18.12.08

Sigo esparciendo retazos de mí...:





5.12.08

caleidoscopios


Cada vez soporto peor el invierno.
Me duele el frío en los huesos,
metralla helada,
salitre en vena.





Los lobos se quedaron sin aullidos,
el bosque en llamas y el mar sin olas.

Caperucita se cose puntos sobre la piel.
Puntos finales.




Todo, todo es una simple cuestión de espejos.
De ángulos de refracción y de reflexión.
Como los caleidoscopios.
Geometría pura, aunque no exista.
Porque fue una de las pocas cosas que aprendí en la facultad,
que no existe, que es un invento.
¿Acaso, si miras a tu alrededor, alcanzas a ver algo geometricamente perfecto?
Nada, no te engañes.
Ni las olas.


Cambio de ángulo, de espejo.
Llámame Sofía, si te apetece.
¿O te gusta más Elena?


Me voy,






a tocar tierra.

14.11.08

mala hierba

¿Ves la Luna? Enorme, redonda, perfecta. Un hueco en el cielo, un agujero negro donde echar todas las palabras hechas pedazos. Despojos de mentiras. Tu sueño, tu entelequia, tu ilusión. No, tú no sabes qué es. La ilusión, digo. No puedes saberlo. Lo tuyo son los faroles. O ni siquiera eso. Las farsas, mejor. Aunque, ¿sabes? Jugar a la ruleta rusa sabiendo que no hay una sola bala en la recámara no es hacer trampas. Es ser cruel.
Demasiado tarde, tal vez, o excesivamente pronto, decías. El tiempo ya no importa. Ni los pasados, ni los futuros, ni los gerundios. Te los escupo a la cara, tus condicionales. El millón de subjuntivos conjugados en tu piel. Piel de lagarto. Áspera, dura, escabrosa.
Qué ridículo, soñar tus labios. Perseguir tu sombra a tientas por este laberinto de esquinas. Menudo hostión, con todas sus letras. La boca partida y las manos deshechas. La razón hecha añicos y los sentidos arrinconados en la cuneta. ¿Te das cuenta? Se me han vuelto a obstruir los filtros de la confianza. Que no, no vuelvas a decirme que también me echas de menos.
Pesa la Luna esta noche. Arden todas mis palabras en su interior. Las que te escribí, las que te callé y las que te inventé. Los barcos a la deriva, los atardeceres mal contados, los silencios cosidos al viento, los abrazos de papel de celofán… Se queman. Y pesa, sobre mi espalda, la Luna. Pero esta noche, mi enorme hoguera prende fuego a tu jardín.
Siempre había creído que un campo se empieza a sembrar con verdades. Luego crecen las mentiras, la mala hierba, la que nunca muere. No se puede evitar que aparezca, supongo. Nunca he encontrado la lógica de empezar al revés. A plantar semillas y semillas de mentiras y luego esperar que florezcan verdades al sol. Es… como plantar patatas y esperar que crezcan margaritas.

8.11.08

Babel

Luces caleidoscópicas sobre el escenario. Babel se derrumba. El bosque en llamas. Arden las cerillas del Destino.
Los ecos sordos de la ciudad se arrodillan ante los imperativos de Caín. Ni un megahercio prestado a la duda. Shut up! En negrita.
Los abrazos se mueren de ausencia en el umbral de la espera. No grites, no grites. Que tu voz se cayó a la hoguera y hoy toca merendar café con soledad y un par de cucharadas de invierno. Se desmagnetizan los polos de la brújula. El norte en el sur, el este en Alaska y el oeste en el marrón chocolate de unos ojos con exceso de luz.
Babel en ruinas bajo los faroles de la Luna. ¿A quién se le ocurre guardar auroras boreales en un bote de aguarrás? El mar no se puede meter dentro de una botella.
Estallan las esquinas. Arden las calles. Se quema, se quema el telón. ¿Y entonces? Mánchate los dedos de ceniza y escríbete en el cielo. Los paraguas están rotos y la escarcha que tienes en las mejillas no la va a deshacer el viento.
Escríbete. En las nubes, en la arena, en una estrella, en el mar. Era un sueño, ¿acaso no te acuerdas?

5.11.08

trasquilones

Hoy iba a haber tormenta, lo he sabido desde esta mañana cuando se ha acabado el butano mientras estaba en la ducha. Qué frío. Y yo apretando los párpados y los puños para que vinieses a abrazarme. Fuerte, fuerte, que no pueda respirar. Como si las distancias pudiesen reducirse a polvo y soplarte al oído que tengo ganas de verte.
Me corté el pelo el domingo y tengo un trasquilón en la cabeza. Tiene que colarse por ahí, si no, no lo entiendo. No sé cómo se ha vuelto a meter en mí este estúpido vértigo de metal. Porque es metálico, créeme. El pánico de caer al inmenso bucle de vacíos que se asoma a mis pies. O peor, la angustia de estar ya en el aire y no llegar a ver el final de la caída.
De repente todo tambalea y vuelvo a morderme los labios delante del piano para que no se me escurra ni una sola lágrima entre las teclas. El silencio a todo volumen. Tres mil decibelios de absurdo retumbando en la cabeza y el mundo girando a velocidades descomunales. El vértigo, sí. Un mareo irracional al borde de este vacío de hojas blanco nuclear. No puedo tirarlo todo por la borda.
El hombre del tiempo no deja de anunciar borrascas y frentes de aire polar. Esta noche sacaré el gorrito del armario para taparme el trasquilón. Y mañana iré a la papelería. Voy a hacer un sol de plastilina amarilla y a tapar el gris de las nubes con gomets de colores.

2.11.08

claveles

Esta mañana he acompañado a mi madre a la floristería. Ha comprado dos ramos de claveles rojos. Son de plástico, pero bonitos igual. Parecen de verdad. Me ha contado que a mi abuelo le encantaban, los claveles. Y que era un romántico empedernido. Dice que por eso tenía tantos problemas de tensión. Era boxeador y lo dejó por mi abuela. Me encanta esa historia.
Mañana es día de cementerio y Narf ha vuelto a pintar las paredes de la ciudad. Un gusano que engulle las fachadas con la mandíbula desencajada y la mirada vacía. Helarte conceptual. Yo me parto los dientes de estrellarme contra las esquinas. Las de la calle, las de la cama, las del silencio, las de tu voz... Los labios hendidos y las encías en carne viva. Eso no es ser kamikaze, es ser gilipollas.
Van a aniquilarse y se suben a la avioneta con casco. Los kamikazes, digo. Qué estético y qué absurdo a la vez. Claro que más absurdo es todavía pretender sobrevolar el Infinito con un avión de papel de periódico. ¿Dónde dejarán ellos escondido el vértigo?
Seguro que la sangre de los románticos es igual de roja que los claveles. Mañana le pediré a mi abuela que me vuelva a contar la historia del boxeador del corazón gigante. Ojalá lo hubiese llegado a conocer. Me llena los ojos. Y la ilusión.

30.10.08

caramelos

No iba a dejar que nadie me besase en esa esquina. Nadie, ni siquiera él. Porque allí aún me coges de la mano. Tú y la noche, sentados en el bordillo. Noviembre casi, pero aquella luna de verano no se ha desvanecido con ningún amanecer, todavía. Todavía no ha amanecido en el país de Ojalá. Y cada día ceno contigo. Caramelos de biodramina para calmar el mareo de tenerte en mí y alguna que otra aspirina que sosiegue el vértigo de vivirte a todas horas. Tu ausencia, tu sueño, tu voz… No sé digerir los sorbos de olvido, y es que tampoco ha oscurecido, aún, en la ciudad de Jamás.

27.10.08

cometas

¿Los besos son estrellas? Me preguntaste una vez. Y sí, los besos brillaban y tenían cinco puntas, pero no recuerdo en qué planeta. Nunca fui capaz de ver estrellas fugaces contigo. Nos tumbábamos en la arena y yo contaba aviones y barcos mientras tú descontabas deseos. ¿Sabes? Luego me di cuenta de que todo consiste en creer. De que en todas aquellas noches, las lucecitas hubiesen podido ser cometas, sólo se trataba de mirarlas de otra manera. Con otros ojos, tal vez. Pero es que en la playa de mis cometas no eras tú la que cazaba los besos. Contigo siempre me pesaron demasiado las olas, y las estrellas sólo latían en el fondo del mar.

23.10.08

tuberías

Me despierto con retazos de ti cosidos a las pecas. Miro por la ventana y las nubes se enredan con los pinos. Sonrío por dentro, hoy tenía ganas de día gris. Aunque tal vez por eso, las sonrisas no me salen por fuera. Me meto en la ducha y sigues en mí, retales de sueños desperdigados por todo el cuerpo. Me enjabono, me enjuago. El agua resbalando por la piel y la lluvia salpicando los cristales empañados. El frío congela las burbujas. Cualquier día de estos, se atascan las tuberías con tu olor convertido en espuma.

16.10.08

borrones

Hoy estrenaba lentillas y el mundo tenía que ser nítido y bonito. Me apetecía verlo azul, un poco verdoso, pero todas las ventanas estaban empañadas. He parpadeado un millón de veces, me las he sacado y me las he vuelto a poner, del derecho y del revés, y nada. Todo era agua, como cuando se te viene el mar a los ojos y parece que están por estallar un puñado de olas.
Un borrón. Se me han juntado las letras, las luces y las nubes. Es como si todo girase a una velocidad distinta cuando no veo bien. A otro ritmo. Las juntas de las baldosas se tropiezan con mis zapatos y las farolas destellan en exceso. Me resbala la mirada y me mareo.
Esta mañana lo hubiese dejado todo para ponerme a estudiar. Atarme al pentagrama y no levantarme del taburete hasta conseguir que los claros de luna sonasen casi perfectos. A veces me sale la vena y me dan esos ímpetus. He acabado mordiéndome los labios para no ponerme a llorar. Qué fácil es soltar lágrimas delante de un piano. Se me torcían las teclas y las manos no sabían muy bien donde agarrarse. Otra metáfora para tender al sol.
Ahora escribo con los ojos desnudos y esta es la última hoja que le queda a la libreta. La roja que estrené con Joan y la playa en febrero. Era miércoles, cuántos cambios desde entonces. Pasamos un frío horrible esa tarde en el espigón, cuando nos salpicaba el agua en la cara y yo me empeñaba en no movernos de allí. Un rato más, le decía. Tenía la nariz helada y cumplía diecinueve. Diecinueve y estamos otra vez a mediados de octubre, recortando pedazos de otoño para tapizar nostalgias con hojas secas.
El cor glaçat però mig somriure a la cara. Quizás esta mañana me he equivocado de mirada cuando he abierto los ojos.