por la estupidez de seguir creyendo en la Casualidad, por creer que la vida se puede tejer uniendo casualidades.

24.9.07

promesas



¿Sabes? Me presté un día, tan solo uno. Doce horas de luz para pensar en ti y una noche entera para soñarte. Me prometí que despertaría con una sonrisa pegada en los labios y que a partir de entonces sólo ocuparías breves paréntesis de mi tiempo.

Pero me tragué tu voz, sin querer. Tus sostenidos son tan suaves que se deslizaron por mi garganta mientras te escuchaba. Y ahora estás metida en mí. Te tengo ahí, tus vocales en el estómago y un puñado de consonantes enzarzado en cada pulmón. Con razón me ahogo cuando respiro.

Si es que soy un desastre... No puedo prestarme caprichos como este, ni prometerme cosas que sé que luego seré incapaz de cumplir. No he sabido evitar que tu pronombre se convirtiera en sufijo ineludible del verbo soñar.

De repente ya no sueño, sólo te sueño. Te invento, te abrazo, te extraño…



…y te espero.

22.9.07

saltar




Creer en ti es asomarse al absimo. Un nudo de vértigos y el corazón latiendo a mil por hora en la boca.


Si me das la mano, salto. Y me guardo en el bolsillo el maldito miedo y la estúpida razón.


¿qué dices?

13.9.07

dehielos


Creo que lo empiezo a entender. Un deshielo, no puede ser nada más. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Se deshacen las costuras de su corazón embastado con hielo. Las miradas de escarcha que sostenían los latidos, los abrazos y los besos de sal que la Reina de las Nieves le tejió con alevosía en los bordes de las arterias. Gota a gota, como los grandes glaciares del polo. Las moléculas pierden lentamente su densa compostura. Se d i l a t a n, se e s p a r c e n . . . Y cada vez hay más líquido en su interior, agua que fluye por sus venas. Por eso a ratos siente que se ahoga, claro, le cuesta tanto respirar porque se le encharcan los pulmones. Aunque esa agua que le empapa el aire es la misma que la hace sonreír. Parece extraño, ¿verdad? Se le derrite cada uno de los sentidos y se siente líquida, como si una de esas lluvias de otoño se le hubiera calado en la piel. Hay algo, algo que desprende un calor que le produce inoportunas sensaciones de asfixia, pero que a su vez, descongela la piedra de hielo que tenía hasta ahora por corazón.

7.9.07

ausencias y anestesias

Sigue ahí. Tan azul como siempre. El mar, mi retazo de mar. El que me acuna y baila conmigo cuando el insomnio se anuda a mis párpados y no me deja dormir. El que me mira y me escucha mientras esconde las eses difusas de los silencios que despojo ante sus olas. El mismo que se escurre en mis sueños para sosegar las pesadillas. Ese que me canta brisas y susurros, que me ayuda a respirar cuando me asfixia el aire y me absorbe esas lágrimas, las intangibles, para diluirlas en sus adentros.
Necesito sentir que está cerca, saber que está ahí y que puedo escaparme a verlo en cualquier momento. A veces tengo la sensación de que es el único que me entiende, que no me juzga, al menos. Sentarme frente a él es como escaparme un ratito del mundo, incluso de mí. Es desconectar y descansar; dejar mi nombre, mi cuerpo y mi mente en una esquina de realidad y sentir alivio por no tener que ser yo durante algún que otro instante. Ser, simplemente, sin ser nada más. Sé que el mundo sigue girando, y que mi vida sigue allí, en aquel rincón donde la he dejado aparcada, y me mira, impaciente, esperando a que vuelva a por ella. Pero durante unos minutos siento que el tiempo, el que cuenta mi reloj, corre ajeno a mí, el tiempo y todo. Me siento ausente, como si estuviera dentro de un paréntesis de puntos suspensivos y espacios en blanco. Y no hago nada más que mirarlo, con los ojos bien abiertos para que mi inconsciente se tiña de azul.

Me tranquiliza, lo he dicho mil veces ya, ¿no? Pero es que es verdad. Cuando estoy cansada, agobiada, o triste, y enfadada…, cuando no entiendo nada, ni tan siquiera a mí misma…, cuando me apetece pensar, o tal vez estoy aburrida… cuando tengo ganas de estar sola o me siento demasiado sola… me voy a buscarlo, y siempre acabo sembrando miradas entre los huecos del pentagrama de su vaivén. Me relaja y me anestesia. Quizás me domina, no lo sé. Creo que un día probaré de cambiarme la sangre por agua del mar, sí, de este, de mi retazo de mar.

29.8.07

distorsiones

Llevo unos días rara. Tengo nudos en los pulmones y retales de nervios cosidos a las venas. Respiro ráfagas de Vértigo y no puedo dejar de pensar, de darle vueltas a todo.

Se me enredan las horas y se me mezclan los días. Los segundos dilatados de un minuto fugaz y las horas efímeras de un día infinito. Giran las agujas del reloj y no sé si lo que he vivido pertenece a hoy, a ayer, o al sueño interrumpido de anoche. Es como si estuviera atrapada en un surco intemporal, en una especie de burbuja donde todo es relativo, donde se embrollan Sentido y Sueño, y el Tiempo se para a descansar cuando el sudor hace que le escuezan las heridas que la Eternidad rasga en su piel como castigo por correr, a ratos, demasiado aprisa.

Luna llena esta noche. La miro, no puedo dejar de mirarla. Se acurruca entre los coágulos que han dejado en el Cielo las nubes deshilachadas de la tormenta de hace un momento. Hoy el Sol no se acordó de abrochar las estrellas antes de acostarse… Pero no importa; uno a uno, siguen desplomándose los segundos en el abismo interior del reloj de arena de la Existencia.

Podría tirar una cuerda y amarrarla en una de esas aristas del Universo. Trepar, subir hasta ahí arriba y sentarme en uno de esos cráteres que esconde la Luna tras su vestido de nieve. Sacar los prismáticos y buscar la sintonía de tu mirada entre los millones de ojos que duermen bajo los párpados de la Madrugada. Susurrarte buenas noches y soplarte un abrazo de almíbar en una ranura de piel. Podría… podría hacer tantas cosas si dejara de existir el Tiempo, la Distancia, la Realidad.
¿Lo ves? Si es que no puedo dejar de soñar, de pensar y darle cuerda a fantasías absurdas.

28.8.07

otoño


Vuelve ya. Vuelve a despojar los árboles y a vaciar la playa. A enfriar la arena y a destemplar el sol. A tapizar las calles y a teñir el mundo de marrones, naranjas y amarillos desgastados. A vestirme con guantes y jersey. A soplarme frío por las costuras de la ropa y esconderte en los recodos de mi piel. A desteñir el mar y a prestarle horas a la noche, lunas llenas al cielo y lluvia de cristal a las nubes de papel. Vuelve ya, te necesito. Necesito que me envuelvas tu bufanda en el cuello y que me soples besos de seda en aquel lunar que duerme bajo mi oreja. Que enredes mis dedos entre los tuyos, mis sueños con tus abrazos y tus suspiros con los hilos de mi silencio. Que me descosas los secretos que me silba el viento y que seas algo más que un holograma cuando despierto y pienso que te tengo al lado… Que respires por mí cuando me falta el aire, cuando no sé respirar porque se me para el mundo y el cuerpo cuando te siento. Que reaparezcas en mi buzón, que vuelvas para compartir conmigo tardes de mar, palabras, sentidos y ensueños.

12.8.07

retahílas

Desatarme la mente y deshacer las retahílas de pensamientos que construyo para no pensar en ti, para evitarte. Soñarte sin remordimientos, imaginarte, inventarte… Pisar la sombra del miedo a sentirte demasiado cerca, a echarte más de la cuenta de menos, y dejarme llevar por las ganas, las simples ganas de estar contigo.

Hundir mi mirada en el catalejo de tus pupilas, fundir mis ojos en tu retina y esbozarte escalofríos sobre los párpados. Entrar sigilosamente en ti, recorrerte, sin ruidos. Cada recoveco de tu interior, cada calle de los sentidos. Jugar a descubrir los secretos que escondes tras las esquinas de los huesos.

Y robarte los pinceles con los que te pintas las sonrisas, y algún que otro susurro de aquellos que almacenas en la trastienda de los labios, recubiertos de silencio. Enredar besos de azúcar en tus cabellos, coserte mis pecas a la piel y en su lugar amarrar tus cicatrices.

Saborear las caladas de tu voz. Respirarte y sentir tu olor dentro de mí, el humo de tus suspiros calándose en mi boca, escurriéndose por mi tráquea y enzarzándose suavemente en los huecos de los pulmones.

Trepar por tus arterias y desenvolverte el corazón embalado con hojas secas. Columpiarme en tus diástoles mientras las sístoles hipnotizan mis temores. Naufragar en tu sangre de mar, diluirme entre las olas que hacen bailar tus latidos y dejar que la marea me arrastre hacia la playa que guardas en aquel recodo de piel, donde tu mirada de luna se tumba cada madrugada a tomar el sol. Acostarme a su lado y extrañar la ausencia de tus abrazos, esos que aún no he podido abrazar.

Cerrar los ojos y sentir tu cadera rozando la mía, sonrojarme y sonreír, sin arrepentirme de tenerte metida en cincuenta y ocho de los sesenta segundos de cada minuto de mi reloj. Dejar que te escondas en los vacíos de la memoria, encontrarte cosida a todos los ángulos de mi cabeza y no vestirte con abrigos transparentes para hacerte desaparecer, para hacer ver que no te veo.

Quiero saber que estás ahí y embobarme jugando con las letras de tu nombre entre los dedos. Dejar que mi imaginación se mueva atraída por los imanes de la tuya. Dejar de vedarte por todo lo que puede conllevar soñarte demasiado. Dejarme sentir, sin más. Sentirte sin comerme las ganas de dejar de ignorarte, y abrocharme sin pensármelo a ti.

10.8.07

enredaderas

Eran las nueve y las nubes ya envolvían las cimas de las montañas. Descendían, lentamente, ajenas a cualquier contexto, acariciando el verde de las laderas y abrazándose a los árboles; vistiendo el aire con retazos de algodón, dándole formas asimétricas con los bordes redondeados y matices oscuros en los recovecos deformados por la perspectiva.

Aquí, al anochecer, las nubes dejan de flotar y caen en manos de las fuerzas de la gravedad. Las atrae el suelo, el centro del planeta, para ser más exactos, como a nosotros. Pero ellas se resisten, igual que los pájaros, por eso casi cada amanecer ya han vencido a la física y han recuperado su ingravidez habitual. Aunque, a veces, como estos días atrás, les cuesta un poco más de la cuenta volverse a pegar al cielo, y emborronan los paisajes hasta pasado el mediodía, o incluso tardan días enteros hasta que consiguen volverse a izar. Pero siempre lo consiguen.

En fin, serían las diez cuando el cielo parecía recostarse sobre mis hombros. Oscuro, cada vez más oscuro. Y la música del concierto seguía colándose por las ranuras de mis oídos, haciéndome mover por inercia los pies, llevándose con su ritmo mi mirada y un ovillo de pensamientos que se iban deshilachando a medida que se estampaban contra la realidad.

La noche pesaba, se iba espesando por momentos. Y yo no sabía si era el aburrimiento o la inconciencia lo que me llevaba a divagar por los limbos del surrealismo y la racionalidad. El caso es que, sin darme cuenta, me había vuelto a instalar en uno de aquellos paréntesis de ausencia y de tiempo, había regresado a mi burbuja de hojalata desde donde el mundo parece una canica de cristal. No sabía en que instante había dejado de estar en la Tierra, pero de alguna manera había escapado de mí, había salido de mi cuerpo y me había plantado en la Luna de la abstracción.

A veces lo hago, pero nunca recuerdo cómo. Me evado de mi vida y me dedico a mirarla desde fuera, a lo lejos. Creo que me basta tan solo con cerrar los ojos, parpadeo y salgo de mí en forma de suspiro, enganchada a las moléculas de oxígeno que suelto por la ranura de los labios entreabiertos. Ahora no podría asegurarlo, pero sí, creo que es así. Entonces hago como las nubes y desafío a la gravedad. No siempre me salgo con la mía, no es tan sencillo, pero cuando lo logro, me agarro a las estrellas y empiezo a trepar cielo arriba, como una enredadera. Me siento en algún satélite y miro el mundo diminuto. O en ocasiones ni eso. Solamente me quedo sentada y pienso. Como hoy. Bueno, pienso o sueño, porque la verdad es que todavía no he sabido encontrar la frontera que distingue los dos términos.

23.7.07

entelèquies


Aquesta nit plourà. Hi ha molta boira i ja fa estona que rondinen els núvols, des que els he intentat explicar que et trobava a faltar. No volen escoltar-me. Ni ells, ni el vent.

M’he escapat per tu, un moment, una estoneta que s’ha acabat per convertir en gairebé mitja nit. T’he estat esperant, et necessitava escoltar. Les teves paraules o el teu silenci, però escoltar-te.

Em sentia sola, a vegades em passa, i això que estava envoltada de gent. No ho entenc massa bé, però em passa. És com si de sobte se’m fes un forat, l’aire es queda buit i em segresta la Soledat. Una sensació estranya, se’m fa difícil d’explicar, i de suportar. Em posa nerviosa, fins i tot trista alguna vegada, m’angoixa.

Total, que m’he escapat per quedar-me sola, sola de veres. I és que només quan estic sola es quan sóc capaç de trobar-te... La teva veu em tranquil·litza, no t’ho he dit encara? Quan parlo amb tu els segons no pesen, deixa d’existir la gravetat, i el temps, i tot. És com flotar dins d’un No-res eteri, fluir en una irrealitat tan summament real que m’aterra. Perquè et sento, sento com m’abracen les teves paraules i et trobo a faltar. Se’m fa estranya la teva absència i la percepció d’aquesta entelèquia em venç, em desgavella els cinc sentits, i la raó.

Però, alhora, escoltar-te és l’únic en aquests moments que pot calmar-me els neguits. Deixar de pensar i no fer res més que sentir-te. Imaginar-te... I fer el possible per no dissoldre’t amb el món terrenal, perquè aquí és quan em comencen a irrompre els deliris.

Dins la meva realitat no existeixes. No ets res, ningú sap de la teva existència. És més, inclús el meu jo físic a estones et nega. Les nimfes no tenen lloc dins la física, només són presents al món de l’abstracció, sí, el mateix dels somnis. Per això, el meu altre jo, el psíquic, et sent en tot moment. No hi ets, no et veig... però puc percebre el teu alè enganxat a la pell i la meva mirada recolzada sobre la teva boca. T’adverteixo tan a prop que el món esdevé una amalgama de ficció i realitat.

Diria que aquesta és la raó per la qual els núvols rondinen i murmuren quan els explico que et trobo a faltar. Els núvols, el vent, el mar... Comença a ploure i encara no he aconseguit trucar-te. A vegades penso que la vida no està feta per gent com jo, per persones que es passen el dia rallant-se per infinitat de motius tan perplexes com absurds... Mitja nit, ara sí, i plou, cada cop més fort.


[ entelequia
Esta noche lloverá. Ya hace rato que gruñen las nubes, desde que he intentado explicarles que te echo de menos. No me quieren escuchar. Ni ellas, ni el viento.

Me he escapado para ti, un momento, un ratito que se ha acabado por convertir en media noche. Te he estado esperando, te necesitaba escuchar. Tus palabras o tu silencio, pero escucharte.

Me sentía sola, a veces me pasa, y eso que estaba rodeada de gente. No lo entiendo muy bien, pero me pasa. Es como si de repente se me hiciera un vacío, el aire se queda hueco y me secuestra la Soledad. Es una sensación extraña, se me hace difícil de explicar, y de soportar. Me pone nerviosa, incluso triste alguna vez, me angustia.

Total, que me he escapado para quedarme sola, sola de verdad. Y es que sólo cuando estoy sola es cuando te puedo encontrar… Tu voz me tranquiliza, ¿te lo he dicho ya? Cuando hablo contigo los segundos no pesan, deja de existir la gravedad, y el tiempo, y todo. Es como flotar en una Nada etérea, en una irrealidad tan real que me aterra. Porque te siento, siento como me abrazan tus palabras y te echo de menos. Te extraño sin conocerte y la percepción de esta entelequia me vence. Desborda mis cinco sentidos, y mi razón.

Pero, al mismo tiempo, escucharte es lo único en estos momentos que puede calmarme los nervios. Dejar de pensar y no hacer nada más que sentirte. Imaginarte… Y hacer lo posible para no mezclarte con el mundo terrenal, porque ahí es cuando me empiezan a irrumpir los delirios.

En mi realidad no existes. No eres nada, nadie sabe de tu existencia. Incluso mi yo físico a ratos te niega. Las hadas no tienen lugar dentro de la física, sólo caben en el mundo de la abstracción. Por eso, mi otro yo, el psíquico, sí que te siente, en todo momento. No estás, no te veo… pero noto tu aliento pegado a mis huellas y mi mirada recostada sobre tu boca. Te advierto tan cerca que el mundo se convierte en una amalgama de ficción y realidad.

Creo que es por eso que las nubes gruñen cuando les cuento que te echo de menos. Las nubes, el viento, el mar… Empieza a llover y aún no he conseguido marcar tu número. A veces pienso que el mundo no está hecho para gente como yo, para personas que se pasan el día rayándose por infinidad de motivos tan perplejos como absurdos… Media noche, ahora sí; y llueve, cada vez más fuerte. ]

17.7.07

caminos

Caminos. Infinidad de caminos frente a mí. Unos rocosos, otros de tierra, o de hierba. Algunos más empinados, otros bastante llanos. Ese de allí, el de la izquierda, resbaladizo. Más arriba, hace eses otro sendero. Aquel baja al lago, ¿lo ves? Y el de más lejos, el que se pierde entre tanta piedra, sube a la cima de aquella montaña que nos está mirando.

Cientos de atajos, desvíos, caminos y más caminos, sendas tan diminutas que no aparecen ni en los mapas. Direcciones y sentidos que se entretejen entre los árboles, entre el verde y entre las rocas. No sé hacia dónde tengo que ir. Ni cuál seguir. Pero ando. Camino sin parar siguiendo señales que ni siquiera sé si son para mí, si me guían a mí o al hombre aquel con el que me crucé esta mañana.

Mis pasos se pierden. Me pierdo yo. Sigo hacia delante, sin parar. Parece que es por allí, todo recto. Aunque no lo tengo muy claro. Seguro que hay cantidad de opciones para llegar al mismo destino. Y cantidad de posibilidades de equivocarse de lugar. ¿Y si me equivoco? Tal vez aquel de allí es menos empinado que este. No lo sé… pero camino, sin pensar.

De repente estoy colgada en una pared. He ido subiendo por el canal de piedra. Miro el reloj y llevo cuatro horas andando por esta tartera. No sé qué hago aquí. Cada vez subo más y no puedo mirar hacia abajo. Si miro hacia arriba se me cae la montaña encima. Me resbalan los pies, el suelo no me deja dibujar huellas. Busco algo para agarrarme, una roca que esté sujeta. Y escucho como cae en el vacío la piedrecita aquella que he tocado sin querer.

Me quedo encallada. No puedo subir. Ni tan solo me puedo mover. ¿Y si me caigo? El vacío está ahí… Un ataque de pánico y el vértigo rozándome la piel. Tengo que hacer un esfuerzo. "No cierres los ojos. Respira, por favor, coge aire y sal de aquí. Saca fuerzas de dónde sea y acaba de subir los cinco metros que quedan. Vamos, va…"

Unos segundos y por fin estoy arriba. Tu mano sujetando mi brazo, en lo alto del desfiladero. No se me ocurrirá volver a pasar por aquí. Me asomo a la otra vertiente, por donde tengo que bajar. La vista es genial, pero yo tengo vértigo. Y de nuevo infinidad de caminos a mis pies. Me entra el miedo y pienso en ti. No me sueltes, dame la mano.

12.7.07

vueltas

Treinta y seis vueltas. Quizás sólo diez, o doce. No lo sé, he perdido la cuenta. No puedo dormir. Tengo el mar metido dentro. Esta vez no me lo he tragado yo, ha sido él quien me ha engullido a mí. Me fluye su sal por las venas y las algas parece que taponan las arterias que apuntalan el corazón.

Las nubes absorbían el cielo hace unas horas. Ojalá sigan pintando de gris el sol de mañana. Me gusta tener frío y estar a julio. Cierro los ojos y meto mis manos en tus bolsillos. ¿Me dejas dibujarte escalofríos entre las pecas? Tengo arena bajo los párpados y por más que pienso no encuentro ninguna excusa para sacarte de este sueño.

Me mareo con el vaivén de las olas. Desvarío, ¿no lo ves? Y tengo la sensación de que me desplomo por un abismo de sinsentidos. No duermo y te pienso, pero es que si me duermo te sueño… y no estoy segura de hacerlo porque quiero o porque siento. Creo que tu insomnio se divierte jugando conmigo esta noche. Tu insomnio y el mar, porque sus mareas siguen meciendo mi cuerpo.

¿No has sentido nunca las ganas de arrancar la sombra de un ensueño para abrazarla con todas tus fuerzas? Es raro, sí. Pero es que yo estoy rara estos días. Vuelvo a darme otra vuelta. Media, esta vez. La noche también da vueltas, creo que se dormirá ella antes que yo...

10.7.07

silencios

Me hubiera pasado la noche escuchándote, sin hablar. En silencio. A penas sin respirar para no perderme ni un solo armónico de tu voz. Tragándome tus palabras y arropándolas en cada rincón de mi cuerpo. Pero me daba miedo llamarte. Hay días en que se me enredan los sonidos en la garganta y sólo soy capaz de despojar silencios mientras la afonía juega a trenzarse con mis cuerdas vocales.

No te lo hubiera sabido explicar… Preferí echarte de menos que ahogarme con todas las palabras que no me hubiese atrevido a darte. No soy valiente. Me escondí entre las sábanas sin saber si pensar o soñar. Y el viento se ha pasado la noche soplándome reproches. Tenía que haberme dejado llevar por las ganas y atarme a la cuerda que me lanzaste desde la Luna. Dejar la razón debajo de la almohada y la timidez plantada entre el jazmín de la maceta de la terraza.

Cuando no me entiendo me bloqueo. O cuando no me quiero entender. El miedo, porque no lo sé llamar de otra manera, me congela los sentidos. Le roba el calor a los afectos y se lo inyecta a las neuronas para que hagan arder mi cerebro. Me quedo paralizada y no sé hacer nada más que pensar, como una loca. Divagar sin rumbo, sin encontrar nortes ni oestes, ni salvavidas donde agarrarme para mantenerme a flote en los pantanos de la conciencia. Tengo la piel helada y la cabeza desplomándose por acantilados de ansiedad.

Necesito respirar. Abrazarte hasta sentir tu respiración dentro de mis pulmones. Hasta que tu calor descongele mi sangre y tus latidos bombeen mi corazón. Pedirte con la mirada que me muerdas los labios para hacerme recordar que sigo aquí, que aún no he naufragado. Agarrarte la mano y quedarme un ratito a tu lado, un paréntesis de tiempo; y de realidad, si quieres. Que me ayudes a encontrarme dentro de este laberinto de espirales.

No sé cómo me atrevo a pedirte tanto si ayer fui incapaz de llamarte. Si no sé de qué color son tus ojos ni hacia dónde tengo que correr para buscarte. ¿Cómo pretendo que tu sangre bombee la mía si ni siquiera sé si a las hadas les late el corazón?

Seré egoísta, pero es que sentirte cerca es lo único que calma el mar que me tragué hace días, es lo úico que me tranquiliza.

7.7.07

olas y peldaños


Me he tragado un remolino de olas. Mareas que se me enredan en la garganta. Quiero hablar y no puedo. Sólo puedo dejarme llevar. Hundo los dedos en la arena, fría, bajo el cielo de acero que se acuesta sobre mi cuerpo. Cierro los ojos y los susurros del mar me sacan por el oído el hilo de los secretos. El viento me agrieta la piel, desgarra las costuras de mi abrigo de piedra.

Bajo la arena me agarras la mano, me la vistes con guantes de melocotón y me estiras suavemente hacia ti. Es tu piel contra la mía. Y el agua salada del mar. Eres tú frente a mí. Sin nada más que nosotras. El miedo se ahoga en el horizonte, lo aspira la línea que distingue el océano y el cielo de terciopelo. Gracias por arrancármelo y coserle pesos de plomo a los pies.

Parpadeo y crecen escalones. Respiro y tus brazos cada vez se acercan más a mi cuello. Me ahogo si no te escucho, si no oigo las olas balanceándose sobre mi vientre, en mis oídos. Te siento y te echo de menos, y me como los torbellinos de vértigo que teje el delirio y la certeza de no haberte sentido nunca. Gritaría pero no puedo. Sólo puedo dejarme arrastrar por la brisa que sopla la playa con tu aliento escondido en sus entrañas.

Se me enredan las pestañas en tus caderas. Tus labios y las burbujas de deseos que escupen mis pupilas. Bebes mis sueños. Y yo construyo escaleras para subir al cielo. Escaleras mecánicas, de caracol, de cuerdas de circo y de barcos pirata. Peldaños y más peldaños que, no sé cómo ni por qué, disminuyen la distancia que separa mis ojos de tu mirada.

23.6.07

caducada

Que las paredes de mi cuarto están cansadas de que me pase las tardes pintándolas con miradas que no reflejan nada más que tu nombre. Que se han sincronizado con el reloj para que el tic-tac de los segundos estalle cada vez que mis pupilas se tiñen de los colores de tu recuerdo. Que tu olor rebota en las esquinas de la mesa y se estampa contra la ventana porque todos los recodos donde antes se escondía se niegan a seguir arropándolo.

Que la oscuridad intenta sobornar a Morfeo para que me hipnotice y deje de intimidarla cada noche con suspiros que buscan recovecos entre tus labios. Que las sábanas pretenden convencer a mi piel de que jamás van a tener la misma textura que tus abrazos; que de mientras, la Luna cuece hechizos con estrellas, pócimas para desvanecerte y arrancarte de los sueños que hilvana mi imaginación.

Que no, que no puedo seguir escribiendo tu nombre. Que las letras se resisten a trazarse en el papel. Que el oxígeno ha decidido no dejar respirar el eco de tus palabras. Que el mp3 gasta sus pilas cada vez que va a sonar alguna de las canciones que escuchábamos juntas. Que las fotos conjugan el verbo olvidar. Que mi mundo grita para que salgas de él.

Demasiado tiempo, que llevo demasiado tiempo acariciando tu ausencia. Que no te mereces seguir ocupando el cajón más grande del mueble de la memoria. Que se ha extinguido el tiempo que tenía para compartir con las huellas de hada que dejó tu fantasma en este camino.

Que si escucho al aire sólo dice que te largues, que en mi vida has caducado.

3.6.07

construir

Construiré una escalera para subir al cielo. Esconderé besos de canela con sabor a mar entre las nubes, y les susurraré al oído que al llover resbalen sobre tus pestañas y se enganchen a tu mirada. Gritaré silencios con la voz del viento, y soplaré abrazos de algodón en los bolsillos de tu piel.

Enredaré las palabras innecesarias a las telarañas de la afonía. Y me callaré para decirte todo lo que no sé pronunciar, los sonidos que la timidez prescindió de mi lenguaje. Te devolveré todas las sonrisas que me prestaste hace mil noches para engañar a la tristeza. Las pintaré de azul con matices verdes y las volveré a guardar en los cajones de tu ilusión. Te coseré con hilo de seda una media luna de terciopelo en la sien, entre el perfil de la ceja y aquella peca que me mira cuando me duermo con mi espalda pegada a tu cuerpo.

Silbaré los sostenidos de mis sueños para que reboten en los tímpanos del eco. Me tragaré los “y si…” y dejaré de pensar “debería…” para sustituirlo alguna vez por “me apetece”. Le cortaré la cabeza a la estúpida inseguridad y al miedo. Reciclaré el repelente contra cariño que desprenden mis sentidos y pondré bajo el sol las desilusiones que me congelan los deseos.

Cerraré los ojos y apagaré la luz. O apagaré la luz y cerraré los ojos para retomar el sueño de anoche en el que respiraba tus suspiros y tu aliento despojaba de uno en uno los escalofríos que dormían sobre mi cuello. Me despertaré echándote de menos, como este amanecer, y sólo sabré de ti que tienes el pelo corto y una camisa de tela a rayas (o espera, tal vez esa era yo...). Pero sonreiré porque sabré que existes, que eres un Nadie que dentro de nada tendrá nombre propio. Serás ese Alguien con el que compartir lunas llenas y la banda sonora de los secretos…

Déjame sonreír y estar ilusionada con este final que de aquí a dos semanas, con suerte, será un principio. Déjame divagar y teñir de colores el supuesto futuro que ya empieza a despertar y a colarse por las rendijas de la ventana. Estar contenta porque parece que me empiezan a salir bien las cosas…, y perder el tiempo viendo como las nubes de fantasía rayan de luz las sombras que hasta anteayer me servían de paraguas.

Construiré esa escalera para subir al cielo. Dejaré el vértigo aparcado en doble fila y empezaré a escalar por las calles de la imaginación. Me agotan las autopistas prefabricadas de cobardía, conformismo y apariencia.

27.5.07

finales


Y de repente sientes que el camino se acaba. Das la vuelta a la esquina y ves la última recta. El último tramo hasta alcanzar esa especie de meta que llevas tanto tiempo esperando. Corres, sin saber por qué. Nunca te han gustado las competiciones. Sin embargo, sigues explotando al máximo los músculos de tus piernas.

No se trata de ganar, sólo tienes la necesidad de llegar al final para poder coger aire, y respirar. Dejar atrás esta carrera y empezar a caminar en otras direcciones. Conjugar los pretéritos perfectos de todos los verbos que se asfixian en el presente, aunque tu gramática no acepte el gerundio de olvidar.

Te encuentras cientos de bifurcaciones frente a ti y no sabes hacia adónde ir. Pero da igual. Lo único que querías era cerrar esta etapa, ponerle punto y final, girar la página, y empezar de nuevo.

Tienes curiosidad por saber dónde te llevará el destino. Sigues corriendo, mirando al suelo para que la torpeza no te vuelva a traicionar. Piedras y más piedras, entre tus huellas que no hacen más que preguntarse qué narices serán capaces de echar de menos…

18.5.07

marioneta

Me absorben espirales de vértigo cuando siento que soy incapaz de controlar las riendas de los sueños que me arrastran hacia ti. Es como si no pudiera controlar ni mi propia vida.

He vuelto a despertarme con tu olor entre los labios. Me derrumba darme cuenta de que por más que nado hacia adelante, sigo siendo una estúpida marioneta naufragando en el pasado.

29.4.07

ninguna parte

Se acerca el tren. Mira, ahí a lo lejos, donde la perspectiva estrecha las vías y a penas te cabe el dedo entre los dos raíles. ¿Lo ves? Es el nuestro. Ese puntito rojo que va creciendo por momentos. Coge el billete, no te lo olvides.

Suspiran las nubes balanceando las hojas de los eucaliptos que hacen sombra en el andén. El ligero viento que exhalan juega con mis cabellos y acaricia la piel de todos los que esperamos. Nos esboza espirales de magia en el cuello, en un tobillo, entre los dedos, en la cadera… Tatúa a todos los que guardamos los sueños en la mirada. No cierres los ojos, todavía no.

No preguntes a dónde vamos. Escoge el vagón que quieras y sube. Siéntate junto a la ventana, si puede ser. Espera a que se cierren las puertas y a que el tren empiece a coger de nuevo un poco de velocidad. Ahora sí. Cierra los ojos, con todas tus fuerzas. Aprieta los párpados durante unos segundos y suelta las riendas de la imaginación. Ponte las alas. Y vuelve a abrirlos, suavemente… ¿No reconoces estos paisajes?

Son tus sueños. Anda, ven. Vamos a volar.

Contarle secretos a la Luna y disfrazarnos de agujeros negros. Colgar las estrellas de mar en el cielo y pintar los peces a rayas de colores. Inventar corazones de algodón y hacerle cosquillas al universo. Escondernos entre auroras boreales y escribirte besos con sabor a canela bajo la piel. Cambiar el sentido de las agujas del reloj y moldear el tiempo. Saltar sobre las olas. Girar la rosa de los vientos y poner el norte en el sur. La derecha en la izquierda y mis pestañas entre las tuyas. Susurrarle a la arena los mensajes de aquella botella. Hacer que la lluvia caiga al revés y diluir tus sonrisas con mi ilusión.

Es un viaje de aquellos a ninguna parte. ¿Te vienes?

22.4.07


Siguiendo las luces de los faros de los sueños...
Quiero desaparecer.

16.4.07

arquitectura sideral

¿No has tenido nunca la sensación de estar vacío? Esa sensación de que te falta algo, como cuando haces un puzzle y te queda el hueco vacío de una pieza que no encuentras, o que has perdido...

Tú eras la pieza que me faltaba, la figura que debía rellenar ese hueco que tenían mis sentidos. Yo, sin embargo, era la suya, era aquel pedazo que necesitaba para estar completo. Pero él nunca ha ajustado conmigo y yo no he sabido encajar en ti.

A veces siento que no ajusto en ninguna parte… No tengo la forma que debería tener para encajar en el mundo. Soy una masa abstracta, indefinida, lejos de la precisión de cualquier figura geométrica.

Él es simple, tiene la exactitud de un cuadrado. Con las esquinas rectas y los cuatro catetos iguales. Algo le fallará, estoy segura, pero a simple vista sus errores son imperceptibles. Mido todos sus centímetros, calculo sus perfiles, las diagonales, su centro de gravedad… Todo es perfecto, sigue las estrictas reglas de la ciencia matemática.

Ella… es más compleja. Es un pentágono. Según mi compás, sus ángulos son también perfectos, al igual que sus lados. Pero sus diagonales me vuelven loca. No se cruzan en el centro, como las de él. Estas, al ir de vértice a vértice, forman diez triángulos pequeñitos, isósceles, cinco con sus tres ángulos agudos y los otros cinco con uno de ellos obtuso. Los cinco catetos menores de estos cinco primeros triángulos acutángulos constituyen, a su vez, un pentágono como el inicial, pero a escala reducida. Si te fijas bien, estas diagonales dibujan un polígono estrellado. Una estrella de cinco puntas. Ésta es su estructura. Y si dividiéramos el pentágono menor siguiendo las instrucciones de sus mismas diagonales, volveríamos a encontrarnos con otro pentágono aún más pequeño, circunscrito dentro de otra estrella.

Es geometría sideral. Mirarla a ella es como darle vueltas a un calidoscopio. Un millón de formas y colores que juega con mis pupilas. Cartografío su cuerpo, milímetro a milímetro, poniéndole coordenadas a cada una de sus pecas, todas sus líneas… Arquitectura estelar. Infinita.

Yo, por más que he moldeado mi masa indefinida, sólo he conseguido crear algo parecido a las circunferencias. Círculos vacíos, esferas imperfectas que no encajan con nada. Y es que ninguno de estos dos polígonos regulares conjuga con mis medidas.

Él no cabe en mí, es demasiado grande. Sus escuadras sobresalen por los límites de mi volumen, rasgan mi piel hasta hacer agujeros por donde emerger. Pequeñas heridas que segregan una mezcla de angustia y de rabia, y que se van abriendo lentamente, cada vez un poco más, y más… Y no puedo dejar que lo que empezaron por ser unos pequeños arañazos acaben convirtiéndose en cortes demasiado profundos. Me desangraría, perdería mi compostura.

El pentágono sí que cabe en mí. Perfectamente. El problema, en este caso, es que le sobra espacio. Sus aristas impares se pierden en mi vacío. Giran los ángulos rebotando en las paredes de mi estructura, hasta me hacen cosquillas de tanto dar vueltas. Sin embargo, al sacudirse sus estrellas en mi interior, se me clavan por todas partes, se enganchan con los radios de la redonda y se hincan como espinas en los tejidos nerviosos. Tienen los vértices demasiado afilados, me perforan los sentidos.

Pero su estructura sideral tiene un encanto especial. Esconde magia en las esquinas de su silueta. Y yo me pierdo. Se descomponen mis trescientos sesenta grados para hacerle un recoveco acogedor, a su tamaño…

Pero por más que me intento moldear, tanta precisión no encaja conmigo. Ni el estereotipo de perfección del cuadrado, ni los hechizos ocultos y tan soñados de un pentágono estelar. Es curioso. Tengo un hueco demasiado pequeño cuando se trata de él, y un vacío enorme cuando me pongo a pensar en ella…

Estoy cansada de intentar recomponerme, de ser la arquitecta de mis sueños y mis mentiras… No quiero jugar más a los rompecabezas. Dime, ¿dónde coño está la pieza que me falta? ¿Dónde está mi lugar?

6.4.07

nubes

Abril húmedo y frío. Hace cuatro días que llueve y no parece que el cielo tenga ganas de dejar de llorar.

Llegué contenta, sonriendo. Con las alas abiertas en mi mundo de sueños. Pero una vez más me he vuelto a empotrar contra el mundo, contra la realidad.

Y no hablo, se me quitan las ganas de hablar porque a cada palabra que digo se le proyectan ecos que sólo provocan discusiones y enfados inútiles. Le grito al silencio.

Se me meten las nubes en los ojos. Me cuesta parpadear. Así que desconecto los cables que me atan al suelo y me hundo en el onírico mundo de mi imaginación. Allí no es que todo sea perfecto, pero como mínimo la gente se escucha y se puede luchar por los sueños sin sentirse una niña malcriada y estúpida.

1.4.07

*italia

Se balancean las sonrisas. Todavía me late el corazón al compás de las olas y mis párpados siguen sincronizados con la luz de aquel faro que me arrancó la mirada anoche. Veinte horas soñando sobre el mar.

Venecia me regaló una máscara de Luna. Lluvia gris desvaneció las huellas desconocidas que escribieron mis zapatos sobre las calles embaldosadas de la ciudad. Me perdí entre los ojos huecos de infinitos antifaces.

Me encontré en el Coliseo después de unas cuantas horas de autobús. La columna de Trajano, el arco de Triunfo, la Fontana di Trevi… Una moneda y un deseo. Caminar y seguir caminando entre la vieja Roma. Las nubes volvían a llorar.

Un hotel con un entrañable decorado de telarañas en las paredes. Tres dedos de polvo en el armario, un sospechoso estampado de manchas azules sobre el edredón blanco y unas toallas impermeables que escupían las gotas de agua cuando te intentabas secar.

Rodear el Vaticano andando, es decir, dar la vuelta a un país entero en cuarenta y cinco minutos de reloj (la próxima vez nos compramos un mapa). Más de dos horas de cola para poder entrar y quedarme encantada por los cuadros y las esculturas de Michelangelo, Bernini, Rafael… Evaporé todo lo demás no referente al arte.

Cargar con las maletas y embarcar. La puesta de sol y el viento zarparon con nosotros. Atrás un viaje de fin de curso y un montón de anécdotas para esculpir en el pasado. Enfrente el mar, la inmensa mar. Una noche flotando sobre azul y columpiando los sueños con un extraño ritmo hipnótico.

A las tres de la tarde he vuelto a pisar Barcelona. Sonrío; ella a lo lejos también. Tú, sin embargo, dejas caer las miradas y los labios. No sé que más hacer para sacarme de tu cabeza, para salir de ti sin hacer ruido y sin dejar vacío.

17.3.07

Ayer es nunca jamás

Cambio. Es inevitable. El tiempo pasa y mi reflejo en el espejo es cada día distinto. Aunque sea porque se me han enredado dos pestañas, o porque el ángulo de refracción de aquel rayo de sol que entra hoy por la ventana es sutilmente menor que el de ayer. Nunca seré la misma que era hace un instante, unos minutos. Es imposible. Todas estas letras que estoy descolgando de mis dedos van acumulándose en el pasado, aunque sea en un pasado exageradamente próximo. Las puedo eliminar tan sólo con presionar una tecla, pero es imposible suprimir el hecho de haberlas escrito (y de haberlas borrado).

Todo fluye. La vida está sujeta a las riendas de la evolución, del cambio, del movimiento continuo, decía Heráclito. El universo se dilata, el mundo gira, las estrellas se mueren... y nosotros somos algo tan sumamente insignificante dentro de esta masa de vacío que nos rodea que no podemos hacer nada para impedirlo.

La fuerza generadora de este cambio al que estamos sometidos va ligada al tiempo. Al implacable susurro del reloj de arena del infinito. El tiempo no regresa al pasado y el movimiento sigue sin cesar las pulsaciones de la eternidad.

Este es un trocito del trabajo de filosofía que tenía que entregar el lunes pasado. Empezaba así, y acababa diciendo que la humanidad es como una plaga. Llega en multitud, se reproduce y se autodestruye. Como las langostas.

No lo cuelgo entero porque es demasiado largo. Pero bueno, este es un ejemplo de las paranoias que pueden estar retumbando en mi cabeza horas y horas.

Escribiendo esto me acordé de que, cuando era pequeñita (más aun), había noches en que era incapaz de dormir porque me mareaba pensando en la infinitud del universo y en la intrascendencia de la vida. Tenía entendido que el universo era una extensión de color negro, enorme, sin extremos ni sin fin, y dentro de él había galaxias de distintas formas compuestas por millones de estrellas. En una de aquellas masas siderales era donde se encontraba el sol, que era gigante al lado de la Tierra, y alrededor de él giraban un montón de planetas y meteoritos entre los cuales estaba el nuestro. Y nosotros, dentro de este globo, éramos diminutos. Minúsculos puntos imperceptibles. Entonces, si yo era microscópica dentro de mi mundo y mi mundo era infinitamente pequeño dentro del infinito, ¿a quién le podía importar mi existencia? Y si mi vida ya era insignificante… ¿qué se limitaba a ser, entonces, la vida de aquella hormiga que escarbaba la tierra día y noche construyendo túneles subterráneos?

10.3.07

música de invierno



Manos de hielo que se deshacen poniéndole música a las pesquisas que entreteje mi imaginación. Nocturno en mi menor. La Luna habla con las teclas con un lenguaje de extraños ritmos y silencios.

A medida que los segundos se dilatan en el interior de las tapas negras del piano, las moléculas de agua helada que apuntalan mi piel empiezan a perder su compostura. La frecuencia de cada nota las hace vibrar hasta que se diluyen con el eco del sonido y se desvanecen entre las teclas. Fluyen mis manos líquidas mezclándose con la perfecta armonía que le susurran al aire los hilos del pentagrama.

Afuera, el frío que se ha cansado de esconderse del invierno araña las alas del viento. Viene a despedirse. O espera, tal vez no. Tal vez le ha hecho caso a mis sueños y ha venido a teñir de otoño una tarde para compartir que pronto aparecerá en mi buzón con tu nombre en el remitente. Aunque, bueno, fantaseo demasiado. Ya hace tiempo que pierdo todas las partidas de póquer cuando juego con las cartas de la ilusión. Seguro que habrá venido sólo para construir escarcha invisible sobre mi corazón de piedra y para protagonizar estos últimos días que le quedan antes de acabar desvanecido por el sol.

Agua y más agua se me escurre de entre los dedos. No dejaré que este frío impersonal consiga filtrarse en mis venas. Siguen hablando la música y la Luna. Remolinos de sonidos impermeables pintan las paredes de la habitación. Siento mojados los pies, los pantalones empapados hasta las rodillas. Si sigo tocando me inundaré. Y se ahogarán en mi pequeño mar de sinfonía las riendas del viento y todas las amenazas del hielo. Los sostenidos se descuelgan del pentagrama, las notas, el tempo, los ritmos… todo se derrite para unirse a la marea.

Escupo el hielo gris que me atrofia los sentidos. Saco los latidos congelados por la boca, los nervios de metal, la nevera de recuerdos. Y sigo escuchando la música de agua que rellena este cuarto convertido en pecera. Necesito mojarme un poco más, hasta llegar a ser completamente líquida. Necesito descongelar mi piel, y dejar atrás el frío oscuro de este invierno.

Siempre he sido de invierno, de frío y de invierno. Pero este frío que me hiela el corazón está disfrazado de miedo. De vértigos, de dudas y de mentiras que me estrangulan la razón. Por esto necesito seguir tocando, para deshacerme de él y volver a moldear con las manos otra estación de nieve sin mascaras ni antifaces. Volver a crear un invierno de mar.

28.2.07

retazos de hada

Busco tu silueta de hada. Detrás de las farolas, en el ángulo imperfecto de cada esquina, entre el cemento que conjuga las baldosas de la acera. Bajo los reflejos de neón, entrelazada con mis huellas, entre los ecos sordos de la ciudad, por todas partes… Pero ni rastro.

Aunque sigues ahí. Sé que estás. Porque cada vez que me pongo a escribir apareces atada a mis palabras. A pesar de que no quiera hablar de ti, ni contigo. Entre línea y línea se reordenan automáticamente las letras para escribirte, como si estuvieran programadas. Incluso a veces, si estoy sola, siento como asomas la cabeza por detrás de mi hombro y soplas suavemente para que los caracteres pierdan su centro de gravedad y titubeen sobre el papel susurrando tu nombre. Entonces me doy la vuelta medio hipnotizada, pero nunca te encuentro. Sólo en alguna ocasión me da tiempo de engancharte un trocito de sombra con la mirada.

Sombras de hada. Tengo algunos retazos escondidos en una cajita, de todas las veces que he podido atraparte con el rabillo del ojo. Los guardo junto al pedacito de estrella que nos regaló la Luna aquella noche en que nos descubrió por sorpresa jugando a descoser agujeros negros, ¿te acuerdas? No sé qué hacer con ellos, soy incapaz de tirarlos. A veces los saco y me entretengo a reconstruirlos con imperdibles, intentando recomponer tu silueta. Otras, en cambio, los cuelgo con pinzas en una cuerda al lado de la ventana; me gusta ver cómo cambian de color con la luz del sol.

Últimamente, no sé por qué, tengo la sensación de que escribo para encontrarte. Para sentirte un poquito más cerca. Aunque prefiero pensar que todas estas palabras que huelen a ti no son mías, sino que es el viento el que las trae difuminadas de ilusión. No me atrevo a pensar que lo que se lee debajo de la tinta puedan ser mis sentimientos.

Me siento extraña al darme cuenta de que sigo encontrando una especie de refugio en el otoño de tus miradas. No quiero saber que te busco, ni que me gusta jugar al escondite con los perfiles de tus alas. Pero, no sé por qué, sigo desprendiendo letras y más letras de mis dedos. Sigo escribiendo, todavía no sé si es queriendo o sin querer, pero te sigo escribiendo.

18.2.07

prólogo

Quiero recuperar mi azul, y devolverle a la oscuridad las sombras y las cortinas negras que me prestó para decorar mi rincón de tristeza. Ya no las necesito. Por eso abandoné mi antiguo antro y me trasladé a vivir frente al mar, a este faro.

Alquilé la cabaña donde vivía, aunque me costó encontrar a alguien con ganas de restaurar los muebles de la nostalgia. Las lágrimas que adornaban las paredes se las vendí a la lluvia, hice un trato con ella. Con la desesperación y el sentimiento de culpabilidad no sabía qué hacer, pero al final los metí en una cajita y me los llevé para regalárselos a las olas. Eso sí, la soledad la guardé en una esquinita de mi piel, siempre va bien tenerla de compañera para ausentarse a ratitos del mundo.

La mayoría de tus recuerdos decidí esconderlos en el armario de las ilusiones perdidas, por si algún día me apetece hacer memoria y viajar al pasado. Las fotos y todos esos carretes de sueños que nunca llegamos a revelar juntas los envolví con papel de periódico y los puse bien al fondo de la maleta, junto al silencio que tantas veces me condenó a callar. Arriba del todo está el hilo de tejer sonrisas y las ansias de volar.

Ya está, no quería arriesgarme a cargar con nada más, por si el peso me lastraba las alas. Bueno sí, me olvidaba las acuarelas de ilusión y la cámara de fotos. De la indecisión y la inseguridad no me supe deshacer, se ve que las llevo mezcladas en la sangre, así que me las traje conmigo. Ahora sí, ya estaba lista para trasladarme a vivir frente al mar. Cerré la puerta y colgué el cartel de “se alquila”.

Las olas me esperaban para traerme hasta aquí, hasta el faro del islote de las gaviotas.